viernes, 10 de febrero de 2017

La noche de los amantes vivientes

Un especial King-in-Yellow Size, porque al autor se le ha ido la pinza...

Era el día libre de Summanus, el momento en que podía hacer lo que le apeteciera sin que tuviera que meterse en ningún ataque extraño a la residencia estudiantil, así que decidió aprovecharlo haciendo algo que echaba mucho de menos. Ver una película en un cine. Tampoco es que el dinosauroide fuera un cinéfilo, pero recordaba las sesiones de tarde de su lugar natal, donde los reptiles disfrutaban de películas asiduamente, con su acompañamiento de aperitivos -en su caso, solían ser insectos rebozados y cosas así-. Hacía muchos años que no hacía algo así, que decidió que aquel día libre lo pasaría viendo algo en uno de los cines de Arkham.

La cuestión es que a Summanus no le hacía gracia eso de ir solo al cine, así que fue tanteando por la residencia a ver quien podía acompañarle. Harvey y Anna estaban muy ocupados con una guerra en el plano astral contra unas ovejas que habían conseguido superinteligencia y estaban atacando psíquicamente a todo el que se cruzaban. Seabury tenía que corregir unos exámenes que daban la impresión de ser más deleznables para la lectura que el peor libro dedicado a saberes prohibidos, y a Robert, directamente, no iba a acercarse. Opciones como Araknek y Unglaublich estaban descartadas, porque, aunque en aquella ciudad fuera habitual ver cosas raras, estos dos destacarían demasiado en la cola del cine. Finalmente se decantó por Brontes, que estaba en la residencia aburrido porque aquel día tampoco tenía nada que hacer.
A Brontes le satisfizo la invitación. No era de ir al cine, pero ese día estaba muy aburrido, así que no le importaba cual fuera la película con tal de no estar sentado delante del ElderGodBook mirando las actualizaciones de cualquiera de los dioses que estuviera haciendo algo. Ya había visto demasiadas tartas de Shub-Niggurath  dedicadas a su millar de retoños.

Así, el dinosauroide y el cíclope pusieron rumbo al Brown Jenkin Cinema, construido donde anteriormente había estado cierta residencia estudiantil que fue demolida después de algunos problemas con las ratas... o algo así habían oído.
 Las calles de la ciudad estaban repletas de gente, cosa curiosa para ser una tarde de febrero en Nueva Inglaterra, lo que significaba que la temperatura solía ser bastante baja en esas fechas. No tan baja como cuando el elemental de hielo atacó la ciudad el mes anterior, pero seguía siendo el invierno del norte de los Estados Unidos. Ninguno de los dos prestó mucha atención a toda aquella gente que pululaba por las calles, pues iban hablando del interesante tema de por qué los antiguos griegos tenían esa extraña costumbre de liarse con animales y monstruos para tener descendientes más feos que no dejar pasar a una anciana en un paso de cebra. Esta fue la razón por la que no detectaron que aquella tarde estaba pasando algo fuera de lo normal. Bueno, algo fuera de lo normal en una ciudad normal.

Según fueron acercándose al cine se fueron percatando de que había mucha gente por las calles. Difícil era no darse cuenta, porque aquello ya eran multitudes. Summanus ya sintió un escalofrío por la espalda, pero se tranquilizó cuando vio que la mayoría de aquellas personas eran parejas que paseaban cogidas de la mano, abrazadas o haciéndose carantoñas. Tan sólo eran parejas de enamorados... muchas parejas de enamorados. Y según fue fijándose en ellos se dio cuenta de que poco a poco se iban volviendo más efusivos en sus demostraciones amorosas. Tampoco es que llegaran a niveles de hacer algo impúdico en mitad de la calle, pero ver a parejas de personas maduras comportándose como adolescentes superhormonados era algo que no se veía todos los días. 

Cuando tenían el cine ya a la vista, Summanus ya estaba claramente nervioso. No todos los de la multitud estaban intercambiando fluidos bucales mientras se manoseaban... otros, y no precisamente pocos, les estaban mirando a ellos.

-Brontes -dijo Summanus cuando ya no pudo soportar más. -Creo que está pasando algo en la ciudad, mira a toda esa gente.

