sábado, 24 de febrero de 2018

El ataque de las mujeres leopardo de Venus

Las operaciones de Alfa Strike, tanto las que se organizaban reaccionando a algún movimiento de la multinacional NWE como las que actuaban de forma preventiva, seguían un mismo patrón: Loki se ocupaba de la labor de inteligencia, seleccionaba a los miembros del equipo que participarían en la misión, los reunía para darles instrucciones y ejecutaban la operación. Pero a veces las cosas no salían como se esperaba. Loki tenía que improvisar, los candidatos más apropiados no estaban disponibles, la situación era difícil de manejar por diversos motivos, etc. En este caso no hubo tiempo para poder gastar en medidas previas y al nórdico le tocó montar una operación rápida con lo que tenía a mano y, ciertamente, no era lo que él habría preferido. Sobretodo cuando los únicos miembros del equipo disponibles en ese momento eran Raijin, Fujin, Pkaurodlos y Summanus. Raijin y Fujin, los dos onis japoneses, eran deidades del trueno y el viento respectivamente, mientras que Pkaurodlos era un dios de la tormenta y los buenos modales, mientras que Summanus era un dios etrusco de las tormentas nocturnas. Pero la cuestión era la diferencia de temperamento y carácter. Los dos nipones, aunque se ganaban la vida como músicos, a menudo recordaban a dos samurais de la era Tokugawa: honorables, respetables y severos. Hasta que les ponían delante a sus fans o a cualquier otra fémina de buen ver y erótico ánimo, momento en que perdían el norte. Por lo menos resultaban bastante de fiar y no se dejaban llevar por el combate como Thor o Perun. Sin embargo, estaban catalogados como tropas de choque del equipo, debido a su descomunal fuerza. Por otro lado, Pkaurodlos era un antiguos dios de la tempestad mesoamericano e ibero (¡¿?!) que también tenía potestad sobre la urbanidad y los buenos modales. Así que era un tanto desconcertante ver a una enorme serpiente emplumada hablando con la cortesía de un gentleman inglés. Además, en términos generales era bastante pacífico, un hábil sanador y dotado de grandes dotes para la informática avanzada y la ciberseguridad, por alguna extraña razón. Summanus, que por su pálida piel parecía un vampiro vestido con un sobrio traje oscuro, era un experto en fuegos artificiales y otras cosas que explotan. Su poder era mayor durante la noche y, aunque disfrutaba con una buena demolición o un espectáculo bien elaborado de fuegos artificiales, compartía con Pkaurodlos el talante pacífico y reposado. Eso sí, como a cualquiera de los dos lograran sacarlo de sus casillas, podían resultar bastante peligrosos.

Debido a esta disparidad, Loki decidió intervenir personalmente en la acción y actuar como líder sobre el terreno. Y es que lo que estaba sucediendo no tenía precedentes en las Tierras del Sueño. En Celephais, Dylath-Leen y Ooth-Nargai estaban sufriendo extraños ataques relámpago que dejaban a los habitantes de las ciudades completamente desconcertados. Unos invasores sin identificar se lanzaban desde los aires disparando rayos, aterrizaban, secuestraban hombres preferentemente jóvenes, y se escabullían a toda marcha. Pero lo más llamativo del suceso era lo tremendamente repentino que había sido. Esos ataques relámpago habían impedido cualquier tipo de defensa hasta que fue demasiado tarde. Por ello, y como los ataques se habían repetido, Loki tenía que actuar con la mayor celeridad posible antes de que se produjeran una vez más.

