miércoles, 17 de junio de 2015

Christopher Lee y los inmortales

Era el anochecer en Arkham cuando el último individuo extraño entró en el bar de la residencia estudiantil La Llave y la Puerta. No es que el encargado del local viera especialmente extraña la presencia de tipos raros en el edificio, de hecho esto era de lo más habitual, pero todos estos parecían tener algo en común, aunque claramente todos eran de orígenes distintos.

El recién llegado tenía un porte noble y exquisito, vestía unos ropajes decimonónicos y una capa que le llegaba hasta los pies, negra por fuera y roja por dentro. Su aspecto era pálido, como si de un cadaver reanimado se tratara. Caminaba despacio, como lo haría un depredador acercándose a  su presa, y cuando llegó a la barra, saludó con un gesto al resto de individuos extraños.

-Bienvenido sea, señor conde ¿va a tomar algo? -le dijo uno de ellos, de aspecto inglés, bien vestido, con chaqueta y corbata, y una pipa en su mano derecha.

-No -respondió el recién llegado -, yo nunca bebo... vino.

-Usted se lo pierde -le dijo otro de ellos, un estereotipo oriental, con el típico bigotillo chino y todo, vestido con kimono, un sombrero chino y con unos artilugios en sus manos que hacían más largas a sus uñas.

-Nunca entenderé vuestro gusto por las bebidas alcohólicas, que no hacen otra cosa que obnubilar el cerebro -les dijo el último del grupo. Era un anciano de largo cabello canoso y una barba tremenda. Iba vestido con una larga túnica blanca y se apoyaba en un extraño bastón que acababa en algo parecido a unas garras cogiendo una bola blanca.

-A mi me gusta que los occidentales gusten del vino, así estarán ebrios cuando el poderío del imperio chino se lance sobre ellos como un tigre en la noche -susurró con voz siniestra el oriental.

El inglés pareció ignorar este comentario y sacó de su bolsillo un reloj, al que echó un rápido vistazo.

-Bueno -dijo -, ya estamos todos. Ahora sólo falta que venga el señor Pickman a recibirnos.

-Espero que no se demore -dijo el recién llegado. -Tengo asuntos que requieren de mi presencia esta noche.

-Espero que no esté queriendo decir usted que lo que estamos haciendo aquí no le parece de importancia.

-Por supuesto que me parece de importancia, Holmes, pero un hombre debe alimentarse...

-oh, señor conde, la alimentación es importante. Sólo espero que no se alimente en exceso, eso sería contraproducente.

El inglés dio una chupada a su pipa y expulsó una nube de humo.

De pronto, la puerta del local se abrió y todos giraron la cabeza hacia allí. El encargado del bar también lo hizo y vio aparecer a alguien que conocía. Esperaba que fuera otro tipo raro, pero no, este era de lo maś normal. Se trataba de Seabury Pickman, uno de los dueños de la residencia, y a todos los efectos, era su jefe. el hombre se dirigió al grupo de individuos extraños con una sonrisa en la cara.

-Caballeros, me alegro de verles -dijo.

-Un placer, señor Pickman -le dijo el inglés ofreciéndole la mano.

Seabury se la estrechó.

-El placer es mío, señor Holmes -Seabury se giró hacia el hombre pálido y también le ofreció la mano -. Espero que el cambio de horario no le haya ocasionado problemas, señor conde.

-No, señor Pickman, no ha habido ningún problema.

-Honorable Fu Manchú, espero que esté disfrutando de la hospitalidad occidental -le dijo Seabury al oriental.

-Todo está bien, aunque no llegue al nivel del inmortal imperio chino.

Finalmente se volvió al último de ellos y le estrechó las manos.

-Noble Saruman, espero que el viaje hasta este mundo no haya sido molesto.

-La intención y la importancia del asunto son más importantes que las molestias -le respondió.

El encargado del bar torció el gesto al oir los nombres de los extraños individuos. ¿Fu Manchú? ¿Saruman? ¿Holmes? Y el individuo de capa y palidez ¿un conde? ¿Un conde transilvano quizás? Dejó caer un vaso sin darse cuenta mientras los miraba atónitos.

-¿Algún problema, Martin? -le preguntó Seabury.

-No... pero... pero... ustedes son... ¿Fu Manchú? ¿Sherlock Holmes? ¿El conde Drácula? ¿Saruman?

-Así es, Martin -le respondió Seabury.

-Pero... ¿no deberían estar todos muertos?

Los invitados rompieron a reir descontroladamente ante la pregunto del barman.

-¿Muertos? -dijo el conde -¿Cree usted que Drácula puede morir?

-Señor Martin -le dijo Holmes con la pipa en la mano -. Nosotros somos más que mortales, somos personajes de ficción, y como tal, somos ideas. Una idea no puede morir y un personaje de ficción siempre vivirá mientras alguien lea sus historias o vea sus películas.

Martin pareció aceptar esa respuesta con lógica y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

-Pues... es un gran honor tenerles aquí ¿para qué han venido?

-Hemos venido a honrar a alguien que ayudó a perdurar nuestra memoria -le respondió Saruman.

-Alguien que ya no está entre ustedes... pero que a su manera es como nosotros -dijo Drácula con un aire de misterio.

-¿Como ustedes? -preguntó Martin sin entender.

-Sí -le dijo Fu Manchú -, inmortal.

Tras decir esto, el pequeño grupo siguió a Seabury, que les condujo fuera del bar de la residencia y les llevó por los jardines. La oscuridad de la noche ya se había adueñado de la ciudad, y el canto de los grillos se podía escuchar entre los árboles. Seabury se detuvo en una concurrencia de caminos en el jardín, lugar donde había una inmensa sábana cubriendo algo.

-Y aquí, señores, está nuestro sentido homenaje a aquél que les dio vida a ustedes más allá de las páginas de la historia.

Seabury cogió la sábana y, de un tirón, hizo que esta cayera al suelo descubriendo una inmensa estatua de bronce. La estatua representaba a un hombre que, con su sola presencia, imponía respeto y admiración. De algún lugar pudieron escuchar acordes de músical metal. Nadie podría decir de dónde venía, quizás de un lugar más allá del mundo conocido.

-Con todos ustedes, Christopher Lee -dijo con satisfacción Seabury.

Los cuatro personajes de ficción hicieron una reverencia ante la estatua de aquél que los interpretó en el cine y se fueron acercando respetuosamente. Sherlock Holmes dejó su pipa ante la estatua, Fu Manchú hizo lo mismo con el artilugio de sus dedos, Saruman dejó su bastón de mago y, finalmente, el conde Drácula depositó su capa.

-Nosotros tenemos algo de él, y ahora él tiene algo de nosotros -dijo solemnemente Saruman.

Seabury sonrió a los invitados y una corriente de viento sopló en dirección hacia la estatua. Miró hacia ella y pudo sentir el poderío que solía acompañar al actor allí donde iba, una presencia que siempre perduraría. Cuando Seabury se volvió hacia los personajes de ficción, descubrió con sorpresa que ya no estaba allí, pero ¿acaso habían estado alguna vez? Puede que realmente estuvieran siempre, mientras alguien los recordara, así como Christopher Lee estaría allí siempre mientras alguien viera sus películas. inmortales y eternos, como las leyendas que perduran por los siglos de los siglos.

Seabury se dió la vuelta y volvió a la residencia dejando a la estatua con sus regalos. Pronto sería visitada por mucha más gente, pero eso sería en otro momento. Su homenaje había terminado por hoy, pero realmente éste perduraría en el tiempo.