jueves, 9 de noviembre de 2017

Los Pickman y la Bioneurohomeopatía cuántica

Seabury Quinn Pickman estaba desconcertado, sorprendido, aturdido, incapaz de asimilar lo que tenía ante sus ojos. Pero no era un examen ni un trabajo presentado por algún alumno cuya capacidad creativa había sufrido un colapso al impactar a velocidades cuasi lumínicas contra la estulticia impulsadas por el colisionador de partículas de la dejadez o las fiestas. Y eso que sus estudiantes a veces lograban alcanzar cotas que parecían superar todo entendimiento humano. No, esto era mucho peor. A fin de cuentas, los estudiantes formaban parte de la fauna habitual de una universidad y, por mucho que llegaran a soprenderle y desconcertarle, acababa por saber como tratar con ellos. Lo que había logrado llevarle a niveles de estupefacción difícilmente alcanzables había sido un breve informe interno que había caído en sus manos por parte de un contacto que tenía en la oficina del rector de la Miskatonic.

Dentro de la estructura organizativa del centro educativo existía la aceptación de que, a fin de cuentas, Arkham no era una ciudad universitaria convencional. Su historia la marcaba de forma indeleble. Y, aunque no era la escuela de magia y brujería que algunos creían, y, de hecho, destacaba en campos como la historia antigua, la antropología y la psicología, si que tenía su reservorio de grimorios y libros prohibidos diversos, además de ser un centro de actividad bastante relajada de los seres conocidos como Criaturas del Ciclo de Cthulhu. Por ello, aunque no era raro ver a seres alienígenas innombrables y ultradimensionales o deidades diversas en las calles de la ciudad, estaba todo bastante controlado y dentro de un relativo orden. Y es que, en Arkham los seres ajenos y los humanos habían llegado a un cierto entendimiento. Pero, claro, había que mantener una cierta vigilancia para asegurar el cumplimiento de esta paz y, para ello, estaban los Pickman, que contaban con la ayuda de una cierta estructura interna dentro de la universidad formada principalmente por profesores veteranos en estas lides. También estaba la Fundación Albert N. Wilmarth, pero esta tenía una ideología bastante extrema y resultaba muy poco efectiva además de causar más problemas de los que podía resolver.

Aunque tampoco era un asunto de estas características lo que había dejado sin palabras a Seabury. Se trataba de algo más mundano. En sus manos podía leer algo que superaba todas sus expectativas en cuanto a actividades sectarias combinadas con afán lucrativo y los peligros del desconocimiento científico: era un documento que hablaba sobre la solicitud de incluir en el currículo de la Miskatonic un Máster de Bioneurohomeopatía cuántica (BNHC). El solicitante, un tal Hyeronimus Sturzenegger, que se proclamaba médico cuántico bioneurohomeopata. Había acompañado su solicitud con una biografía y una escueta bibliografía (curiosamente todos los libros, papers y demás publicaciones eran suyas). El dossier que tenía Seabury incluía un artículo del tal Sturzenegger en el que explicaba los fundamentos de esa "disciplina" que había creado, así como los principios en los que se basaba. Cuando comenzó a leer se quedó anonadado: origen emocional de las enfermedades, basado en traumas, sentimientos y recuerdos reprimidos; negatividad en el entorno social y familiar, energías "etéreas" que regulaban el cuerpo de forma seudomística, superalimentos para curar todo tipo de males, cuarentena y aislamiento del entorno para aislarse de influencias negativas emotivas y energéticas, postulados y principios de física cuántica utilizados de forma aleatoria y descontextualizados y remedios homeopáticos consistentes en pastillas de glucosa y sacarosa. Ciertamente, ante aquel cúmulo de despropósitos, había que actuar.

