miércoles, 5 de agosto de 2015

La vendetta de los gatos

Brontes iba caminando por las calles de Arkham, con un aire alegre, disfrutando de la brisa nocturna... sin saber que estaba siendo vigilado. De un callejón cercano surgía el brillo de dos pequeños ojos amarillentos que seguían al cíclope al pasar cerca, y una vez giró en una esquina, una sombra salió disparada detrás de él.

Al cíclope no terminaba de gustarle el verano. Sí, le gustaba ir a la playa, pero no le gustaba nada el calor, y menos el tremendo calor que se había instalado en Arkham desde que sucedió aquél extraño incidente en la universidad hacía unas semanas. Nadie se responsabilizaba por la tremenda explosión, los escombros y la locura que había recorrido a los alumnos de los cursos de verano, pero eso era normal. En la Miskatonic casi nadie se responsabilizaba de las consecuencias de encuentros extradimensionales, invocaciones a lo que no se debe, y similares. Normalmente, lo que hacía todo el mundo era mirar para otro lado y seguir con sus cosas. En fin, nadie se había responsabilizado de aquél incidente, así que no tenía a quién echarle las culpas por el horroroso calor. Lo único que podía hacer era aprovechar la brisa que venía de la costa para dar un paseo nocturno, como si de un escritor bohemio de los años '20 se tratara.

El cíclope no se dirigía a ningún sitio en concreto, sólo daba vueltas de aquí para allá, contemplando la vida nocturna de la ciudad. Parejas paseando cogidos del brazo, familias tomando algo en la terraza de un bar, señores paseando a su perro, personajes de Arthur Machen yéndose de juerga hasta altas horas de la noche... lo normal en verano. Hasta que se dio cuenta de algo que no era tan normal. Por el rabillo del ojo vio varias sombras que se movían subrepticiamente. Eran sombras de tamaño pequeño, ágiles, que desaparecían en cuanto él se daba cuenta de su presencia.

Brontes se detuvo y miró hacia atrás abiertamente. Allí no había nada. Pero de un callejón adyacente salió una bola de pelo rodando. Volvió a sentir las miradas inquisidoras a su espalda y se giró con velocidad, pero éstas habían desaparecido.

-¿Estoy teniendo un momento Robert Pickman o realmente alguien me está siguiendo? -se preguntó el voz alta.

Decidió seguir caminando, con la intención de disimular que no sucedía nada, pero cuanto más caminaba, más crecía la sensación de sentirse seguido, y cuando miraba de reojo, las sombras desaparecían. Fue apretando el paso, andando más deprisa para ver si las podía dejar atrás, pero esto no era suficiente. Sentía que cada vez había más sombras siguiéndole, y cada vez eran más atrevidas, pues se acercaban más. No importaba las giros y requiebros que hiciera el cíclope por las calles de Arkham, las sombras no se le quitaban de encima. Hasta que, andando como alguien que llega tarde pero quiere mantener las apariencias, giró por una calle que no conocía y se encontró cara a cara con quienes le perseguían.

¡Gatos! ¡Gatos por todas partes! Estaban sobre los coches, en las aceras, en los balcones, de todos los colores y sabores, machos y hembras, mirándole fijamente mientras alguno se acicalaba o se restregaba con la pared. En el centro de la calle había un gatazo gordo que le dirigió una mirada de gangster. 

-Miau -dijo el gatazo.

Entonces fue cuando Brontes salió corriendo. Cruzó varias calles sin mirar siquiera por dónde iba, haciendo que algún taxista se asomara por la ventanilla y alzara el puño, corriendo sin mirar atrás. Su objetivo era llegar cuanto antes a la residencia La Llave y La Puerta, meterse en la cama y hacer como que todo aquello no había sucedido. Cualquiera podría decirle que era un cobarde, que siendo un dios podría lanzarles un rayo a aquellos montones de pelo con patas, pero es que Brontes tenía un secreto... era alérgico a los gatos.

Cuando llegó a la puerta de la residencia, respiró aliviado y se detuvo a respirar. Al fin había llegado, y parecía que no le habían seguido. Cuando abrió la puerta y se dispuso a entrar, se encontró con una horrible visión que le hizo saltar los ojos.

