miércoles, 19 de agosto de 2015

La maldición que llegó de Japón (Parte 1)


Brontes miraba con atención la pantalla de su particular ordenador portatil, con gesto concentrado y y expresión de sumo interés. Lo hacía porque, en ese momento, estaba manteniendo una conversación via teleconferencia con Raijin, quien se encontraba en ese momento en Tokyo. Era el resultado de algunos contactos previos que habían mantenido a través de mail y mensajes privador por el ElderGodBook, pero para acabar de concretar los detalles, ambos habían preferido hablar directamente del asunto, y la teleconferencia les pareció la mejor opción. En la pantalla del horrendo portatil del griego, un extraño aparato en cuya cubierta rugosa y de extraña textura se dibujaba un extraño rostro, se podía ver al oni de piel roja y rostro colmilludo que sostenía ante la camara la horrible cabeza de una marioneta de bunraku que representaba a un demonio que tenía cierto parecido con Raijin. Se trataba de una obra maestra de artesanía, un títere de mediados del siglo XIX perfectamente conservado y con un complejo mecanismo que le permite, con apenas un simple toque por parte del titiritero, cambiar su rostro demoniaco por el de un samurai, tal y como demostró el japonés a Brontes.

-Como puedes, ver, esto es una maravilla, un legado histórico, cultural y artístico del Japón. La obra del artesano es de una precisión sorprendente. Y esto es la cabeza, que representa el mayor trabajo para el creador del títere. El resto del cuerpo y las ropas también son de una gran maestría. Creo que, como ingeniero te resultaría interesante estudiarlo con más profundidad.

-Desde luego -respondió el griego-, parece sumamente interesante. Me recuerda a los autómatas que fabricaba Hefestos para trabajar en su fragua. Para que luego se quejen hoy en día de las condiciones laborales y la pérdida de puestos de trabajo... En fin, a lo que íbamos, sí, me resultaría útil poder examinar la marioneta con más detalle. Como estamos en pleno verano creo que podré desplazarme a Japón sin problema. Por cierto, tenemos por aquí a Pkaurodlos. Según me dijo, ha venido directamente desde allá.

La expresión de Raijin al escuchar el nombre del dios del trueno y la urbanidad era para enmarcarla.

-No me lo recuerdes. Es un buen tipo, y encaja muy bien en la sociedad japonesa. Es como una mezcla entre un gentleman inglés y un cortesano nipón en forma de serpiente emplumada. Su cortesía y modales son siempre exquisitos... ¡No quiero verlo en una buena temporada! Quedatelo por allí, que al final acabo agobiando teniendolo por aquí... Es como tener a un lord inglés rancio viviendo en casa de unos okupas. Con Ryujin se lleva muy bien, pero yo soy de otra catadura, y al final acabo agobiado. Y Fujin ya ni te cuento.... Pero bueno, que nos desviamos del tema. Te puedo enviar por mail todo el trabajo de análisis de esta marioneta en concreto, no hay problema. La hemos estudiado a fondo, y tenemos los diseños de sus mecanismos, pero... será mejor que te la envie, así podrás tratar directamente con la marioneta.

Brontes, que ya estaba acostumbrado a las cosas raras que pasaban en Arkham, se puso suspicaz:

-¿A qué te refieres? ¿Qué sucede con esa marioneta? Raijin, no me jodas y me envies un objeto maldito sin avisar y la liemos aquí otra vez. Que ya me he visto algunas de vuestras películas de terror con maldiciones y me espero cualquier cosa. Lo único que faltaba que encima la maldición se alíe con los chiflados esos del RNLO, o, peor... que se tope con Nyarlathotep -el dios reprimió un escalofrío-, ni me imagino lo que podría hacer el cabrón ese del Caos Reptante con una maldición japonesa.