Aunque el personal de la Miskatonic estaba acostumbrado a lo excéntrico y poco convencional, si había algo que se tomaba muy en serio eran las investigaciones y la oferta formativa de la institución. A fin de cuentas, aunque tenían una larga lista de profesores y tesis bastante pintoresca y llamativa, todo estaba basado en estudios concienzudos y fuentes verificables. Así pues, era muy probable que ese despropósito de la bioneurohomeopatía cuántica sería rechazado. Pero había algo que preocupaba a Seabury: la tendencia anticiéncia que estaba surgiendo poco a poco. Y, aunque ese tipo de gente en Arkham solía tener la esperanza de vida de un copo de nieve en una hoguera, no dejaba de ser algo a tener en cuenta. Por suerte, los ocultistas de salón y demás sujetos anticiencia y conspiranóicos o eran pura fachada que no salían de sus casas y se dedicaban a despotricar por las redes sociales o acababan siendo víctimas de su propia incompetencia al tratar con cosas que escapaban a su comprensión. Tratar con entidades primigenias, sobrenaturales y extradimensionales era un asunto bastante darwiniano: sólo sobreviven los más aptos. Pero como Seabury prefería asegurarse, optó por un enfoque directo, aunque algo arriesgado: fue a hablar con su hermano Harvey.

Media hora más tarde, en un bosquecillo próximo a Arkham, siguiendo la carretera de Innsmouth, un inmenso horror alienígena se debatía sometido a lo que parecía ser una horrible tortura. La criatura era una forma ovoide de la que surgían infinidad de gruesos tentáculos o trompas acabados en bocas succionadoras o repletas de dientes. Se sostenía sobre una decena de gruesas patas como barriles, y emanaba un nauseabundo olor mal camuflado con una serie de ambientadores de pino para coche que llevaba colgados por toda su anormal anatomía. La criatura gritaba y aullaba con un cacofónico discurso de sonidos ininteligibles. Frente a aquel horror de los bosques, Harvey Pickman, en camisa, con las mangas recogidas y entonando un hechizo, movía los brazos rítmicamente. Un poco más atrás, grabándolo todo con una cámara de vídeo, Brontes aguardaba pacientemente. El dios griego iba ataviado con su habitual ropa de combate: una armadura de hoplita que parecía diseñada por H.R. Giger y unos gastados pantalones y botas militares. Llevaba la melena pelirroja recogida en una coleta por detrás de su cabeza y parecía algo aburrido. Del cinturón colgaba uno de sus habituales martillos, que usaba bien como herramienta, bien como arma. Pero no parecía tener intención de usarlo. Mientras el ritual avanzaba, Seabury llegó hasta el lugar. Harvey le había indicado donde iba a estar, pues tenía que resolver un problema que requería su atención urgente.

El hechizo no tardó mucho en concluir, provocando la desaparición de aquel horror que se había refugiado en aquella mata de árboles. Por suerte, Harvey había actuado a tiempo y se había ocupado de aquello antes de que se hiciera más peligroso. Al acabar el ritual, Brontes apagó la cámara y ambos hermanos se reunieron. Tras el saludo habitual, Seabury preguntó por lo que había ocurrido.

-Afortunadamente no ha sido algo demasiado grave. Un conventículo de sectarios de la universidad ha invocado un miembro de la progenie de Yog-.Sothoth. Es el problema de hoy en día, que cualquier grupo de idiotas puede traer de más allá de las esferas cualquier horror variado sin asimilar las consecuencias de sus actos. Al parecer querían usarlo para vengarse de abusones o algo similar. De momento lo he devuelto al lugar de donde procedía. Ahora me falta encargarme de los aprendices de sectario.