Así pues, concentró sus esfuerzos en Dylath-Leen. Si los ataques se seguían produciendo con el mismo patrón, la ciudad de torres de basalto sería la siguiente en recibir una nueva incursión. Por ello, el equipo entero se encontraba allí preparado para hacer frente a cualquier amenaza que cayera de los cielos. Los lugareños los miraban con una mezcla de esperanza y resignación, pues no sabían si iba a ser peor el remedio que la enfermedad. Pero, al menos, no estaban causando muchas molestias en la ciudad. Loki los había puesto por parejas: Raijin y Fujin por un lado y Pkaurodlos y Summanus por otro. Él, por su parte, se ocuparía de coordinar los movimientos de ambos. Como no sabían que iban a encontrar, el Herrero Mentiroso les había recomendado que fueran armados. Los onis llevaban sus enormes porras de metal, capaces de causar graves daños en mano de las dos deidades. Pkaurodlos, debido a su naturaleza pacífica y no beligerante, había optado por llevar una cimitarra más por el mero hecho de tenerla que por intención de usarla. A fin de cuentas, sus poderes de dios de la tormenta no eran precisamente inofensivos. Y Summanus se había decantado por llevar una gladius romana. Aunque, como sucedía con Pkaurodlos, confiaba más en sus poderes, incluso de día, cuando no era su hora natural. Pero el hecho de que Dylath-Leen fuera una ciudad de estilo más sombrío, con sus edificios construidos en basalto dándole un toque más oscuro y con las misteriosas galeras que comerciaban con rubíes de grandes dimensiones a cambio de esclavos negros de las selvas de Parg, hacía que el etrusco se sintiera más cómodo.

Durante gran parte del día la ciudad había logrado desarrollar su vida normal, aunque se notaba una atmósfera de tensión en espera del siguiente ataque. No había forma de saber cuando se produciría, aunque los antecedentes indicaban que muy probablemente se produciría durante las horas nocturnas. Sin embargo, eso no ayudaba demasiado a calmar los ánimos. Sin embargo, ver a los dioses patrullando si que infundió un sentimiento de esperanza entre los habitantes de la ciudad.  Fue ya al anochecer cuando se produjo el primer grito de alarma: en el puerto alguien había visto algo. Los dioses de Alfa Strike se dirigieron rápidamente hacia el lugar de los hechos, preparados para combatir si fuera necesario. Cuando llegaron a los muelles encontraron la causa de las perturbaciones que les habían hecho ir corriendo hacia aquel lugar: un byakhee de Byakhee Express estaba haciendo una entrega (sí, también trabajan en las Tierra del Sueño. Byakhee Express, llegamos a donde otros no llegan. Envíos rápidos y seguros. Confía en Byakhee Express) y la histeria había hecho el resto. Pero los dioses prefirieron mantener sus posiciones en la zona. A fin de cuentas, en el resto de la ciudad, la población se había encerrado en sus casas y en el puerto es donde aún se podía encontrar vida, además de que sería más fácil tomar al asalto un barco que uno de esos edificios de basalto. Y no se vieron defraudados.

Una hora más tarde se produjo el ataque. A  una velocidad terrorífica, un nutrido grupo de esculturales y bellas mujeres vestidas con ajustados monos de leopardo y montadas sobre dragones serpentiformes de 3 metros de longitud descendieron de los cielos lanzando rayos desde unas gemas que tenían montadas en cascos redondos sobre sus cabezas. Se trataba de las mujeres leopardo del planeta Venus. Pero no del Venus real, sino de las Tierras del Sueño de Venus. En esta dimensión Onírica, el planeta era un reflejo de las locas ideas del pulp: un mundo cubierto por selvas y pantanos, habitado por dinosaurios y extrañas y exóticas civilizaciones con escaso vestuarios y mujeres esculturales y de gran belleza que, a menudo, dirigían sus naciones como princesas amazonas. Estas mujeres leopardo de Venus eran originarias de uno de esos imperios dominados por féminas de desbordante atractivo y vestidas de forma absurdamente sexy, pues, aunque el mono que llevaban les cubría todo el cuerpo, este era extremadamente ceñido, por lo que marcaba todo su contorno y parecía una segunda piel.

