jueves, 9 de abril de 2015

Thunder-verse (parte 8): Dreamlands Party Hard

-¡¡Sois los dioses más idiotas con los que he tenido el infortunio de cruzarme!! -exclamó N'Kari.

Puede que aquello fuera una exageración, pero por otro lado no estaría muy desencaminada, si se analiza la situación en la que se encontraban en ese momento.

Estaban todos ellos, N'Kari, Zeus, Perun y Thor, atados a una inmensa roca circular en el interior de una oscura tienda, tan sólo iluminada por antorchas de danzarín fuego. Las cuerdas que les ataban estaban hechas por algún tipo de material que no podían romper con su fuerza divina, aunque a algunos de ellos eso no parecía importarles mucho. Esos en concreto eran Perun y Thor, que yacían roncando y con la cabeza moviéndose armoniosamente al ritmo de su respiración. Zeus estaba despierto y no cesaba de intentar romper las cuerdas con sus dientes, pero lo único que conseguía con ello era llenarlas de saliva divina. ¿Y cómo habían acabado en alquella situación? Pues no era sencillo de explicar.

Los dioses de la tormenta habían salido del castillo de Kadath seguidos por la luz del poderoso rayo y se habían encontrado con que éste se encontraba en lo alto de unas montañas. Esto sería un problema para cualquier persona, pero ellos no eran personas propiamente dichas. Con la fuerza de los vientos invocados por N'Kari, los cuatro dioses salieron de allí volando, pero nadie contó con que la susodicha estaba cabreada, muy cabreada, y cuando esto sucede, los vientos rugen y se encabritan, convirtiéndose con el tiempo en gigantescos huracanes. El huracán terminó arrastrando a los dioses por casi toda la superficie de Las Tierras del Sueño. Cruzaron Leng en un suspiro, apenas se dieron cuenta de pasar Sarkomand, cuyos perplejos habitantes vieron pasar el vendaval, que cada vez cogía más fuerza. Cruzar el mar hizo que la tormenta absorbiera litros de agua y se volviera más poderosa, así que, cuando llegó a la tierra de Ooth-Nargai, aquello era un huracán de niveles gigantescos... un huracán que terminó desembocando en la eterna ciudad de Celephaïs. Los guardianes de la ciudad imperecedera vieron llegar las gargantuescas nubes negras, pero no tuvieron tiempo de advertir de lo que venía, pues pocos segundos después, un diluvio cayó sobre ellos, acompañado de poderos rayos que cayeron sobre las torres más altas de la ciudad, y trayendo con ellos algo peor, algo que había acelerado como un bólido que iba directo a chocar contra la ciudad... bueno, concretamente eran cuatro algos.

Los cuatro dioses chocaron provocando una destrucción que haría las delicias de Roland Emmerich y que dejó a la ciudad imperecedera en una situación que no había conocido jamás. Los habitantes de la desafortunada ciudad apenas tuvieron tiempo de represalias, porque los cuatro dioses  no tardaron en ir al puerto, donde encontraron una gran cantidad de barcos de lustrosas velas y una siniestra galera que parecía totalmente fuera de lugar. Tras un rato discutiendo cual tenía mejor pinta, decidieron votar, en un momento inusualmente democrático para ellos, y salió ganando la galera negra con los votos de los tres dioses varones. A N'Kari no le gustaba la pinta de ese barco, pero decidió subir con ellos, partiendo así de Celephaïs, que tardaría en olvidar ese día.

La galera iba tripulada por unos extraños individuos vestidos con turbantes y ropas que les venían demasiado grandes, pero a ojos de los dioses parecían bastante simpáticos, a todos menos a N'Kari, que veía algo repugnante en ellos. Haciendo honor a la verdad, realmente le costaba encontrar algo que no fuera repugnante en ellos y le hacían vibrar su sentido del peligro, pero los otros tres ya estaban festejando con ellos. Habían estado hablando con los marineros de que iban buscando a un malvado enemigo que los había engañado y al que pretendían enfrentarse. Los extraños individuos habían sacado unos barriles de licor, momento en que Perun y Thor comenzaron una encarnizada lucha por ver cual aguantaba más. Teniendo en cuenta la que ya llevaba encima Thor, no era muy dificil adivinar quién era el ganador, aunque el segundo puesto tampoco es que aguantara mucho, pues acabó por los suelos como él después de beberse un barril cada uno. Zeus aprovechó la distracción para volver a tirarle los trastos a N'Kari, pero su humor era volátil como los vientos y no tenía ningunas ganas de volver a hacer lo que estaban haciendo cuando llegaron a los reinos oníricos. De algún modo la consiguió acorralar después de una lamentable persecución por toda la cubierta del barco. Uno de los marineros le sugirió a Zeus que bebieran una copa de vino, que el suyo era afrodisíaco, y Zeus accedió, dándole una copa a N'Kari, que reacia, terminó bebiendo. Puede que el vino fuera afrodisíaco o no, lo que era seguro, es que era narcótico.