Harvey, como detective de lo sobrenatural e investigador psíquico, a menudo tenía que tratar con las interferencias sobrenaturales, ultradimensionales y primigenias que pululaban por Arkham, por el estado de Massachussetts y por Nueva Inglaterra en general. En ocasiones viajaba a otros lugares de América, pero su territorio era aquel. Por ello, aunque era sacerdote de Yog-Sothoth, o precisamente por esto mismo, no dudaba en actuar contra el intrusismo en el ámbito ocultista por parte de sectarios de medio pelo con sus extrañas ideas, absurdas parafilias y demás rarezas. A causa de su labor profesional, había acabado por desarrollar un enfoque más bien cínico y muy pragmático a la hora de resolver este tipo de asuntos. Por ello, Seabury sólo recurría a él en casos muy concretos, ya que su modo de actuar era muy particular y no era raro que dejara algún que otro daño colateral si la cosa se iba de las manos.

Tras resolver el asunto del vástago de Yog-Sothoth, Harvey escuchó a su hermano atentamente. Brontes también les prestó atención, pues todo aquello que afectara a la universidad también le interesaba, como profesor de  Ingeniería Dimensional en el Departamento de Ingeniería. Así, atendieron estupefactos a las explicaciones de Seabury. Ciertamente, era algo tan desconcertante, chocante y absurdo que había que ponerle freno de una vez y de forma contundente. Por ello, no dudaron en dirigirse de vuelta a Arkham. Se reunirían en el EldritchBurguer para decidir que iban a hacer.

Más tarde,  con Brontes vestido de paisano, ya en el restaurante y con sus hamburguesas de pescado, patatas fritas y refrescos (ya que estaban, aprovechaban para tomar algo), se pusieron a debatir las medidas a tomar. Los Pickman tenían bastante influencia en el rectorado, por lo que cualquier duda en cuanto a la aprobación del Master de BNHC quedaría resuelta fácilmente en contra. Pero también había que demostrar que el tal Hyeronimus Sturzenegger no era otra cosa que un timador, un estafador que se aprovechaba de la credulidad y la esperanza de la gente, deseosa de sanar de sus enfermedades. Mientras discutían este asunto, irrumpió de golpe Robert Pickman armado con su tablet, muy excitado:

-¡¡Lo sabía!! ¡¡Ya están aquí!! ¡¡Y ahora tratan de hacerse con la Universidad pero los he descubierto!!

Robert era el conspiranoico oficial de Arkham y primo de Harvey y Seabury y medio hermano de Anna Pickman. Tenía la habilidad para detectar, descubrir y publicar en su blog y vlog todas las conspiraciones habidas y por haber. Obviamente, todo sucedía en su calenturienta cabeza y, cuando alguna vez, por puro azar, acertaba en algo, sólo servía para reforzar sus ideas. Había descubierto en su momento la presencia de los Reptilianos Nazis del Lado Oscuro (RNLO), además de estar convencido de que Summanus, el dinosauroide que administraba y dirigía la residencia universitaria La Llave y la Puerta era un reptiliano illuminatus. Por supuesto que los RNLO estaban, y tuvieron su particular conflicto en los túneles bajo la ciudad con la conspiracion de Majestic-13 y se encontraron con los Grises Nazis del Espacio Exterior (GNEE). Pero todo esto lo confundía realizando un extraño sincretismo con sus propias hipótesis y absurdas concepciones. En esta ocasión, había descubierto por casualidad que el tal Hyeronimus Sturzenegger era, en realidad, un RNLO, aunque sus pruebas eran unas fotos mal enfocadas. Pero aseguraba que demostraban más allá de toda duda que era un reptiliano infiltrado. Por ello, se dirigió a hablar con Harvey y Seabury para explicarles todo el asunto: tal y como afirmaba, Sturzenegger era un invasor lagarto que quería conquistar Arkham y los Estados Unidos de América a base de hacer que la gente perdiera la fe en la ciencia y así se volvieran receptivos a otras ideas con las que se les podría manipular hábilmente y prepararlos para la gran invasión. De esta manera, llegado el momento, serían recibidos como los salvadores del mundo y enemigos acérrimos de todo lo que no es natural. Claro, esto sería una excusa para implantar su régimen fascista.