Raijin pareció dubitativo un momento antes de responder:

-Bueno, sí, si que es un objeto maldito. Lo hemos estado investigando por aquí y parece que todos los que la han tenido han muerto de formas horribles. El último que la tuvo en posesión, murió tras ver completa y del tirón una serie de unos tios que luchan vestidos con armaduras con nombres de constelaciones. Uff... cuando lo encontraron aquello daba miedo. El reproductor de DVD ya echaba humo, y la expresión de horror en su rostro, fruto de ver no se cuantas temporadas con su correspondiente relleno, todas siguiendo el mismo esquema, como un bucle infinito, era... innombrable. Lo peor es que la marioneta estaba a su lado, con la cara demoniaca y ataviada con una armadura como las de la serie esa. Que mal rollo.

-Pues vamos bien. ¿Y quieres enviar ESO a Arkham? Sería como echar gasolina al fuego.

-Tranquilo, Brontes, que está todo controlado. Mientras la marioneta está desmontada, no tiene ningún poder. Al menos eso hemos logrado averiguar. Como mucho da mal rollo, porque a veces cambia por sí misma la cara que muestra. Estamos investigando y reuniendo datos, pero parece que la maldición viene de antiguo. Suponemos que es algo relacionado con su fabricante, aunque no puedo decirte nada concreto todavía. Mientras conseguimos más información, te la mando. Te haré el envío con la marioneta desmontada, dentro de una caja llena de sellos, con talismanes y otras protecciones. Eso sí, procura que nadie la vuelva a montar o se puede liar bien.

El cíclope gruñó descontento.

-No sé que decirte, Raijin, ¿seguro que es una buena idea? Mira que aquí tenemos una universidad llena de gente capaz de pulsar un enorme botón rojo con un cartel que diga “presionar para acabar con el universo” sólo para ver que pasa. Y menos mal que el grueso de estudiantes no está por aquí ahora.

-Pues precisamente, aprovecha que ahora está la cosa más tranquila. Te envío el dossier con las especificaciones técnicas de la marioneta y todo lo que hemos averiguado al respecto. Igual, con la biblioteca que teneis allí en la universidad lograis sacar alguna cosa más en claro.

-Está bien, veremos que pasa. ¿Cómo la vas a enviar?

-Te la mandaré via Byakhee, será lo más rápido y seguro.

Una vez llegado a un acuerdo, la conversación siguió por otros cauces que no vienen al caso para esta historia. Unos días más tarde, el teléfono de la habitación de Brontes en La Llave y la Puerta sonó con un fuerte timbrazo. El cíclope lo descolgó y respondió diciendo:

-¿Sí? ... Sí, soy yo, Brontes, dime … Ok, ahora bajo.

Ataviado con un pantalón corto que dejaba ver sus musculosas piernas y la camiseta roja con el escarabajo egipcio blanco en el centro que usaba cuando no se ponía la armadura (tiene un montón de camisetas iguales, por eso siempre parece que lleva la misma), bajó rápidamente al vestíbulo de la residencia, donde le aguardaban Summanus, un recepcionista con cara de pérdida de cordura 1/1D6 y un ser de gran tamaño, alas membranosas y patas palmeadas, un byakhee, ataviado con una gorra de Byakhee Express y portando un gran cajón destinado a Brontes. El cíclope se identificó como el destinatario del paquete, y firmó en donde le indicó la criatura, para dar acuse de recibo de que el envío había sido entregado. Tras esto, el baykhee se despidió, salió por la puerta de la residencia y se aljeó volando.

-Vale, Brontes, explicame que pasa aquí y porque tengo a un recepcionista novato al borde del ataque de pánico.

El griego hizo una mueca antes de responder:

-Es un paquete que me envía Raijin desde Japón. Sabía que me lo iba a enviar a través de un byakhee. Lo que no sabía es que estos se habían profesionalizado de esta manera ni que lo iba a dejar aquí en el vestíbulo.

