viernes, 13 de abril de 2018

Crisis of Infinity Kates (Parte 2): En las trincheras

1916, en algún lugar de Francia

El barro, la humedad, el ruido de los disparos y el lejano estruendo de la artillería se habían convertido en un elemento habitual de la vida en la trinchera. Más allá de la misma, la tierra de nadie era un erial desolado, arrasado por las explosiones, sembrado de restos de alambradas y otros restos de defensas destrozadas y donde los cadáveres de los infortunados a los que no habían podido salvar se pudrían lentamente. Era un infierno en la tierra, y la trinchera era el reservorio de los condenados, que esperaban pacientemente al momento en que les llegara el momento de recibir una bala enemiga, o bien que el gas o alguna enfermedad incubada entre las malas condiciones de aquel agujero se ocupara de ellos. Tras aquella enorme zanja que era la trinchera, a varios centenares de metros, aguardaba un bosque, y, algo más allá, un pequeño pueblo, prácticamente una aldea, arrasada por los efectos de la guerra. Y es que, a lo largo de los centenares de kilómetros a lo ancho de Europa recorridos por las, en apariencia, infinitas trincheras, la desolación se extendía a ambos lados de las mismas.

La Gran Guerra, la guerra que iba a acabar con todas las guerras, era una pesadilla para la población civil afectada y para los soldados. Empantanada en una, en apariencia inacabable, guerra de trincheras, lo que iba a ser un enfrentamiento rápido y definitivo, una forma de aplacar las ansias belicosas de los altos mandos de los ejércitos, se había convertido en un desastre. La guerra tal y como se concebía hasta el momento había cambiado por completo. Ya no se podían utilizar las mismas tácticas, ya que todo había cambiado. Y la falta de previsión había provocado aquel estancamiento. Sólo el bando que pudiera aguantar durante más tiempo el tremendo desgaste sufrido durante el conflicto bélico podría alzarse con la victoria. Mientras tanto, las tragedias a todas las escalas se desarrollaban una tras otra por todos los frentes de la guerra.

En un kilómetro olvidado del frente occidental, en una zona de trincheras que había quedado aislada y brutalmente asediada, una tragedia en concreto se estaba desarrollando. Los hombres que allí luchaban no comprendían el motivo de la repentina escalada bélica que se había producido en aquel punto. Ya no eran los ataques con gas, que habían sido terribles y que, por fortuna, el enemigo los desechó rápidamente. Eran los refuerzos en hombres y equipo que los alemanes habían recibido. Los ingleses y franceses que luchaban atrapados en aquel agujero no entendían como aquel lugar parecía haberse vuelto tan importante para el esfuerzo bélico enemigo. Pero, por alguna razón, se habían desplegado allí una potente fuerza militar con tecnología que superaba todo lo que habían visto hasta el momento. Los soldados enemigos habían sido reforzados con hombres que llevaban uniformes diferentes, y que usaban rifles, ametralladoras y granadas muy superiores a lo que habían visto hasta ahora. Los defensores sólo podían agradecer que, por el momento, no habían desplegado allí cañones o tanques. Pero temían que sólo fuera cuestión de tiempo. Pese a todo, seguían resistiendo.

