miércoles, 9 de septiembre de 2015

Problemas legales de más allá de los eones

Con la llegada de septiembre, la actividad frenética, y caótica, volvía a la residencia La Llave y La Puerta. Era el mes en que los alumnos volvían a la ciudad para continuar sus estudios en la universidad Miskatonic, lo que conllevaba que los clientes habituales también volvían. Pero lo que ese día encontró Summanus no era la actividad habitual, o al menos, los clientes habituales.

Llevaba un buen rato viendo entrar y salir a los típicos estudiantes novatos, a algunos viejos conocidos y algún despistado buscando una ferretería. Pensando que sería un día más de septiembre, estaba leyendo The Dinosauroid Journal, un periódico traído de su tierra natal, cuando escuchó el timbre de recepción. Nadie solía utilizar aquél trasto, y menos desde que algún espabilado cambió el típico Ding-Dong por la canción del Trolololo, lo que daba a entender que quien acababa de llegar no era un cliente normal. Se asomó por la ventanilla de  su despacho, y al ver a los recién llegados (y la cara de apuro del recepcionista), fue inmediatamente a recibirlos.

Se trataba de dos individuos vestidos enteramente de traje, sin planchar y sucio de humedad. Tenían la cara grisácea y escamosa, con una gran boca sin apenas labios, nariz diminuta y ojos saltones. Uno llevaba un bombín y el otro un sombrero. Ambos olían fuertemente a pescado y dejaban pequeñas gotitas de agua por donde caminaban. Summanus se preguntó qué haría  allí una pareja de profundos vestidos tan pulcramente.

-¿Qué desean? -preguntó.

-Tenemos una audiencia en esta residencia. Nos gustaría esperar pacientemente en el hall.

Summanus no vio problema en ello, así que les indicó que esperaran en cualquiera de los sofás que había allí. Se preguntó con quién iban a entrevistarse aquellos dos. Suponía que sería alguno de los Pickman, pero nadie le había dicho nada, y por lo que sabía, estaban preparando toda clase de protecciones por cualquier eventualidad derivada del comienzo del nuevo curso académico.

El dinosauroide se dirigió a su despacho a continuar con la lectura, pero cuando se disponía a sentarse, volvió a escuchar la melodía del Trolololo. Asomó la cabeza y vio que volvía a necesitarse su presencia. El pobre recepcionista ya tenía los ojos como platos ante los recién llegados.

En recepción había dos personas encorvadas, con rostro perruno, olisqueándolo todo y gruñendo a cualquiera que se les acercara. Iban vestidos con sendos fracs llenos de tierra y suciedad, que era mejor no preguntarse de dónde habían sacado. 

-Hemos venido para una reunión -dijo uno de ellos entre gruñidos.

Summanus se extrañó de que dos gules se presentaran bien vestidos, cuando solían ir con andrajos, taparrabos, o directamente sin ropa alguna. Aquello debía estar relacionado con los dos profundos...

El Trolololo volvió a sonar, haciendo que Summanus deseara coger aquél chisme y lanzarlo por la ventana. El recepcionista estaba ahora claramente nervioso, un evidente temblor le recorría todo el cuerpo y ya no sabía dónde meterse.

El motivo del nerviosismo del pobre empleado era una nueva pareja. Cualquiera que los viera de lejos, pensaría que eran dos hombres de mediana edad, vestidos también de traje, y lo único que destacaría era que las ropas eran claramente de tallas distintas a las que deberían llevar, pero cuando se les miraba más detenidamente, se veía que aquellos no eran hombres. Ambos llevaban también sombrero, y sus inexpresivos rostros, extrañamente estirados hacia atrás, parecían demasiado tersos. Las piernas las tenían demasiado arqueadas y se movían con gestos claramente inhumanos. 

-Tenemos que ver a alguien en esta residencia -susurró uno de ellos con una  voz que parecía el zumbido de unos insectos. Mientras decía esto, movió la mano con un gesto que hizo que de repente esta se desprendiera y cayera al suelo, dejando ver una pinza de color oscuro. -¡Uy!