Y, cuando llegaron a tierra, tras desatar el caos con sus disparos, demostraron que no sólo eran bellas y esculturales mujeres vestidas con ceñidos monos de leopardo, sino que eran féminas de desbordante atractivo y excitantes curvas ataviadas con ajustadísimos trajes de una pieza que les marcaba toda su figura y que, además, tenían poco o nada de tiernas y frágiles damas. De hecho eran feroces guerreras amazonas del planeta Venus y no se andaban con tonterías a la hora de enfrentarse con los pocos marineros que se atrevían a plantarles cara. Con gran eficacia, fruto del entrenamiento y de la práctica que habían adquirido, se arrojaron sobre los barcos y sobre las tabernas que no habían tenido la precaución de barrar y atrancar las puertas y se llevaban consigo a hombres. Estos eran preferiblemente jóvenes y sanos y demostraban tener pocas posibilidades contra las aguerridas y sorprendentemente fuertes mujeres. En su afán de saqueo y secuestro, tampoco se quedaron cortas a la hora de llevarse algunos de los esclavos negros que aguardaban en la cubierta de una galera negra, así como a algunos de los tripulantes de la misma. Aquello parecía el rapto de las sabinas pero a la inversa, con marineros, esclavos y otros habitantes masculinos de la ciudad siendo raptados por feroces, aguerridas y esculturales mujeres quien sabe con que ignotos propósitos.

Pero Loki y los demás dioses no podían dejar que esto pasara sin su intervención. Por ello, se lanzaron al combate para tratar de impedir el secuestro de los hombres de las Tierras del Sueño. No es que no se tratara de dioses poderosos y aguerridos, que lo eran. Y habían demostrado en muchas ocasiones que eran capaces de causar graves daños en combate. Es que las mujeres leopardo de Venus estaban hechas de otra pasta. De una pasta bastante dura y potente. Y es que las que habían sido enviadas a las Tierras del Sueño de la Tierra no eran tiernas florecillas ni combatientes comunes. Eran la élite entre las suyas, las más feroces, fuertes y esculturales, las más peligrosas y bellas guerreras, poseedoras de una fuerza sobrehumana y entrenadas para ser las mejores luchadoras. Por ello, y aunque los dioses lo intentaron, las cosas no salieron del todo bien. Bueno, no salieron. Está bien, fueron un completo desastre. De alguna manera, las incursoras se las arreglaron para capturar a Loki, Raijin, Fujin y Summanus. De hecho, los dos onis se dejaron llevar por su líbido y eso les distrajo. Summanus trató de ayudarles, pero también fue derrotado. Loki, por su parte, viendo como estaba la situación, optó por rendirse y tratar de aplicar su propio punto de vista al asunto. Estaba claro que la fuerza no iba a resultar, así que había que utilizar otros métodos, por lo que se dejó capturar y le hizo un guiño a Summanus para hacerle entender que tenía un plan. Los dos nipones ni se enteraron, ya que les habían dejado inconscientes.

Así, cuando las mujeres leopardo de Venus se fueron, dejando atrás el caos del puerto y un magullado Pkaurodlos, recaía en éste último el tratar de hacer algo. El dios supuso que no le habían secuestrado debido a su aspecto de serpiente emplumada. Por ello, trató de no sentirse ofendido por esta discriminación especista y se puso a pensar en alguna solución. Algo que sabía era que los seres sobrenaturales y deidades de carácter reptiliano, como él, destacaban habitualmente por su urbanidad y cortesía y siempre estaban dispuestos a mantener una educada conversación. Sin embargo, los dragones serpentiformes que usaban las incursoras no le habían hecho el más mínimo caso. Esto le hizo pensar en dos posibles opciones: o bien aquellos seres estaban entrenados para ignorar las normas de cortesía cuando estaban en una misión, o bien no le habían entendido por ser de Venus y no hablar la misma lengua.

Por ello, y antes de preparar ningún plan descabellado, Pkaurodlos actuó con lógica y sentido común: Optó por ir a Ulthar, ya que el templo de los dioses de aquella población tenía una abundante biblioteca donde seguramente encontraría alguna pista sobre el lenguaje de Venus. Y, igual con suerte, los gatos podían ayudarle a localizar a Bastet. Un poco de ayuda no le vendría mal.  Debido a sus poderes divinos y a que el tiempo y el espacio pueden ser relativos en las Tierras del Sueño, el dios mesoamericano e ibero logró llegar en muy poco tiempo a la ciudad donde una antigua ley prohíbe hacer daño a un gato. Una vez allí, fue agradablemente recibido por los gatos, sobretodo cuando entro en una taberna y pagó una ronda de platos con leche para todos los felinos que hubiera cerca. A continuación se dirigió al templo para hablar con Atal, el sumo sacerdote. Éste no tenía una experiencia demasiado agradable con los dioses en general, salvo con los Grandes Dioses de las Tierras del Sueño y los Otros Dioses a los que simplemente prefería tener cuanto más lejos mejor y el mínimo trato posible. No tenía ganas de llamar la atención de Nyarlathotep. En cuanto a los dioses más terrenales, en particular los de Alfa Strike, tenía sentimientos ambivalentes, ya que durante la crisis de los dioses de la tormenta, el Thunder-verse, habían acabado por destrozar la pequeña ciudad. Así que no le hacía particular gracia tener a los miembros de Alfa Strike demasiado tiempo allí. Había excepciones claro. Bastet era siempre bien recibida. Y Welcome, al no ser una diosa, gustarle los gatos y caerle bien Atal también era acogida con agrado. El hecho de que la joven aprovechara su estancia para otorgarle sus favores sexuales al sacerdote era algo secundario, por supuesto.

