jueves, 29 de septiembre de 2016

El horror que surgió de las cocinas

El ayudante de cocina de la cafetería de la Universidad Miskatonic fue a echarle un vistazo al guiso. El cocinero había tenido que salir por nosequé asunto relacionado con las típicas cosas que suelen suceder en Arkham, así que se había quedado solo en la cocina. De la olla surgía un humo de extraño color. No recordaba qué se estaba cocinando hoy, pero aquello no parecía muy normal. Además, la semana de la cocina extradimensional no era a primeros de curso. Decidió echarle un vistazo al guiso para ver si es que se estaba quedando pocho o algo así, y cuando puso su cara sobre la olla, un gelatinoso mejunje surgió inesperadamente y le agarró del pescuezo. Sus ojos no llegaron a ver lo que había dentro del recipiente, pero estaba claro  que la comida tenía hambre.

Brontes salió del departamento de física aplicada silbando tranquilamente. Su ayuda solía ser muy agradecida por los científicos, pues su conocimiento de ciencias más allá de las conocidas por el hombre ayudaba mucho en sus experimentos. El otoño ya estaba llegando a Arkham, así que el dios griego iba ataviado con una gabardina (no es que hiciera tanto frío, pero le parecía guay ir por ahí con ella). Vio pasar las hojas caídas de los árboles del campus y sintió el viento remover su ropa. El otoño. Aún recordaba cómo era esa estación en su Grecia natal, pero aquello ya pasó hacía mucho tiempo, y Arkham ya era su nuevo hogar... aunque estuviera lleno de locos, cosas extrañas y sucedieran eventos que podían poner fin al mundo en cualquier momento.

De repente, una sucesión de gritos y un tremendo alboroto llamaron su atención. Eso era lo que quería decir con que la ciudad estuviera llena de locos y cosas extrañas. Ya la había liado alguien.


De la calle que venía de la cafetería, un grupo de estudiantes huía despavorida. Vale que a veces la comida no estaba muy buena, pero no era para tanto. Esto tenía que ser otra cosa. Brontes se dirigió hacia allí con parsimonia, acostumbrado ya a aquellas cosas y se acercó a uno de los estudiantes que huía.

-¿Qué ha pasado ahora, a ver? -preguntó Brontes.

-Algo... algo está destrozando la cafetería e intentando atraparnos -le respondió el joven.

-¡¡¡Huid, nos va a comer a todos!!! -gritó otro que pasaba por el lado.

Brontes suspiró y siguió caminando hacia el origen del caos. Bueno, el origen del caos es Azathoth, pero en este caso se refería a este caos específico, el de la universidad. Cuando dejó atrás a los alumnos que escapaban, pudo ver el espanto que los aterrorizaba tanto.

Una especie de gelatina informe de color verde claro de casi tres metros surgía de la cafetería estirando pseudópodos y atrapando lo que conseguía alcanzar. Dentro de la gelatina, flotando, pudo ver a un individuo vestido de cocinero que intentaba salir de allí como podía, pero sus movimientos no servían de nada.

-Vaya, el hijo ilegítimo de The Blob y de Flubber está atacando la universidad -dijo Brontes en voz alta -no sé por qué no me extraña.

La masa gelatinosa estiró un pseudópodo e intentó capturar a Brontes, pero este, ágilmente, evitó el ataque. No estaba preparado para una batalla, por lo que no había traído ni armas ni armadura. Pensándolo con sensatez, en un sitio como Arkham siempre debería llevar algo para defenderse o expulsar algún bicho de otra dimensión. Pero bueno, siempre le quedaban los ataques a la vieja escuela.

El cíclope se concentró y un mar de nubarrones cubrieron la universidad. La electricidad empezaba a sentirse en el aire junto a la humedad en el ambiente.

-Te vas a cagar, moco gigante -dijo Brontes con una sonrisa.

Un trueno restalló en el cielo como el latigazo de un gigante y un poderoso rayo, del tamaño de un brazo humano, cayó sobre la masa gelatinosa. Esta se estremeció mientras la corriente eléctrica la recorría y salió disparada dejando tras de sí un rastro de légamo.

-Quieres jugar ¿eh? -dijo Brontes. Se cerró la gabardina mientras las primeras gotas de lluvia caían al suelo y se dispuso a perseguir a la criatura.