La cuestión era que, pese a tratarse de una de las extrañas ideas de Robert, tenía una cierta lógica. Los RNLO eran conocidos por desarrollar y llevar a cabo algunos planes completamente surrealistas o que parecían inspirados por la conspiranoia de la red. Esto se basaba en que, al utilizar como base estos absurdos planes, nadie creería que se estaban desarrollando de verdad. Así pues, no era fácil tomárselos en serio, sobretodo cuando Robert afirmaba haber descubierto uno de sus planes (que ya había subido a su blog y a su canal de YouTube). Sin embargo, por una vez, y sin que sirviera de precedente, optaron por hacerle caso ya que, a veces, por pura probabilidad, tenía que acertar, aunque fuera una posibilidad entre un millón. Además, igual lo podían usar como arma contra la conspiranoia anticiencia, en una especie de lucha de titanes entre magufos. De esta manera, estudiaron las pruebas de Robert y, viendo que tal vez podía funcionar, decidieron ir a ver a Hyeronimus Sturzenegger para confrontarlo con este hecho. Además, Brontes y Harvey estaban acostumbrados a tratar con los reptilianos, por lo que no les resultaría demasiado difícil averiguar si el alemán era uno de estos o no, ya que no destacaban por sus dotes interpretativas. Pero antes, tras enviar a Robert a hablar con Katherine Ashford para que le ayudara en una campaña online contra la Bioneurohomeopatía cuántica, ya que la joven era muy hábil en la redes sociales, fueron a entrevistarse con el alemán.

En primer lugar, Brontes hizo una llamada rápida y, un poco más tarde, ya en el despacho del dios griego, se reunieron con un recién llegado vía Byakhee Express. Se trataba de Asclepio, dios griego de la medicina y la curación. Era accionista de diversas empresas farmacéuticas y un ferviente activista antipseudoterapias médicas. Por ello, al contarle Brontes el despropósito que suponía la BNHC, no tardó en desplazarse hasta Arkham por la vía más rápida posible. Asclepio era el típico dios griego, con perfil heleno, pelo y barba rizados y con físico atlético, aunque iba vestido con un sobrio traje y llevaba consigo el caduceo, una vara con una serpiente enrollada en él. Obviamente, llegaba bastante cabreado por el tema. Así pues, Harvey, Seabury, Brontes y Asclepio, se dirigieron a buscar a Hyeronimus Sturzenegger. El sujeto estaba en el hospital universitario tratando de hacer proselitismo sobre su pseudoterapia, sin demasiado éxito.

Al encontrarlo, se lo llevaron fuera mientras hablaban con él para que les explicara su ideología y absurdas hipótesis sin fundamento alguno. Una vez en el exterior, y buscando un lugar más apartado, Harvey trató de sorprender a Sturzenegger con una frase de saludo de los RNLO a la que ningún soldado reptiliano se podría resistir a responder. Éste, actuando de forma automática, dio la respuesta apropiada. O era un humano colaboracionista bien entrenado o un reptiliano disfrazado. Entonces, confirmada la intervención de los invasores lacertonazis, llegaba el momento de realizar el desenmascaramiento. Brontes lo agarró con fuerza para que no pudiera escapar, y mientras, Harvey le quitaba la máscara de latex que llevaba para ocultar su verdadero rostro: el de un reptiliano nazi del Lado Oscuro. Restaba por saber que hacer con él una vez descubierto. Sabiamente optaron por dejarlo en manos de Asclepio, pues no era fácil encontrar un castigo como el que podría infligir un dios griego cabreado. Así pues, Seabury, satisfecho de que el asunto quedara resuelto; Harvey, con el asunto pendiente de los sectarios de Yog-Sothoth y Brontes que tenía que editar el video que había grabado para subir un tutorial de expulsión de seres ultradimensionales a ElderGodBook se encaminaron a seguir con sus respectivos asuntos. Sabían que no volverían a oír hablar de la bioneurohomeopatía cuántica. El mundo estaba a salvo de una nueva pseudoterapia sin base alguna ni efectividad.