Con las líneas de comunicación cortadas, el puesto de mando instalado en aquel tramo de trincheras se había vuelto inútil, y los soldados que caían heridos sólo podían recibir la ayuda de una enfermera que hacía lo que podía con los suministros que tenía. Y, sin embargo, resistían. Pero más que achacar esto a la heroicidad, parecía como si el enemigo estuviera jugando con ellos, como si aguardara el momento oportuno para lanzar un ataque definitivo a través de la tierra de nadie. Así, un día más, con las primeras horas de luz, la lucha se reanudaba. Empantanados y aguardando, los defensores sólo podían limitarse a vigilar y tratar de frustrar cualquier tentativa de ataque. Aristides Tanatopoulos, un extraño sujeto que afirmaba ser periodista, silbaba una alegre tonadilla mientras observaba la tierra de nadie con un periscopio de trinchera. El eterno buen humor del griego a veces sacaba de sus casillas a algunos soldados, pero al periodista le traía todo sin cuidado. Nadie sabía quien era exactamente ni cómo había acabado en aquel agujero infernal, pero un día, llegó siguiendo la trinchera y se instaló con ellos. Al poco de su aparición se inició el brutal ataque que los dejó incomunicados y, al parecer, olvidados. Desde entonces, Arístides se había convertido en un elemento más de aquel lugar. Parecía indemne al aburrimiento y la fatiga física y mental, y no se había privado de flirtear con la enfermera, Katherine Jones, que había aceptado con gracia sus requiebros, aunque sin darle esperanzas. Todos coincidieron que debía haberle caído muy bien, pues la enfermera tenía poca paciencia con los seductores y era capaz de jurar como un marinero. También se rumoreaba que, en realidad, lo que le gustaban eran las mujeres, pero nadie se había atrevido a planteárselo a la mujer. Ésta, originaria de Londres, tenía vocación por la medicina, por lo que se había convertido en enfermera y mantenía siempre a mano algún que otro libro de medicina para continuar su formación, aunque sabía que no podía aspirar a más. Sin embargo, era una luchadora, activista en los movimientos en favor de los derechos de la mujer. Además, durante el tiempo que había pasado en las trincheras, había acabado por convertirse en una buena tiradora. No excelente, pero si competente. También, para sorpresa de los soldados si lo hubieran averiguado, era bisexual, aunque prefería a las de su sexo. Pero había algo que ni ella misma sabía. Y es que Katherine Jones era familia de Katherine Ashford, miembro de una rama familiar diferente a la americana, pero que mantenían antepasados comunes.

Disertaciones genealógicas aparte, aquel día la enfermera Kate estaba de buen humor, por lo que recibía con agrado el silbido del griego. Desconocía el motivo de su estado anímico, pero se sentía bien, como si tuviera la impresión de que iba a pasar algo bueno ese día. Así pues, cuando, una hora más tarde, se produjo un extraño estallido procedente del bosque, su premonición se vio cumplida, aunque no de la forma en que esperaba. Lo que emergió de la floresta era un tanque de tamaño muy reducido, lleno de remaches, placas de blindaje, pinchos y otros adornos combinados con una serie de cables blindados y accesorios, con lo que parecía haber sido ensamblado en una chatarrería para haber acabado estrellándose contra un muestrario de alambiques metálicos. En la parte frontal lucía una estrella roja sobre una rueda de engranaje, emblema que desconocía, y,  como pudieron comprobar tanto la enfermera Kate como los demás soldados, era que llevaba un remolque cargado de cajas. Al hacer su aparición, los alemanes, sorprendidos, comenzaron a disparar contra el minitanque, pero el blindaje de este era demasiado duro. Los defensores, viendo que aquel extraño vehículo venía por su lado y estaba siendo atacado por sus rivales, optaron por tratar de darle algo de cobertura y respondieron al fuego con el propio, además de utilizar algunas granadas. Pero el minitanque no tardó en disparar también. Pese a su tamaño, su cañón era bastante potente, y lanzó una serie de obuses que causaron bastantes destrozos en la trinchera enemiga, además de dejar más impracticable la tierra de nadie. Cuando llegó hasta la línea defensiva, arrojó también una serie de granadas de humo que formaron una excelente cobertura. En ese momento, se abrió la escotilla superior y salieron varias figuras ataviadas con uniformes militares de color gris y sin insignias, que se dedicaron rápidamente a descargar el remolque e introducir las cajas en la trinchera. Los soldados, atónitos, contemplaron aquella operación, sorprendidos por la tecnología que suponía aquel minitanque y porque las figuras que habían surgido del mismo y estaban descargando eran todo mujeres. Una vez acabado el proceso, se introdujeron en la trinchera y el tanque retrocedió de vuelta al bosque.

El oficial al mando, el teniente Irvine, que no esperaba ningún tipo de refuerzos o apoyo, se quedó boquiabierto cuando la que parecía ser la líder de aquellas mujeres, una chica albina y bajita, que usaba unas gafas de sol, se plantó ante él.

-Combatiente Yekaterina Ivanova presentándose, señor. Mi equipo y yo le traemos suministros y refuerzos.

-Descanse, combatiente. ¿De dónde salen ustedes y cómo es que sólo son mujeres?