Pero volviendo al tema, Pkaurodlos siempre lograba ser bien recibido debido a su cortesía y buenos modales, así que, no tuvo problema en entrevistarse con Atal. Bastet seguía sin estar disponible, así que tendría que ocuparse él de todo. El sacerdote, al escuchar las explicaciones del dios, le guió a la biblioteca del templo y le dejó trabajar tranquilo. Allí, Pkaurodlos se sumergió en los conocimientos sobre las Tierras del Sueño de Venus (que parecían extrapolados de diversas obras pulp y no eran demasiado abundantes) y el lenguaje que allí se utilizaba. Una de sus capacidades divinas era un don para el lenguaje, lo que era causa de su buen manejo de los ordenadores y dominio de la ciberseguridad. Y es que, al poder asimilar cualquier lenguaje en muy poco tiempo había provocado que fuera capaz de adquirir la capacidad de hablar con los sistemas informáticos en su propia lengua. Así pues, poco a poco había adquirido los conocimientos del protocolo y etiqueta de los ordenadores, lo que le facilitaba su trabajo con ellos, aunque algunos fueran particularmente pedantes, restrictivos o extraños. Por ello, en muy poco tiempo logró asimilar los rudimentos de la lengua de Venus y adquirir un nivel medio no le llevó mucho más. Así, una vez preparado, se hizo con una botella de hidromiel espacial (Atal solía tener algunas de buena cosecha en la pequeña bodega del templo, donde se almacenaban los vinos para uso litúrgico o personal) y, tras darle un trago, se lanzó volando hacia el espacio. Pkaurodlos podía volar y levitar de forma convencional y era su forma habitual de desplazamiento. En las Tierras del Sueño también podía viajar hacia otros mundos, pero para ir más allá de la Luna prefería usar un poco de hidromiel espacial como apoyo. Así el viaje se le hacía más rápido.

Al llegar a las proximidades de Venus se encontró con un problema a tener en cuenta: no sabía exactamente de que lugar concreto procedían las mujeres leopardo. Afortunadamente vio otro grupo incursor que regresaba al planeta tras un ataque con éxito. Por ello, manteniendo las distancias, las siguió. Mientras lo hacía, no podía evitar preguntarse que les estaría pasando a sus compañeros. Esperaba que no fuera nada demasiado desagradable, aunque Raijin y Fujin, que debido a su origen nipón resultaban bastante machistas, no estarían pasándolo tan bien como esperarían en una situación similar. Era cierto que el trato con diosas de otros panteones, así como con Welcome les había hecho rebajar su nivel de testosterona y les había vuelto más tratables. Sin embargo, el verse sometidos a un nación de esculturales y bellas amazonas que les someterían a estrictos rituales reproductivos (si es que se ceñían a algunos tópicos) no les iba a resultar tan agradable como creerían. Lo que no sabía es que sucedería con Loki y Summanus. Tal vez hicieran a los dioses participar en combates en un coliseo, o los reservarían para algún tipo de sacrificio ritual donde acabarían por emascularlos y conservar sus penes como juguetes sexuales para las sacerdotisas. Pero Pkaurodlos decidió dejar de lado las especulaciones. A fin de cuentas, no le resultaban útiles y le distraían.