Brontes salió de su ensimismamiento centrado en los griegos y sus gustos estrafalarios y miró a su alrededor.

-¿Qué? ¿Te acabo de hablar de gente que se tiraba a toros y ves extraño ver a gente morreandose en la calle? Supongo que estarán intentando conseguir un record de gente achuchándose en público o algo así, el libro Guiness cada vez parece más estar escrito por alguien que se ha bebido unas cuantas jarras de la cerveza homónima.

-¿Y qué me dices de todos esos? -señaló Summanus.

Los que no se manoseaban ya era un grupo muy numeroso y miraban fijamente a Brontes y Summanus. Eran gente de todas las edades y condiciones. Era una multitud de gente variopinta que lo único que tenían en común es que les estaban mirando a ellos con los ojos clavados.

-¿Seguro que te has disfrazado bien? -preguntó Brontes. -Igual se te ve alguna parte de dinosaurio...

La multitud se fue acercando a ellos lentamente. Era una cantidad abrumadora de gente que se dirigía a ellos con determinación. Y Summanus consiguió adivinar lo que se podía leer en sus caras.

-Brontes... al cine... ¡¡¡corre!!!

-Pero ¿por qué voy a...?

Antes de que pudiera terminar la frase, varios individuos de la multitud llegaron hasta él y se le lanzaron encima, pero no con intención de atacarle. O al menos atacarle de forma agresiva y con vistas de hacerle ningún daño. Más bien estaban haciendo todo lo contrario. Estaban cubriendo de besos y manoseos el cuerpo del gigante.

-Pero... pero... ¡eh! ¡Suelta eso, marrano! -exclamó Brontes. Consiguió zafarse a todos aquellos y miró atrás. La multitud estaba acercándose cada vez más deprisa, con mirada fogosa y hambrienta.

-Te lo he dicho, al cine, rápido -le insistió Summanus.

La multitud echó a correr hacia ellos con los brazos extendidos y lanzandos gritos, y los dos salieron disparados hacia la entrada del cine. Los miembros de la multitud pasaban por encima de coches y toda clase de obstáculos para llegar hasta ellos, excepto algunos que se cruzaban con alguien que no iba en esa dirección y comenzaban una nueva tanda de manoseos y besuqueos.

Brontes y Summanus lanzaron gritos al taquillero para que les abriera la puerta, pero este intentó alcanzarlos por la pequeña apertura del cristal para manosearlos. Viendo que este también era parte del grupo de chiflados, Summanus y Brontes abrieron las puertas del cine de una patada y entraron justo cuando la multitud se les echaba encima. La puerta se cerró contra la marea de gente fogosa y el dinosauroide buscó algo para evitar que consiguieran abrirla. Eran un buen montón y pesaban mucho. Finalmente, Brontes encontró un asta metálica con la bandera estadounidense y la puso trabando la puerta. Desde fuera se escuchaban golpes y empujones de la multitud intentando entrar, y de pronto, la puerta que daba a las taquillas se abrió y el joven que había allí se lanzó hacia ellos.

-¡¡¡¡Dadme amooooooor!!!! -exclamó.

Brontes le recibió con un puñetazo que lo dejó inconsciente a varios metros de distancia. Al momento, las chicas del puesto de palomitas se lanzaron sobre él. Consiguió esquivarlas, así que cayeron sobre Summanus, rompiéndole el disfraz de humano normal e intentando comerle a besos. Éste, viendo que tenían mucho interés en su lengua, la usó como arma para dejarlas noqueadas. Las chicas cayeron al suelo y todo pareció quedar tranquilo en el interior del cine.

-¿Se puede saber qué está pasando aquí?

-Es como una invasión de zombies -le respondió Summanus. -Pero en vez de comernos, quieren besarnos y toquetearnos. Creo que nuestro viejo amigo Vinnie West ha cometido algún error en uno de sus experimentos habituales.

-¿Qué vamos a hacer? No podemos salir de aquí repartiendo tortazos. Son gente normal...

-Voy a ver si puedo contactar con alguien de la residencia -dijo Summanus sacando el móvil. Cuando lo miró, no pudo evitar un gruñido. No había cobertura... o al menos no había señal.