¡Gatos! ¡Gatos por todas partes! Ocupaban todo el salón recibidor, aunque principalmente se arremolinaban alrededor del sofá en el que, una contentísima Welcome, no hacía más que darles caricias y mimos. La joven miró con ilusión a Brontes. Las caras de los gatos eran de tremenda felicidad.

-¡Hola Brontes! ¿Has visto qué gatos tan monos?

 Los gatos miraron de reojo a Brontes con una expresión de malignidad.

-¿Monos? ¡No! Son criaturas infernales.

-¿Pero cómo van a ser criaturas infernales? Mira qué mono este.

La joven estiró los brazos y le acercó un gato anaranjado, que al sentirse cerca del cíclope empezó a bufar como un descosido.

-¡Son monstruosos! -exclamó Brontes saliendo corriendo hacia las escaleras mientras movía las brazos en alto como un histérico.

Brontes subió hasta el piso en que se encontraba su habitación en un tiempo record. Sacó las llaves del bolsillo del pantalón y abrió apresuradamente, tras lo que entró sin encender siquiera las luces.

Y en el interior de su cuarto había docenas de ojillos brillantes amarillentos. Brontes encendió la luz y se encontró con los dueños de esos ojos. Una multitud de gatos, el gatazo de antes era uno de ellos. Este se acercó lentamente, bamboleando su cuerpo y se alzó sobre las patas traseras.

-Hola Brontes, señor del trueno -dijo el gatazo en la lengua de los gatos (traducida para mejor entendimiento del lector) -. Te preguntarás qué hacemos aquí y por qué te hemos estado siguiendo toda la noche.

-Pues sí -respondió Brontes pegándose a la puerta.

-Por lo que supongo que habrás olvidado lo que sucedió hace unos meses ¿no tienes ni idea? Cuando tú y tus amigos estuvisteis en la ciudad de Ulthar en Las Tierras del Sueño...

-Ah... aquello -dijo Brontes girando los ojos hacia todos los lados.

-Sí... aquello. Y alguien tiene que pagar por... aquello. 

-Pero no fue para tanto. Tan sólo destrozamos unos cuantos edificios e hicimos que algunos gatos salieran disparados, pero vosotros tenéis siete vidas ¿no? ¿no?

-Sí, pero alguien tiene que pagar.

El gatazo volvió a ponerse en cuatro patas y fue avanzando lentamente. Los demás gatos se fueron acercando también. Brontes se echó las manos a la cara y se tapó los ojos, y cuando sintió sus peludos cuerpos sintió un profundo deseo de gritar.

                                                     ........................

Summanus iba por el pasillo de la tercera planta de la residencia La Llave y La Puerta silbando tranquilamente mientras llevaba en la mano una bandeja cubierta. Alguien había hecho un pedido desde la suite presidencial (no terminaba de entender por qué había una suite presidencial en una residencia de estudiantes, pero bueno), y había pedido expresamente que fuera él quien lo llevara. Además el pedido era bastante extraño, pero él estaba acostumbrado a cosas extravagantes, si no, no viviría en Arkham.

Cuando llegó hasta la suite presidencial dio varios toques en la puerta, y una voz fina, como de dibujo animado, le dijo que entrara.

Lo que vio al cruzar la puerta le hizo sentir varias cosas. Una de ellas era ganas de descacharrarse de risa. La suite presidencial estaba llena de rascadores de gatos, columpios, madejas de lana y ratones de juguete. En el centro estaba la cama presidencial, en la que había un montón de gatos acompañados de Brontes... Brontes vestido de sirvienta, con cofia y todo, que miraba a Summanus con una expresión que decía "sácame de aquí" mientras acariciaba a un tremendo gatazo que ronroneaba con satisfacción.

-Su pedido, señores -dijo Summanus aguantándose la risa como podía.

-Déjelo sobre la cama -dijo el gatazo con una sonrisa que mostraba sus dientecitos.

Summanus dejó la bandeja y retiró la tapa. Comida de lata para gatos y un surtido de pescado. 

Summanus hizo un saludo al gatazo y salió de la habitación como un buen sirviente de hotel, pero una vez estuvo fuera y cerró la puerta, soltó una tremenda carcajada que pudo escucharse por toda la residencia. Y siguió riéndose durante todo el día, y toda la noche, hasta que se preguntó cuanto tiempo estaría riéndose y cuanto tardaría en olvidar aquella hilarante visión.