Mientras Brontes recorría el campus se dio cuenta de un error que había cometido. La fuerte lluvia borraba el rastro de légamo de la criatura, así que llegó un momento que le perdió el rastro. Se quedó parado en medio de la lluvia preguntándose qué hacer. Quizás si prestaba atención podía encontrar al bicho por los gritos de los estudiantes. En efecto, pudo escuchar un escándalo cerca de la Facultad de Filosofía, por lo que, o había venido un filósofo muy famoso y los gruppies estaban exaltados, o la criatura estaba allí.

El cíclope recorrió el campus hasta llegar a la facultad donde se oía el escándalo y, como imaginaba, no era un filósofo famoso, era la gelatina gigante, que cogía alumnos con sus diversos apéndices y los metía dentro de su masa mugrienta.

La masa gelatinosa pareció percatarse de la llegada de Brontes y se detuvo. Si el ser hubiera tenido ojos, estos se habrían clavado en el cíclope. Ambos se quedaron quietos, uno frente al otro... bueno uno de ellos llevaba dentro cinco o seis personas, pero esa es otra cuestión. Era como una vieja película del oeste. Cual de los dos atacaría antes. La tensión se palpaba en el ambiente. Brontes movió los dedos como un pistolero a punto de desenfundar y una voz detrás de él le hizo dar un brinco, con lo que se le escapó un rayo sin querer.

-¡¿Se pude saber qué pasa aquí?! -dijo la voz detrás de Brontes.

El cíclope se giró para saber quién le había estropeado la escena de western y se encontró con una científica (cosa que dedujo de su bata de laboratorio), de pelo rubio. Sus ojos azules, bajo las gafas de montura, le miraban con malestar.

-Algunos intentamos trabajar aquí ¿sabe? -dijo la mujer -¿Y no tienen otra cosa que hacer que ir corriendo de aquí para allá gritando y disfrazándose de cíclope? Igual a los de aquí les parece divertido, pero a mi no.

-¿Disfrazado de cicl... -antes de que terminara la frase, Brontes reconoció a su interlocutora. Se trataba de la doctora Daisy Springwood, una reconocida escéptica, por lo que en él sólo veía un cosplay muy bien hecho.

La mujer se le quedó mirando unos segundos esperando que siguiera hablando.

-Mire, señora Springwood, no estamos jugando precisamente, estamos siendo atacados por una criatura gelatinosa que se traga a la gente ¿o no la ve?

Brontes se giró para señalar al lugar donde antes estaba la masa gelatinosa, pero allí sólo quedaba la marca chamuscada en el suelo de un rayo. El que se le debió escapar de la sorpresa antes.

-No, no veo la masa gelatinosa asesina... en serio, empiezo a creer que en esta universidad hay un escape de gas o algo así que hace ver a la gente cosas extrañas.

-¿Pero no ha visto a la gente huyendo despavorida? ¿Gritando que se los iban a comer?

-Lo he oído desde el laboratorio, por eso estoy aquí quejándome. No sé qué extrañas cosas hacen ustedes para la apertura del curso, pero es bastante molesto.

-¿No prefiere pensar en la teoría del escape de gas y... no sé... irse a otra universidad? -sugirió Brontes pensando que aquella mujer duraría muy poco en un sitio como aquel.

-Podría serlo... ¿pero eso cómo explica que vaya disfrazado con gabardina y máscara de cíclope? Falta un mes para Halloween. Esto tengo que hablarlo con las altas esferas de la universidad.

Otro estallido de gritos se escuchó en dirección de la Facultad de Derecho, por lo que Brontes salió hacia allí disparado.

-¡Eh! ¡¿A dónde se cree que va?! -exclamó Daisy Springwood siguiendo a Brontes a un paso menos ligero. El problema de llevar tacones y del suelo mojado por la lluvia que, a todo esto, Brontes había hecho cesar.

Brontes llegó rápido como una gacela a la facultad y, de nuevo, allí estaba la masa gelatinosa cogiendo gente y metiéndosela dentro.

-¡Eh! ¡Vale ya de comerte gente! -le exclamó preparándose para otro rayo.