Brontes sacó su teléfono, que era distinto al de Summanus en varios aspectos, ya que era un aparato utilizado por seres suprahumanos, dioses y otras entidades de esta índole, pero también estaba sin señal.

-No puede ser... esto no es cosa de Vinnie West. Sólo alguien sería capaz de algo así ¡Nyarlathotep! -exclamó Brontes apretando los puños.

-¿Pero para qué iba Nyarlathotep a convertir a los ciudadanos de Arkham en zombies amadores? -preguntó Summanus extrañado.

-Para lo que hace todo, por liarla.

De repente, los golpes contra la puerta se volvieron más fuertes. Ahora se oían gritos deseando besos y reclamando abrazos de los dos que estaban encerrados dentro del cine. Una de las ventanas de ventilación, que estaban a una altura considerable para que no alcanzara un ser humano, se rompió ante el impacto de una piedra y por allí comenzaron a verse rostros de personas que pretendían entrar a la vez. Brontes y Summanus se percataron de que aquello era un punto débil y buscaron algo para tapar la ventana. Encontraron el cartel de una película donde salía un actor en calzoncillos con la bandera de los USA y lo pusieron en el lugar por el que varios brazos se estiraban al interior. Mientras Summanus aguantaba los golpes, Brontes utilizó  sus fuertes puños para clavar el cartel de forma que no pudiera quitarse.

 -Esto empieza a parecer una película de zombies -dijo Summanus jadeando.

-Al menos somos sólo nosotros dos, así que no habrá los típicos conflictos entre los supervivientes, a menos que quieras discutir algo.

-Pues no, Brontes, ahora mismo no tengo ganas de discutir nada. Tengo ganas de solucionar este asunto y poder ver la película que quería ver.

-¿Y cual era? Que aún no sé lo que veníamos a ver...

Unos golpes y ruidos sordos recorrieron el lugar. Brontes y Summanus miraron a su alrededor para ver de dónde venía el sonido, pero allí no había nadie. Habían tapado la única ventana. La puerta estaba asegurada y los trabajadores del local yacían inconscientes.

-¿Y el proyeccionista? Debe ser él -susurró Summanus.

El dinosauroide y el cíclope corrieron hacia la sala de proyección, y cuando abrieron la puerta encontraron el singular espectáculo del proyeccionista montándoselo con la chica que se encargaba de recoger las entradas. Summanus y Brontes se miraron el uno al otro, cerraron la puerta y el cíclope inutilizó la cerradura para que no pudieran salir.

-¿Para qué has hecho eso? Si ya estaban muy ocupados el uno con el otro.

-Por si acaso...

Los ruidos sordos seguían sonando por algún sitio. Siguieron buscando con la mirada hasta que descubrieron de dónde venían. El sistema de ventilación daba tumbos. Alguien debía estar dentro intentando usar los tubos para llegar hasta el interior del cine.

-¡Tenemos que tapar el sistema de ventilación antes de que entren por ahí! -exclamó Summanus.

-Y las salidas de emergencia ¿cómo no se me ha ocurrido antes? Van a entrar por allí, tenemos que cerrarlas como sea.

Se dividieron el trabajo. Summanus se encargó de que el sistema de ventilación fuera inaccesible para los amadores, mientras que Brontes usó palancas y todo tipo de artilugios metálicos para mantener cerradas las salidas de emergencia. Cuando terminaron el trabajo, ya agotados, se sentaron en uno de los bancos que había para esperar antes de entrar al cine.

-Vale ¿y ahora qué? -dijo Summanus.

Como respuesta, un fogonazo ilumino todo el lugar y de dentro del poderoso brillo surgió un individuo de cuerpo prácticamente perfecto, vestido apenas con unas telas que le cubrían sus partes. En su espalda varios pares de alas se movían con armonía y, en su cabeza, graciosos rizos bailaban al son de una música que sólo escuchaban ellos.

-¡¿Se puede saber por qué no habéis sido afectados por mi hechizo?! -exclamó. Durante unos segundos los miró fijamente y pareció llegar a una conclusión. -Ah, claro, no sois humanos. Tenía que haberlo previsto en una ciudad como esta.

-¿Y quién diantres eres tú? ¿El arcángel Gabriel, que se le ha ido la olla? -le preguntó Summanus.

