jueves, 7 de mayo de 2015

El Sargento de Bronce

Lo que Seabury Q. Pickman tenía ante sus ojos era un horror que no debía ser observado por ningún ser humano, él era consciente de que aquél documento podría conducir a la locura a la mente más estable que pudiera encontrarse, a la persona con los nervios más fuertes de toda La Tierra, era el documento más destructivo que había caído en sus manos. Una persona más sabia, lo destruiría inmediatamente antes de que cayera en malas manos... Pero Seabury  tan sólo cogió un rotulador rojo, marcó un aspa en la portada y dibujó un cero junto a esta.

-Mira que he visto trabajos finales de alumnos horribles, pero este se lleva la palma...

Abrió el cajón donde dejaba los peores trabajos perpetrados por los alumnos más ineptos, y dejó caer el fajo de folios grapados con total descuido. Se acercaba el final del curso y debía corregir un buen montón más de trabajos como ese... bueno, como ese no, esperaba que el resto fueran mejores, por el bien de sus alumnos lo esperaba. Cogió otro del montón que tenía en su mesa, y se disponía a comenzar a leerlo cuando la puerta de su despacho se abrió de golpe.

-¡Seabury! No hay tiempo para explicaciones, sígueme...

Seabury se quedó mirando al que había dicho estas palabras, un ¿hombre? bajito y de color pardo vestido con ropas holgadas y una bufanda... sí, una bufanda, con el calor que empezaba ya a hacer en Arkham.

-Summanus ¿qué quieres? ¿Qué es eso de que no hay tiempo para explicaciones?

El dinosauroide sonrió moviendo su falso bigote.

-Es que siempre he querido decir esas palabras... pero necesito tu ayuda, sígueme y te lo explicaré por el camino.

Seabury lanzó un suspiro y siguió a Summanus, tras cerrar la puerta de su despacho.

-¿Recuerdas la obra de teatro basada en la Ilíada de Homero que estábamos preparando en el taller de teatro?

-Claro que la recuerdo -respondió el profesor mientras sacaba su pipa del bolsillo de su pantalón.

-Y recordarás que sugeriste que pidiera a Brontes ayuda para asesorar en cuanto a vestuario y otras cosas de la época, por haber vivido en aquellos tiempos.

-Por supuesto -dijo Seabury encendiendo la pipa con un mechero que también había salido de su bolsillo.

-Pues creo que su trabajo de asesor se le ha ido de las manos...

Atravesaron el corto camino que separaba la facultad de Antropología del edificio donde se encontraba el escenario que usaban los alumnos del taller de teatro para ensayar y, cuando llegaro a la puerta que conducía al interior, Summanus se detuvo. Tocó en la puerta y, al momento, se abrió la ranura para depositar el correo, por la que pudieron ver un par de ojos.

-¿Quien quiere entrar en el campamento de los aqueos? -preguntó una voz desde dentro.

Seabury miró de reojo a su compañero, tras lo que dijo:

-Soy Seabury Pickman.

La ranura se cerró y, tras un lapso de tiempo de espera, pudieron escuchar cómo era corrido el cerrojo de la puerta, y esta era abierta.

Al otro lado de la puerta había un individuo de unos veintipocos vestido a la manera de un guerrero griego, con su armadura y armas de bronce, miró de arriba a abajo a Seabury y Summanus, deteniéndose en éste último.

-Eso que llevas es un bigote falso, amigo, quiero ver tu verdadero rostro antes de que haga correr tu sangre con mi broncínea espada.

Summanus abrió la boca, de la que salió una larga lengua que se enredó en el cuello del estudiante y lo golpeó contra la puerta dejándolo inconsciente.

-¿Desde cuando eres capaz de hacer eso?

-Aprendí con unos vídeos de ejercicios que me mandó mi familia, es la última moda entre los de mi especie. Ahora ven conmigo.