El recepcionista se quedó petrificado y Summanus no pudo evitar llevarse la mano a la cara. El disfraz de los hongos de Yuggoth era bastante deficiente. Empezaba a preocuparle aquello. La última vez que reunieron a distintas razas de seres habitantes del planeta, aquello había terminado en desastre. Mientras le daba vueltas a la cabeza, volvió a oír la inmencionable sintonía.

El recepcionista estaba dando un buen trago a una botella de bourbon, pero cuando vio lo que tenía delante, escupió todo el contenido en una lluvia alcohólica que empapó a Summanus.

Los dos que acababan de llegar no es que estuvieran mal disfrazados, es que directamente no se habían disfrazado. Se trataba de dos hombres serpiente, que no ocultaban su ofídica forma más que con sendos trajes marrones que les venían demasiado holgados.

-Tenemossss un asssssunto importante que tratar -siseó uno de ellos.

Summanus se disponía a decirles que esperaran cuando alguien apareció detrás de ellos y pulsó el timbre, haciendo que sonara el Trolololo una vez más.

-¡¿Queréis dejar de darle al dichoso timbre?! -exclamó, ya harto del hipnótico Trololololo lololo lololo hohohohoho.

Los culpables esta vez eran unos viejos conocidos. Una pareja vestida de verano... pero de verano de los años '50. No eran otros que los Yithianos que se habían quedado en Arkham para realizar su Erasmus transtemporal. 

-Creo que ya hemos llegado todos -dijo uno de los dos.

Al ver que habían llegado los yithianos, el resto de grupos se acercaron y formaron un pequeño círculo alrededor de ellos. Summanus se les quedó mirando con curiosidad.

-Queremos ver a El Que Legisla tras el Umbral -dijo el yithiano.

Summanus no pudo evitar la sorpresa. ¿Para qué querría tan variado grupo ver al extraño primigenio legal? Como la curiosidad es un bicho dificil de matar, decidió acompañar a los visitantes hasta el despacho de El Que Legisla, tocó en la puerta y esperó que abrieran. 

La puerta se abrió y, desde la oscuridad del interior, se escuchó una voz que invitó a entrar a todos. Summanus traspasó la puerta, dejando que pasaran primero los visitantes, y se encontraron en un despacho legal, con su diploma en la pared y todo, y a El Que Legisla, sentado en su mesa, con algunos papeles legales en sus manos.

-¿Qué os trae hasta aquí? -dijo la voz del primigenio.

Uno de los yithianos se adelantó al resto y se aclaró la garganta de una forma extraña. Summanus se preguntó si aún no se había acostumbrado al cuerpo.

-Todos nosotros tenemos un problema con un ser humano. Hemos decidido dejar de lado nuestras diferencias para hacer causa común contra alguien que está atentando contra nuestra dignidad. Se trata del infame Brian Danforth, autor de relatos que se hace llamar un "sistematizador de Los Mitos de Cthulhu" y en todos sus relatos nos está ofendiendo gravemente... ¿Mitos de Cthulhu? ¿Cómo que mitos? ¿Y qué tenemos que ver nosotros con el primigenio ese?

-¡Eh! -exclamó uno de los profundos -Que el primigenio ese es nuestro dios, un poquito de respeto.

-Bueno ¿qué ofensas ha lanzado contra vosotros? -preguntó El Que Legisla.

-A nosotros nos trata como a vulgares demonios elementales que podemos ser invocador por cualquier brujo de pacotilla para que le hagamos los recados -croó uno de los profundos -. Ofende a toda nuestra raza, somos un pueblo libre y no los criados de una panda de magos... y encima en sus relatos nos derrotan más fácilmente que a un grupo de murlocs ¡¡Exigimos respeto!!

-A nosotros nos usa como si fueramos simples minions de una partida de D&D -dijo uno de los gules -, ¡pero si hasta en uno de sus relatos dejamos tesoros y todo! Es una grave ofensa, y además insulta a nuestras creencias al decir que adoramos a nosequé dios que se ha inventado. El pueblo gul exije que ese energúmeno deje  de hablar mal de nosotros.

