viernes, 12 de febrero de 2016

Ghost Catchers

Anna Pickman contempló con interés la enorme estructura del caserón. Se trataba de una antigua mansión, una plantación sureña de una familia arruinada que fue convertida en hospital para enfermos mentales y que se ganó una infausto fama bajo el nombre de Amadeus Assylum. Según se decía entre los círculos ocultistas, se trataba de uno de los edificios más encantados y aterradores que existían en Norteamérica. Bien, ella estaba allí para comprobarlo. Sí le dejaban hacer su trabajo,  claro está.

Había acudido allí para olvidarse durante unos días de Arkham, y sólo había tenido que ir a Luisiana para ello. Sin embargo, lo que no era de su agrado era la compañía. Había decidido aceptar la insistente invitación de los productores de "Ghost Catchers", una serie documental de un equipo de investigadores de lo sobrenatural especializados en fantasmas. En cada capítulo del programa invitaban a un experto en el tema y acudían a investigar un lugar encantado. Anna veía el programa para reírse, ya que lo encontraba sumamente ridículo y lleno de tonterías, una fantasía para crédulos. Varios lugares que salían en la serie los había explorado en persona, por lo que sabía de sobra que no tenían fantasmas. Y le hacía gracia el espectáculo que organizaban los del programa en aquellos lugares. Por ello, tuvieron que tentarla con una visita a Amadeus Assylum para que, finalmente, aceptara participar en un programa.

Anna se había limitado a posar para las tomas de introducción del programa, responder a las preguntas que se le hacían y cortar de forma tajante cualquier intento de flirteo por parte del personal de Ghost Catchers. Había ayudado a instalar el equipo técnico con una mezcla de interés profesional y divertida curiosidad. Cámaras de vídeo y fotográficas conectadas a sensores de movimiento, termómetros, barómetros, micrófonos de diversos grados de sensibilidad, focos y ordenadores que controlaban y monitorizaban todo el montaje eran el grueso de los componentes que traían consigo los del documental. Anna, por su parte, llevaba un equipaje más discreto: su ordenador portátil, un cuaderno y bolígrafo para tomar notas, linterna con pilas, velas y cerillas y tres peculiares objetos: unas gafas de sol de cristales tornasolados, una botella llena de un polvo grisáceo y unos guantes de cuero con un extraño símbolo, que parecía un cruce entre un carácter chino y un arabesco. Cuando le preguntaron, Anna sólo dijo que eran pertenencias personales. Los miembros del equipo simplemente acabaron por aceptarlo como una rareza de esa peculiar mujer.

El primer día que pasaron allí fue sumamente tranquilo. Instalaron todo el equipo y los sensores sin detectar ninguna anomalía ni problema. Anna colaboró con ellos, siempre con sus extrañas gafas tornasoladas puestas, aunque a veces se quedaba mirando al vacío con expresión preocupada, como si pudiera ver algo invisible a los demás.

Mientras tanto, a medida que las cámaras se iban instalando y conectando, de manera que todo lo que pasara en aquel caserón abandonado, John Anderson, presentador y director del programa, iba haciendo comentarios sobre el desarrollo del día, siempre con un fuerte carácter sensacionalista. De vez en cuando, al hacer alguna afirmación particularmente ridícula, Anna tenía que reprimir la risa. Hasta el incidente de la cámara de fotos.

Una vez todo el equipo instalando y funcionando, Anderson recorría el siniestro lugar seguido por Anna, un miembro del programa que iba haciendo fotos para documentar todo el lugar. Tal y como narraba Anderson, además del interés documental, los fantasmas podían aparecer retratados en las fotos. Pero eso no podían saberlo hasta que no las revelaran. De vez en cuando, a Anna se le mudaba el rostro como si viera algo terrible. A medida que avanzaban por los pasillos y salas, cada vez la médium se ponía cada vez más tensa, hasta que, de improviso, la cámara de fotos salió volando violentamente y se estrelló contra una pared.

Anna gruñó por lo bajo mientras observaba al vacío con expresión de furia. Sin pensárselo dos veces, sacó uno de los frascos de polvo, lo abrió y arrojó al vacío un poco del mismo. De inmediato, una figura fantasmal se volvió visible cubierta del polvo grisáceo. La médium se puso los extraños guantes y se abalanzó sobre la forma espectral a la que dio tres tipos de palizas diferentes ante la atónita mirada de los miembros del programa. Cuando la aparición acabó por esfumarse tras la soberana somanta de palos recibida, Anna les dio las oportunas explicaciones:

-Polvo de Ibn Ghazi para hacer visible lo invisible, gafas prismáticas adaptadas para el plano etéreo y unos guantes encantados para poder afectar a seres inmunes a armas convencionales. Pequeños trucos del especialista en tratar con lo sobrenatural de verdad y sin el sensacionalismo barato.

Tras recuperarse de la impresión, Anderson comenzó a pedirle más explicaciones a Ana y a divagar sobre las posibilidades que tenían esos artefactos para sus programa y para subir la audiencia. Mientras daba vueltas al tema, Anna se giró, ignorándolo, para pelearse con un nuevo fantasma que había aparecido. Mientras, Anderson, al percatarse de lo que sucedía, ordenó al cámara que siguiera a la mujer y no dejara de grabar. 