Y allí estaban ahora, en una tienda de campaña espaciosa, con dos de ellos dormidos, uno mordisqueando una cuerda y otra enfadada Se  estaba preguntando de dónde habían sacado unas cuerdas que no pudieran romper, cuando la tienda se abrió y pudo ver cómo entraban tres seres. Dos de ellos eran como inmensas ranas que se hubieran comido todo un Burger King, varias pizzerías y un restaurante buffet libre, con la diferencia de que, si fuera ranas, no tendrían tentáculos en la cara. El que les acompañaba no eran tan bizarro (del inglés bizarre, no que no fuera valiente [tu diccionario amigo y los false friends]). Se trataba de un ser de apariencia humana, vestido con un traje de negocios y de piel oscura. Con él venían además dos pequeños felinos que no hacían más que lamerle las manos.

-Aquí tiene, mi señor -dijo uno de los sapos gigantes.

El individuo moreno se paró delante de la gigantesca piedra y miró a los dioses.

-¿Y para qué me habéis traído a estos? -dijo mirando de soslayo a los pequeños leones.

-Eh... dijeron que estaban buscando a un enemigo engañoso que se había burlado de ellos... no nos costó mucho adivinar que se referían a vuesa majestad.

-Pues yo estoy muy ocupado ahora para estas tonterías.

El extraño individuo hizo un gesto con sus manos y las cuerdas explotaron, seguidas de un chisporroteo y pequeños fuegos de artificio. A Zeus se le cerró la boca de golpe y casi se mordió la lengua y los dos dioses dormidos cayeron al suelo. N'Kari se levantó velozmente y encaró al oscuro.

-¡Alto ahí, amigo! ¡Claramente eres aquél al que buscamos, pues tus cuerdas podían retenernos y el  vino que tus sirvientes nos dieron consiguieron dormirnos. Somos dioses y eso no es fácil de conseguir... ¡eres  tú el enemigo, así que en guardia!

-¿Enemigo? -preguntó el moreno ajustándose el traje -Yo más bien soy un prestidigitador, ahora me ves...

Repentinamente sonó un ¡plop! y el extraño hombre de negocios ya no estaba allí. Ni él ni los leones.

-¡Brujería! -exclamó N'Kari -Es él, es el enemigo... ¡Zeus, despierta a los otros, vamos en su búsqueda!

Zeus miró a los otros dos y, percatándose de que no sería fácil despertarlos, prefirió cogerlos y cargar con ellos.

-Bella N'Kari, salgamos de aquí ahora mismo.

Los dos sapos gigantes salieron corriendo de la tienda como si de repente hubieran recordado que tenían algo muy importante que hacer en otro sitio y los dos dioses los siguieron, saliendo de la tienda y descubriendo ¡¡¡que estaban en La Luna!!! Esto hizo que N'Kari se enfadara más, lo que conllevó la aparición de fuertes vientos otra vez. Estaban rodeados de tiendas de campaña y de una buena cantidad de sapos obesos que iban de aquí para allá como hormigas a las que alguien ha removido el hormiguero. Los vientos azotaron y destrozaron el campamento hasta que una de las bestias sapo se acercó a N'Kari y suplicó clemencia.

-Dinos cómo salir de aquí, repugnante ser -le dijo N'Kari con todo el orgullo de una diosa africana.

-Por allí -le respondió el ser -, podrá ver un camino que le llevará a un puerto de basalto, donde hay galeras. Coja la que quiera, pero deje de destrozar el poblado.

-Contemplad mi magnanimidad dejándoos con vida... pero que no se vuelva a repetir ¿eh?

El ser batracio negó con la cabeza.

-Muy bien... ¡Zeus, vamos!

-Oye ¿quién te ha nombrado jefa? -se quejó el olímpico.

-¿Quieres salir de aquí? -dijo ella.

-Pues claro.

-Pues entonces ¡vamos y calla!

Los dos corrieron por el camino cargando a los dioses dormidos y llegaron hasta el puerto. Allí había algunos de aquellos hombres de los turbantes, pero los ignoraron totalmente y cogieron prestada una galera, con la que salieron despedidos de La Luna como si de un cohete se trataran. La galera aceleraba y aceleraba según se iba acercando a La Tierra, comenzaba a coger demasiada velocidad. Poco a poco el mapa del mundo fue haciéndose grande y más grande ante los ojos de los dos dioses, hasta que vieron cómo se acercaban cada vez más a la ciudad de Ulthar.

-Oye ¿sabes frenar este cacharro? -preguntó Zeus al ver que el choque era inevitable a menos que hicieran algo.

-¿Frenar? ¡Si ni siquiera sé cómo lo estoy manejando!

Y la explosión del choque se pudo oír por casi todo el reino.



En esos momentos, en el gigantesco castillo de Kadath, sentado en un trono de marfil, Nyarlathotep, todavía vestido con el traje de negocios y con los leones lamiendo sus manos, sonrió pensando en la cara que pondría Brontes al encontrarse con el estropicio que habían provocado sus amigos.