Los dos entraron en el edificio y cruzaron un largo pasillo prácticamente a oscuras. Cuando llegaron al final de éste, vieron una puerta iluminada por un foco en la que alguien había escrito CAMPAMENTO AQUEO. El dinosauroide abrió la puerta y, lo que Seabury vio al otro lado le dejó estupefacto. Todo el escenario había sido habilitado como si fuera un campamento guerrero, con sus tiendas de campaña, su zona de entrenamiento, con las lanzas colocadas a su alrededor y, de aquí para allá, podía ver a personas vestidas de guerreros griegos, claramente haciendo guardia. En el centro del campamento había una buena cantidad de guerreros escuchando a alguien que les hablaba con una poderosa voz. Ese alguien era nada más y nada menos que Brontes, vestido con su armadura de guerra y con una gigantesca lanza que Seabury no tenía ni idea de dónde la había podido sacar el cíclope.

Sin pensar, el profesor cruzó el escenario, ignorando a los ¿guardias? que pretendían interceptarlo y se puso delante de Brontes.

-¡Brontes! ¡¿Qué se supone que  es todo esto?!

-Me alegro que hayas venido al campamento a ver mi trabajo -dijo Brontes con una voz y unos gestos grandilocuentes -. No sabes la basura de soldados que había cuando llegué aquí... pero con mi tesón conseguí que aquella panda de inútiles se convirtiera en un ejército hecho y derecho, capaz de hacer caer las puertas de la mismísima Troya, ahora verás...

El cíclope se giró y levantó la lanza.

-¡¡¡Formad, mirmidones!!!

Al escuchar estas palabras, todo el campamento ser reunió delante de Brontes y formaron con las lanzas y espadas a los lados y manteniendo el escudo firme ante ellos. De algún lugar, Seabury pudo escuchar que sonaba una música ¡la banda sonora de la película Troya! Pero si esa película era un despropósito de adaptación del mito...

-Brontes... esto era una obra de teatro, creo que tu estancia en Las Tierras del Sueño te ha trastornado un poco, deberías tomarte unas vacaciones y...

-¡De eso nada! ¡Esos malditos troyanos se han atrevido a mancillar el buen nombre de los pueblos griegos, se han llevado a la esposa del noble Menelao y nos han robado la televisión por cable! ¡Pero esa afrenta no quedará impune! ¡Troya arderá bajo fuego griego!

Todo el ejército de Brontes alzó las lanzas al aire y lanzaron un poderoso grito de guerra. Seabury no sabía qué hacer con todo aquello, a Brontes se le había caído algún tornillo y no sabía cómo devolverle la cordura, a menos que... ¡Claro! Había una cosa capaz de hacer olvidar a Brontes cualquier cosa que estuviera haciendo, y eso era el nombre del dios de las mil caras.

-Ya, sí, pero yo he venido a hablarte de otra cosa. Resulta que mientras estaba corrigiendo unos trabajos en mi despacho, he oído cómo unos alumnos hablaban de que había venido a una ponencia un individuo vestido con ropajes egipcios, y venía con dos leones... y yo he pensado "no puede ser otro que el mismísimo Nyarlathotep, se lo he de comunicar a Brontes".

Los ojos del cíclope ardieron de furia y se volvió hacia su ejército.

-¡Soldados! ¡Mi mayor enemigo se encuentra aquí! ¡Avanzad! ¡A la carga! ¡Por la gloria! ¡Que nuestro nombre sea recordado por siempre! ¡Brontes y sus imparables mirmidones! ¡¡¡AL ATAQUE!!!

Brontes salió corriendo y, con un grito multitudinario, su ejército le siguió, mientras volvía a sonar en algún lado la banda sonora de Troya. Seabury se quedó plantado en medio del escenario, mirando hacia ninguna parte, y unos momentos después, apareció a su lado Summanus.

-¿Y qué hacemos ahora, Seabury?

-Eh... ejem... me parece que va siendo hora de que me coja unas vacaciones...

Y dicho esto, el profesor de antropología salió por la puerta fumando su pipa mientras los gritos y el escándalo de la guerra se escuchaban de fondo.