Anna, ignorando a sus molestos seguidores, comenzó a recorrer la mansión enfrentándose a fantasmas sin parar, demostrando porque era la mujer más temida en Arkham. Según avanzaba por los pasillos y habitaciones, iba limpiando la casa de espectros a golpes. Pero sus movimientos parecían indicar que estaba buscando algo, como si se moviera con un objetivo concreto. A medida que recorría aquel caserón, Anna sentía que las cosas no estaban funcionando como deberían. Aquellos lugares encantados, aunque la mayoría fueran meros fraudes y cuentos de viejas, seguían algún tipo de reglas. Debía existir alguna razón por la que acabaron plagados de fantasmas. En este caso, la historia del caserón malvendido para convertirse en manicomio y fuente de horror, desesperación y locura para que los pacientes que murieran acabaran con sus almas atormentadas allí atrapadas sonaba demasiado manido. Sin embargo, Anderson y los suyos parecían encantados y no hacían más que incordiar a la medium, que trataba de encontrar donde estaba el truco. Mientras, la voz se había corrido rápido entre los espectros residentes y trataban de evitar a aquella mujer por todos los medios.

Finalmente llegó a lo que fue el despacho del director. La ruina y el abandono allí no eran diferentes con respecto al resto del edificio. Una vez allí, los del programa comenzaron a curiosear por todos lados y grabarlo todo mientras Anna se limitó a permanecer de pie tratando de encontrar el detalle que no cuadrara, la pista que le indicara el camino a seguir. Tras un minuto de atenta observación, encaminó sus pasos hacia una pared completamente cubierta por una libreria llena de libros mohosos y cubiertos de telarañas. Comenzó a examinarlos, leyendo los títulos. Tal y como esperaba, era la típica colección de libros de ocultismo que un Brian Danforth cualquiera incluiría en cualquier relato de terror en el que fuera necesario (o no) una parrafada con títulos de libros prohibidos y de ocultismo.

-¡Basta ya! -exclamó Anna.

Molesta, estaba harta de tener a aquellos moscones revoloteando a su alrededor, enfrentarse a fantasmas y moverse por aquel caserón que parecía un escenario de película de terror de casa encantada. Anderson y los suyos la miraron sorprendidos, sin comprender que estaba sucediendo. Por su parte, Anna, ignorándolos, siguió hablando en voz alta:

-¡Sal de una vez o vamos a tener más que palabras! ¡Ya me has traído hasta aquí, así que podemos dejarnos de juegos!

Los del programa seguían confusos, no podían entender a que se refería la medium. Pero su sorpresa y desconcierto fueron mayúsculos cuando comenzaron a escucharse unos tambores que parecían surgir del exterior de la casa y, por la puerta, entro un negro alto y de espaldas anchas, con la cara pintada de blanco como si fuera una calavera, con una chistera sobre la cabeza y ataviado con el sobrio traje negro de un enterrador, aunque sin camisa ninguna, mostrando su fornido torso. Mientras que Anderson y los suyos quedaron estupefactos, Anna no se inmutó, por el contrario, saludó al recién llegado con tranquilidad:

-Bueno, ya era hora de que aparecieras. Debes ser el Barón Samedí, una de las Máscaras de Nyarlathotep.

El negro sonrió antes de responder:

-Hola a tí también Anna, es un placer verte de nuevo, aunque creo que este es tu primer encuentro conmigo bajo esta forma. ¿Qué te parece el escenario que he creado para tí?

Anna enarcó una ceja.

-¿Esto? El ambiente está bien y los fantasmas son interesantes aunque no particularmente desafiantes. Aunque claro, he venido preparada. Sin embargo... si me permites ser sincera, creo que te has quedado corto con el trasfondo de este lugar. Es decir... ¿una mansión que se convierte en manicomio y acaba cerrada por que se infesta de fantasmas de pacientes muertos? Tendrás que reconocer que es demasiado manido.

El Barón Samedí hizo una mueca de desagrado antes de responder:

-Tienes razón, supongo que no siempre ando inspirado. En fin, lamentablemente, el cine de terror de fantasmas y fenómenos paranormales más reciente no ha ayudado mucho. Pero ha servido para atraer a estos aspirantes a "divulgador" sensacionalista.

-Cierto, pero si no te importa, aquí no pinto nada más, ¿nos vamos a la ciudad a tomar algo y disfrutar de estas merecidas vacaciones que me he tomado de Arkham?

-¿Y por qué no? Vamos alla. Por cierto, ¿qué hacemos con estos tipos?

-Dejalos, creo que han tenido la experiencia más impactante de su vida como cazadores de fantasmas.

Nyarlathotep sonrió, pasó un brazo por los hombres de Anna, y ambos se fueron tranquilamente como dos buenos amigos que se reencontraran tras un tiempo de separación. Por su parte Anderson y los suyos no acababan de comprender lo que había pasado. Eso sí, lo tenían todo grabado. Iba a ser el mejor programa de la temporada y de la historia de la televisión. Hasta que les dió por revisar el material y descubrieron que todas las fotos, videos y grabaciones de audio habían sido borradas... Puede que no siempre estuviera inspirado, pero siempre sabía dejar su particular sello.