miércoles, 4 de febrero de 2015

Cortatormentas: Consagración

Camino a Thunder-verse (parte 4)

El Herrero Mentiroso había regresado a Ulthar. Cabalgando sobre su destrero negro, feroz y poderoso corcel, había regresado al punto donde había comenzado todo. Traía consigo, enfundada en su vaina, la terrible espada cuya forja y ensamblaje le había conducido de vuelta a Ulthar, en donde hay una antigua ley según la cual no se puede dañar a los gatos. Y los felinos recibieron con desdeñosa expresión al nórdico, pero no pudieron evitar la curiosidad por saber que había hecho regresar al dios de nuevo a su pueblo.

Cuando llegó hasta el Templo de los Dioses Antiguos, donde Atal, el sumo sacerdote le esperaba, aterrorizado en grado sumo. Cuando el nórdico descabalgó, Atal trató de detenerle, pero el Herrero Mentiroso le apartó sin apenas molestarse en mirarle, pues tenía un trabajo que hacer. Mientras el clérigo lloraba y se lamentaba por lo que estaba sucediendo, pero nada podía hacer, tan sólo ser un espectador pasivo y un testigo involuntario de lo que estaba por venir. Mientras, el Herrero Mentiroso subió a lo más alto de la más alta torre del templo, contemplando la negra tempestad que rápidamente se formaba sobre Ulthar. Karakal no estaba complacido con el artesano nórdico. El dios de la tormenta de las Tierras del Sueño mostraba de esa forma su furia contra el blasfemo que había forjado la terrible espada. Pero el Herrero Mentiroso sonreía ante esa muestra de cólera divina.

Llevando los auriculares a sus oídos, conectó el reproductor MP3 y dejó que la música decidiese su siguiente movimiento, como había hecho a cada paso. Las primeras notas de Holly Thunderforce de Rhapsody of Fire comenzaron a sonar. Todo iba tal y como esperaba, mejor aún. En lo más alto de la más alta torre, con la lluvia atacando Ulthar como un ejército, con los relámpagos iluminando la noche y los truenos ensordeciendo a quien se arriesgara a salir de su refugio, el Herrero Mentiroso contempló la manifestación de furia divina de Karakal que tan rápido había surgido. El nórdico sonreía, pues el arrogante dios de las Tierras del Sueño estaba siguiendo el plan trazado, actuando como se esperaba de él. El Herrero Mentiroso desenvainó a Cortatormentas y la alzó desafiante. La espada, forjada en un metal gris y mate, con una empuñadura tallada en el cuerno de un gnoph-keh y cuya vaina era de la piel de un shantak, se alzó desafiante, orgullosa, contra el cielo tempestuoso. Ante semejante atrevimiento, y como debe suceder cuando en una tormenta eléctrica se alza una vara metálica, un rayo la golpeó vengador. Sin embargo, cuando la luz del relámpago se apagó y las chispas dejaron de saltar, el Herrero Mentiroso seguía alzándose orgulloso con el arma erguida. Pero la espada había cambiado. Ya no era gris mate, sino azul eléctrico, con pequeñas descargas que parecían recorrerla, dibujando símbolos en su hoja que no parecían pertenecer a ningún sistema o civilización conocida por el hombre. El Herrero Mentiroso, orgulloso de su trabajo, clamó a los cielos:

-¡He aquí a Cortatormentas! ¡Castigo de la tempestad, señora del relámpago!

Empuñó el arma con las dos manos y la blandió en un movimiento desafiante, cortando el aire y, al mismo tiempo, una fisura se abría en las nubes. El Herrero Mentiroso volvió a cortar y una nueva apertura se formó en la tempestad. Cortatormentas, su nombre no podía ser más acertado, forjada para cortar las tormentas, para hendir el poder de los dioses del trueno. El Herrero Mentiroso, tras destruir la furia climática de Karakal, bajó de la torre y rió. Su trabajo se había completado. No tardaría en llegar el momento del Thunder-verse.