Summanus le miró con cara de circunstancias durante unos instantes antes de alzar las manos y quejarse amargamente:

-Así no hay manera de gestionar una residencia... La próxima vez avisa y veré de poner a algún veterano más curtido. En fin, espero que al menos ese paquete no contenga nada que pueda alterar más de lo normal la paz aquí. Dioses... si aquí lo normal es que la paz esté perturbada. Bueno, confío en que no se organice otro follón más. Llevate el paquete y le daré al nuevo algún calmante para que se tranquilice un poco.

Brontes asintió, cogió el gran paquete y se despidió de Summanus mientras se encaminaba a su despacho. Una vez allí, abrió la caja y encontró en su interior un cofre con varios sellos y custodias. Con cuidado, lo abrió y encontró en su interior lo que esperaba: una marioneta de bunraku desmontada, con las ropas y la cara de un samurai. Con cuidado, cogió la cabeza que mostraba un rostro humano y la levantó para examinarla con detalle. Ya había recibido el dossier de Raijin, pero sentía curiosidad por estudiar en persona el objeto. De improviso, la marioneta se agitó en su mano y el rostro cambió para mostrar una cara demoníaca. Brontes, aunque ya estaba avisado de esto, se sobresaltó. Dejó de nuevo la cabeza en su sitio, encendió el ordenador y, una vez en marcha, abrió el dossier y comenzó a leer con suma concentración.

Al día siguiente había avanzado bastante con la lectura cuando se dió cuenta de que había pasado toda la mañana metido en su despacho y el hambre comenzaba a notarse. Cerró todos los documentos abiertos, apagó el ordenador, se aseguró de que la caja estaba cerrada y se fue a buscar a Summanus para ver si podían comer juntos.

Más tarde, mientras el dinosauroide y el cíclope disfrutaban de una buena comida en el restaurante de la residencia, Robert Pickman, impulsado por su instinto detectivesco (que era el equivalente a la capacidad de una ameba para apreciar el arte), se aproximaba al despacho de Brontes. Sabía que algo había pasado un día antes, y que el extraño profesor de Ingeniería Dimensional estaba metido en el asunto. Un empleado novato se había llevado un buen susto y decían que un extraño ser había aparecido en medio del vestíbulo con un cajón misterioso. ¡Y Robert Pickman iba a averiguar la verdad! ¡No dejaría que los reptilianos illuminati del Nuevo Orden Mundial utilizaran la residencia como base de operaciones para sus malvados planes de conquista! Por ello, decidió investigar el despacho del cíclope en busca de pistas. Brontes había pasado mucho tiempo allí desde el día anterior. Seguro que estaba ocultando algo, ¡era parte de la conspiración!

Mientras Robert iba pensando en exclamaciones, llegó hasta el despacho del dios griego. Brontes no solía cerrar la puerta con llave, ya que muy pocos acudían voluntariamente a su despacho, además, los objetos, diseños y documentos que había allí resultarían de poco interés a un humano. Por eso, por costumbre, olvidó echar la llave cuando se fue a comer, y Robert Pickman entró. Lo primero que llamó su atención fue una gran caja con un montón de letras extrañas y papelotes con simbolos raros pegados (¡códigos reptilianos-illuminati, seguro!). Con cuidado, y en previsión de que hubiera alguna trampa escondida para incautos, se aproximó a la misma. Al llegar hasta ella, la abrió y ojeó en su interior: tan sólo había una extraña marioneta extranjera (¡extranjera! ¡seguro que era reptiliana!) desmontada. Por alguna razón, sintió la necesidad de montarla para verla completa. Tal vez así lograría averiguar algo más. Por ello, comenzó a ensamblarla.

Una hora más tarde, Summanus decidió acompañar a Brontes a su despacho a examinar la marioneta. Habían comido bien y estaban satisfechos, por lo que iban caminando sin prisa. Pero, cuando se acercaron al despacho y vieron la puerta abierta, se alarmaron. En su interior, la caja donde se contenía la marioneta estaba abierta, y, al lado, inconsciente, estaba Robert Pickman. El títere maldito había escapado. ¿Quién sabe que horrores desataría sobre la universidad y la ciudad?