A medida que se aproximaba a su destino contempló una floreciente ciudad de exótica arquitectura situada en medio de una abundante selva. En el centro de la misma se erguía un fastuoso palacio al que se dirigieron las mujeres leopardo a las que estaba siguiendo. Una vez allí, fue interceptado por unas guardias, vestidas con una variación del habitual vestuario femenino pulp consistente en algún tipo de bikini preferiblemente escueto, que mantenía el esquema de leopardo, aunque las lanzas que llevaban y la forma en que las blandían indicaba que no eran meras figurantes usadas por su atractivo sexual. Así pues, Pkaurodlos hizo gala de sus conocimientos recién adquiridos sobre la sociedad y cultura de Venus combinados con sus dotes para la diplomacia y el protocolo.

Aunque no fue fácil, logró que le condujeran ante la soberana de aquella nación. El salón del trono era todo lo que había esperado: amplio, fastuoso y rico. También se percató durante el trayecto que se veían muy pocos hombres y algunos los identificó como nativos de las Tierras del Sueño de la Tierra. La soberana era una mujer de espectacular belleza y cuerpo escultural, ataviada de forma sumamente escueta y, al mismo tiempo ricamente adornada. Tenía el pelo negro y abundante y la piel bronceada. Si sus súbditas eran de gran atractivo, la reina era como una diosa entre mortales, una mujer por la que matar y por la que emprender épicas campañas para ganar su corazón. Todo muy pulp. Con suma cortesía, Pkaurodlos planteó el objeto de su visita: saber que había sido de sus compañeros y conocer el motivo de las incursiones. La reina, para responderle, hizo pasar a Loki. Éste parecía estar en su ambiente, moverse con soltura, ataviado con un correaje y unos bombachos de exótico diseño. El Herrero Mentiroso le explicó a Pkaurodlos lo sucedido: a saber, que el problema ya estaba prácticamente solucionado. Todo había empezado cuando una extraña y selectiva enfermedad había acabado con un 80% de la población masculina del planeta. Esto suponía un importante problema, ya que, además de las consecuencias normales derivadas de un descenso importante de la población, también había otras dificultades: la cuestión sexual y reproductiva. La primera no era tan grave al ser todas las mujeres de las Tierras del Sueño de Venus bisexuales, pero la segunda era más importante. Podían complacerse sexualmente entre ellas, pero no engendrar hijos. Así que optaron por enviar incursiones de su mujeres leopardo para capturar hombres en otras Tierras del Sueño y llevarlos allí para que se ocuparan de las necesidades reproductivas y, de paso, dar placer a aquellas mujeres que les apeteciera sexo ocasional con un hombre. Loki, con su habitual ingenio, había logrado llegar hasta la reina y había logrado pactar con ella una solución: un intercambio cultural entre las Tierras del Sueño de Venus y la Tierra. Organizar viajes entre ambos mundos para que así las mujeres de Venus vieran satisfechas sus necesidades ante la desbordante falta de hombres que tenían.  Y los hombres secuestrados serían devueltos a sus hogares si así lo deseaban. Por otro lado, quedaba la cuestión de saber que había pasado con Summanus, Raijin y Fujin. Loki, con el permiso de la soberana, le acompañó a verlos. El etrusco estaba satisfecho, rodeado de bellas mujeres de Venus a las que estaba instruyendo en las artes pirotécnicas que él tan bien dominaba. En aquel mundo era algo desconocido y el dios no tenía reparos en enseñarles sus secretos, y eso era algo que le satisfacía y le motivaba. Por otro lado, los dos onis no habían resultado muy afortunados. Tal y como esperaba Pkaurodlos, su líbido y su machismo les había hecho tomar malas decisiones. Así pues, habían sido entregados a las masas de venusianas para que los dos dioses vieran “satisfechos” sus sueños: fueron sometidos a interminables sesiones de sexo con una larga cola de mujeres venusianas que aguardaban su turno para probar a esos fornidos y resistentes dioses. El resultado: acabaron extenuados, drenados de toda energía y con sus miembros viriles exprimidos hasta la última gota, irritados y muy doloridos.

Así pues, con todas las incógnitas resueltas, Pkaurodlos y los demás dioses pudieron regresar a las Tierras del Sueño de la Tierra, junto con gran parte de los hombres secuestrados. De esta manera se inicio el intercambio entre ambos mundos, con erótico resultado.