-A nosssotrossss nosssss trata fatal en sssus relatosssss de fantassssía heróica -siseó uno de los hombres serpiente -. Nosss pone como ssssimplessss matonesssss envenenadoresssss fácilmente derrotablessss por el bárbaro de turno. Y nosss pone ssssecuessssstrando a mujeressss voluptuossssasss en pañossss menoressss ¿Para qué íbamossss a querer nosssstrosss a una hembra humana en pañossss menoressss?

-De nosotros dice que estamos detrás de todas las conspiraciones OVNI habidas y por haber, explicando ridículos planes como si fueran nuestros y dejándonos en ridículo -dijo uno de los hongos de Yuggoth -. Encima dice que un simbolito de pacotilla puede vencernos y echarnos del planeta ¿Es que somos vampiros de la Hammer o qué? ¿Qué tópico ridículo es ese?

-Y de nosotros -dijo el yithiano que había hablado antes -, dice tonterías grandísimas. Dice que queremos invadir La Tierra y destruir a la raza humana como si fuéramos villanos de una mala película de Sci-Fi ¡¡con lo que nos gusta viajar a la Era Humana para echarnos unas vacaciones!! Es un trato muy irrespetuoso para una orgullosa raza como la nuestra y exigimos que  deje de hacerlo.

El Que Legisla se quedó unos instantes parado, como si estuviera meditando sobre lo que le habían dicho. De repente, se levantó, hizo una serie de movimientos con sus cuatro brazos y desapareció en un estallido de luz.

-Pues vaya éxito -musitó Summanus.

El estallido de luz volvió a iluminar el despacho y apareció de nuevo El Que Legisla con alguien atrapado entre sus brazos. Era un individuo vestido en camiseta y bermudas, con barba de varios días,  que miraba incrédulo a su alrededor.

-Aquí tenéis a Brian Danforth -dijo El Que Legisla.

-¿Pero qué es esto? Soy un autor de renombre, el único e inigualable heredero de Lovecr...

-¡Calla y escucha! -exclamó El Que Legisla con una voz que parecía surgir de las más profundas simas de la locura -Estas razas de habitantes no humanos de La Tierra y visitantes de Allá Afuera se sienten ofendidos por el trato que haces de  ellos en tus relatos, exigen una compensación por las injurias lanzadas hacia su persona.

-¡¿Qué?! ¡La llevan clara! ¿Acaso quieren coartar mi libertad creativa? Como escritor tengo mis derechos y no voy a cambiar ni una sola letra de mi obra. Si no les gusta la versión que doy, que no se la lean. Hala.

-¿Esa es tu última palabra? -le preguntó El Que Legisla.

-Pues claro.

-Bien. Podéis marcharos tranquilamente, yo me haré cargo del señor Brian Danforth.

Los brazos de El Que Legisla volvieron a coger al escritor y lo levantaron en el aire. Cuando salieron del despacho y se fueron dirigiendo hacia recepción, se pudo escuchar desde dentro un terrible aullido.

-¿Qué...? ¡No! ¡¡No!! ¡¡¡LOS ÁNGULOS!!! ¡¡¡LOS ÁNGULOS!!!

-Me parece que ese individuo no volverá a escribir mal sobre vosotros -comentó Summanus, feliz de que aquella reunión no hubiera terminado como la de navidad.

-Eso esperamos -dijo uno de los profundos -, y espero que sirva de aviso para cualquier otro que se atreva a hacer lo que ha hecho él...

Dejando esa ominosa amenaza, fueron saliendo por la puerta principal dejando a Summanus en el hall de recepción. Éste se giró y se encontró con el recepcionista tumbado sobre una mesa farfullando algo. Otra vez tendrían que contratar a un nuevo recepcionista. Lo cogió como pudo y lo llevó a la parte de atrás, esperando que el resto del día fuera más normal.