-Yo creo que sé quien es -dijo Brontes levantándose y acercándose al ser. -Es alguien del panteón de dioses griegos ¿o me equivoco... Cupido?

-En efecto, soy Cupido. Tú debes ser el supervivientes de aquella generación de cíclopes que acabó bastante mal -dijo con sorna el dios griego.

-A ver si te voy a tener que soltar un zambombazo en las partes bajas, que casi las llevas al aire -le respondió el cíclope.

-Vale, eres Cupido -dijo Summanus. -¿Y por qué has convertido a los habitantes de la ciudad en zombies que si no se están magreando entre ellos intentan hacérnoslo a nosotros?

-Porque en una semana es San Valentín... y estoy harto de que esta panda de inútiles mortales me den la brasa ese día o me echen la culpa de su soledad, así que se me ha ocurrido darles una lección ¿No querían amor? ¿No se sentían solos y querían alguien que les diera besitos y todo eso? Pues ale.

-Bien... parece razonable -dijo Summanus aparentando calma, tras lo que gritó: -¡¡¡¿Y por qué has tenido que hacerlo en Arkham?!!!

-Bueno, mi intención era hacerlo en París, la ciudad del amour... entre otras cosas, para fastidiar a mi madre, pero alguien me dijo que este era un buen lugar donde realizar esta clase de experimentos -fue la respuesta de Cupido.

-Lo que nos faltaba, ya tenemos fama de lugar donde los dioses pueden llevar a cabo sus asuntos absurdos -dijo Summanus -. Si no teníamos suficiente con las invocaciones de idiotas, las invasiones de otras dimensiones, los ataques de los idiotas habituales y los problemas locales con habitantes de ciudades cercanas.

-Mira, Cupido, no tengo ganas de darte una buena tunda -dijo Brontes acercándose más al dios griego. -Así que vas a deshacer el hechizo y marcharte de aquí como si no hubiera pasado nada, dejarás a la gente tranquila y si se quejan, haz lo que hacen la mayoría de los dioses ¡ignóralos!

-¿Y si no quiero? -preguntó Cupido con una sonrisa siniestra.

-Pues tarde o temprano se lo diré a Zeus, que no creo que le guste.

-¿Que no? Si cuando se ha enterado de que la ciudad está como está ha venido corriendo a ligarse a todo lo que se movía -fue la respuesta de Cupido entre carcajadas.

-Bien -dijo con toda la calma Brontes. -Tendrá que ser a las malas. Cierra los ojos, Summanus, éste listillo va a saber lo que pasa cuando le tocas las narices a un dios del trueno y las tormentas.

Summanus se imaginó lo que venía a continuación y cerró los ojos con fuerza, además de ponerse los cascos que tenía conectados a su reproductor de MP4 en los oídos y poner una canción metalera bien alta. Esperó un rato mientras a través de sus párpados podía sentir los fogonazos y destellos del poder de la tormenta de Brontes, hasta que alguien le quitó los cascos y abrió los ojos. Tenía delante de él al cíclope, con su armadura de combate y con pequeñas descargas surcando su ojo. Detrás de él, había algo que parecía un ángel al que le había caído un fuerte rayo.

-Los teléfonos ya funcionan y he avisado a Alfa Strike para que se lleven a este listillo -dijo Brontes.

-¡Perfecto! ¿Y qué pasa con la gente de la ciudad?

-Ya están bien. Algunos siguen magreándose, pero esos son adolescentes superhormonados, así que no supone ningún problema. Así que ¿vemos esa película que me traías a ver?

-Veamosla -respondió Summanus.

Entraron en la sala de cine y se sentaron en una zona central. Al poco entró un grupo más de gente, hasta quedar la sala medio llena. La proyección comenzó y Brontes casí rompió a carcajadas al ver el título de la película que emitían ese día. Una versión en HD de La Noche de los Muertos Vivientes. Summanus creía que ese día echaban una de Michael Bay, pero bueno... mientras los títulos iniciales empezaban a surgir en la pantalla se preguntó si el hechizo de Cupido habría afectado a los habitantes de la residencia estudiantil. Aunque bueno... total, nadie se acordaría de que había sucedido aquello, así que prefirió disfrutar de zombies caníbales, pero de ficción.