miércoles, 1 de abril de 2015

Thunder-verse (parte 7): Tras los fugados


Más allá de los Montes Tanarios se extiende el Valle de Ooth-Nargai, y en el mismo, la hermosa ciudad de Celephaïs, donde Kuranes gobierna. Lugar de dicha, belleza y paz, donde el tiempo no existe, tan solo la eterna juventud. Y a aquel lugar idílico, surgido de los sueños de un hombre quien ahora es su soberano, llegaron Summanus, Brontes, Raijin y Karakal siguiendo al oso Misha. Al cruzar las puertas broncíneas y pisar el pavimento de ónice, el grupo de dioses y su plantígrado guía se encontraron con una extraña bienvenida: Un grupo de caballeros de reluciente armadura montados sobre caballos ruanos les recibieron con gesto preocupado.

-¡Caballeros de Celephaïs, soy Karakal de los Grandes! Buscamos a otros dioses que tal vez hayan pasado por vuestra hermosa ciudad y tal vez vuestro monarca Kuranes sepa decirnos que ha sido de ellos.

-Mi señor Karakal -comenzó a decir el líder de los caballeros-, cierto es que han pasado por aquí aquellos a quienes buscais, pero ya partieron y, por ello, os pido a vosotros que también partáis, pues grave fue la visita de vuestros predecesores y aun no hemos logrado recuperarnos de su visita. Partid por tanto y sabed que, tras su escala en Celephaïs, que tanto ha alterado nuestra paz, decían que marcharían en busca de otros destinos, por mar. La última vez que fueron vistos, partían en una galera rumbo a los Pilares de Basalto del Oeste.

-¡Maldición! ¿Y qué hacemos aun aquí? Sigamos su rastro, no pueden haber ido demasiado lejos- exclamó Raijin furioso.

Ante el exabrupto del japones, Karakal asintió y reunió a dialogar a sus compañeros para explicarles la situación: Los Pilares de Basalto del Oeste marcaban el fin del mundo, la catarata por la que caían aquellos barcos que no estaban preparados para navegar por el espacio y que más allá podrían encontrar cualquier cosa. Raijin intervino solicitando premura, pues no podían estar indefinidamente allí dándole vueltas al asunto, cosa con la que Brontes y Summanus estuvieron de acuerdo, por lo que, siguiendo nuevamente la pista rastreada por Misha, se dispusieron a tratar de alcanzar nuevamente a los dioses fugados.

Con la debida persuasión por parte de Karakal, y la intimidante presencia de Brontes y Raijin, no les costó hacerse con un barco, y los conocimientos del dios de los Grandes les permitirían prepararlo para volar a través del espacio. Las habilidades combinadas de los dioses les permitirían viajar rápido, invocando los vientos y controlando la tempestad, por lo que esperaban dar alcance rápidamente a los impetuosos Thor, Perun, Zeus y N'Kari. Lo que no esperaban es que el rastro seguido por Misha les condujera a la Luna de las Tierras del Sueño. Viajando más allá de la catarata tras los Pilares de Basalto del Oeste, navegaron por el espacio, evadiendo a las larvas de los Otros Dioses, y llegaron finalmente al oleaginoso mar selenita en el que navegaban las galeras de las Bestias Lunares. Atracaron en un muelle de basalto donde no fueron objeto de ningún recibimiento por parte de los batracios blanquecinos que habitaban el satélite. Al desembarcar, hallaron una ciudad aparentemente desierta, por la que parecía haber pasado un huracán. Siguiendo a Misha, exploraron aquella urbe oscura y abandonada pero nada hallaron que les indicara la presencia de los dioses fugitivos, por lo que, tras la inspección que tan sólo les permitió hallar rastros que no pudieron o no quiseron identificar, así como alguna maltrecha bestia lunar y sus hombres de leng esclavizados, decidieron seguir camino hasta lograr dar con los desaparecidos. ¿Hasta donde habrían llegado? ¿Qué habría pasado? Ya darían con las respuestas, pero lo primero era encontrar a sus compañeros fugados.

Tras el fracaso de las dos paradas que habían realizado en su viaje, volvieron a embarcar y, nuevamente guiados por el oso de Perun, regresaron a las Tierras del Sueño. A medida que progresaba su viaje, Misha daba señales de estar cada vez más cerca de su objetivo. Navegaron por mares que les condujeron finalmente hasta una orilla donde desembarcaron junto a la desembocadura de un río que, al seguirlo, les condujo hasta la proximidades de Ulthar. A medida que se aproximaban, vieron columnas de humo, gatos que salían espantados del pueblo y gente aterrorizada. Cuanto más se acercaban más rastros de de caos y destrucción hallaban a su paso, como si hubiera pasado un ejército saqueador o un grupo de dioses alborotadores y con ganas de fiesta y de armar follón. Karakal se temía lo peor, y sus compañeros, Brontes, Summanus y Raijin tampoco esperaban nada bueno. ¿Qué encontrarían en el tranquilo pueblo? ¿Qué habrían hecho los dioses fugados? A medida que se aproximaban sus temores e inquietudes se incrementaban. Finalmente, cuando entraron en las primeras calles de Ulthar, contemplaron boquiabiertos, sorprendidos, horrorizados, lo que ante ellos se hallaba. Tal dantesco espectáculo, propio de las pesadillas de Goya o del Bosco no podía ser el tranquilo lugar donde estaba prohibido dañar un gato. ¿Qué había pasado? ¿QUÉ HABÍA PASADO?