La masa reconoció al cíclope y volvió a salir disparada. Brontes se preguntaba cómo una cosa de ese tamaño podía ir tan deprisa. Cuando se dio cuenta de hacia donde iba, se dio cuenta de que la cosa podía empeorar mucho más. Se dirigía a las puertas exteriores, a la ciudad de Arkham.

-¿Dónde están Evangelyne y Anna cuando se las necesita? -se preguntó el cíclope.

La masa gelatinosa traspasó las puertas de la facultad y giró hacia un edificio cercano. Allí estaban las fraternidades. Por lo que dedujo Brontes, quizás quería comerse a los más pijos de los alumnos.

La masa gelatinosa se detuvo delante de un edificio de fraternidad, pero se dio cuenta de la persecución de Brontes y volvió a plantarle cara. Esta vez no le dio tiempo a reaccionar y lanzó pseudópodos por todas partes, los cuales alcanzaron  al cíclope, que no le dio tiempo a reaccionar y fue absorbido por la masa de la criatura. Allí dentro estaban flotando el resto de víctimas de la masa amorfa, nadando en la gelatina.

-Buenos días -le dijo uno de ellos a Brontes al cruzarse con él.

Parece que el ser se comía a la gente pero no la digería ¿qué clase de bicho absurdo era ese? Brontes se dio cuenta de que tenía libertad de movimiento, sólo era como estar nadando en algo muy espeso, por lo que intentó una serie de ataques físicos a la criatura. Tardó poco en darse cuenta que era como pegarle al agua del grifo, así que debía volver a la estrategia anterior. Pero mejorada. Con el primer rayo, aún no llovía, y con el segundo rayo, había cesado la lluvia, pero ¿qué pasaría si le lanzaba un rayo estando todo mojado?

La lluvia torrencial comenzó a caer sobre la criatura, como en los dibujos animados en que una nube se para sobre un personaje y le suelta un chaparrón. Al ser pareció darle bastante igual, así que siguió su camino hacia el edificio de la fraternidad. Entonces cayó el desgarrador rayo. La masa se zarandeó, dio varios pasos de baile que habrían dado envidia a más de un bailarín profesional, y explotó en mil pedazos, dejando caer a todos los que tenía dentro.

-¡¡¡Toma esa!!! -exclamó Brontes -Esto para que te vuelvas a meter con el mismísimo dios del trueno.

La gente se comenzó a levantar, toda pringada de la gelatina verdosa, y en ese momento llegó Daisy Springwood.

-Vaya, parece que ya han terminado su fiesta... supongo que consistía en correr a gritos por toda la facultad y después una guerra de gelatina.

Brontes se le quedó mirando fijamente. No se molestó en intentar explicar qué había pasado realmente y dejó que la doctora Springwood volviera a su trabajo.

-El bicho parecía muy interesado en esta fraternidad -preguntó Brontes a una de las víctimas.

-Es la Kappa Peta Zeta -respondió el otro.

-¿Peta? ¡¿Desde cuando eso es una palabra griega?! -exclamó Brontes.

-En sus ritos de iniciación suelen gastar bromas echando cosas en la comida de la cafetería -continuó el chaval.

A Brontes no le costó nada sumar dos y dos. Fue a la puerta de la fraternidad y la abrió de golpe.

-¡A ver! ¡Que salga alguien y me explique qué leches le ha echado a la comida de la cafetería!

La voz del cíclope fue atronadora, por lo que los miembros de la fraternidad aparecieron asustados.

-Este año consistía en meter una pequeña masa protoplásmica que convertiría todo en gelatina... pero totalmente comestible -respondió uno de ellos.

-Así que totalmente comestible ¿eh? Pues vais a salir ahí fuera y comeros todos los pedazos del monstruo que habéis creado ¡panda de inútiles!

Los miembros de la fraternidad no se atrevieron a contradecir a un individuo del tamaño de Brontes, con su mirada (y la gabardina. La gabardina siempre impone) hizo que fueran saliendo de uno en uno a la calle, llena de pedazos de gelatina verde.

-Ale, a comer, que la gelatina tiene muchas propiedades -dijo Brontes.

Sacó un sillón del interior de la fraternidad y se quedó allí mirando cómo los irresponsables estudiantes limpiaban su estropicio. Podía llegar a acostumbrarse a eso.