-Teniente, lo que traigo aquí no son “sólo” mujeres. Se trata de una unidad formada por expertas combatientes, estrategas y luchadoras capaces de poner en fuga a quien se les plante como adversario. Además, le traigo unas armas que le van a ayudar a romper el asedio al que están siendo sometidos.

El teniente miró por encima del hombro a las chicas: eran todas jóvenes, de veintipocos años, salvo una que parecía estar rondando los cuarenta. Tres de ellas portaban espadas de las cuales, dos tenían el cabello castaño y podrían pasar por madre e hija y la tercera, rubia, tenía un cierto aire familiar. Una pelirroja y otra morena de piel y de pelo contemplaban todo con sumo interés. Era un equipo bastante curioso. Una a una le fueron presentadas al teniente y a los allí presentes, inclusive Aristides y Katherine Jones: las dos mujeres que parecían madre e hija, compartían el mismo nombre, Katherine Ashford, aunque a la mayor la llamaban “Bogatyr”; la rubia de la espada fue presentada como Katherine Violet, sin mencionar su apellido; la pelirroja era Kate de Connacht, que parecía irlandesa y, finalmente, Ka-neferu, de Egipto. El teniente, que ya no sabía si tomarse aquello en serio, se percató de que la albina de nombre ruso le había lanzado una mirada de interés a la enfermera, como si hubiera ido allí específicamente por ella. Lo único que esperaba es que aquel circo acabara pronto y, a ser posible, sin revolucionar demasiado a los soldados ante la presencia de tanta fémina. Por suerte para él, las cosas mejoraron rápidamente en cuanto empezaron a abrir las cajas que habían llevado hasta allí: estaba llenas de armamento de manufactura morlock, lo que incluía fusiles de asalto, granadas, lanzacohetes y pistolas. Los soldados miraban aquello estupefactos, ya que eran armas que no habían visto nunca, con un diseño y de una tecnología que desconocían, pero, si eran tan mortales como les aseguraban, aquello podía significar darle la vuelta a aquella situación.

Mientras Yekaterina y Bogatyr se encargaban de distribuir las armas y dar algunos consejos básicos para usarlas (las armas morlock están diseñadas y construidas para ser fáciles de fabricar y mantener y fáciles de usar, se pueden utilizar para disparar balas o como arma contundente para seguir disparando de nuevo como si nada), Kate Ashford y las demás chicas se fueron a hablar con la enfermera y el periodista. Se retiraron al puesto de mando, donde Katherine Jones recibió de Katherine Ashford una charla sobre viajes en el tiempo, líneas genéticas amenazadas, paradojas temporales y demás historias. Omitió los detalles más estrambóticos, pero aun así quedó una historia difícil de creer. Fue entonces cuando tuvo que jugar su arma final: una foto de la enfermera fechada en 1950 y una carta de su puño y letra de la misma fecha en el que se contaba todo aquello a sí misma. Había sido consignada en un despacho de abogados durante varias décadas hasta que fue entregada a Katherine Ashford en Arkham, Massachussetts en una fecha determinada. Kate incluso le mostró el documento que recogía las instrucciones de los abogados. Mientras la enfermera Jones meditaba sobre aquello y trataba de asimilarlo, Kate se fue a hablar con Aristides.

-Señor Tanatopoulos, ¿qué hace usted aquí exactamente?

-Bueno, soy periodista, creo que eso está claro. Me dedico a escribir crónicas de guerra.

-Sí, claro, pero, ¿por qué aquí en concreto cuando hay tantos lugares donde se está decidiendo el destino de esta guerra, Ares?

Aristides era bueno, pero Kate conocía bastante bien a los dioses que, en su tiempo, conformaban el equipo Alfa Strike. A N’kari y Bastet las conocía más íntimamente, pues amabas eran amantes suyas y de Welcome, pero eso era otra cuestión. Y sabía que aquel periodista era, en realidad, Ares, el dios griego de la guerra.

-Aristides, mi nombre es Aristides, no Ares. Creo que me confunde con otra persona.

-Y yo soy Sarah Bernhardt… Mira, no se que haces aquí, pero se quien eres. No me conoces, pero nos conoceremos en el futuro. Tan sólo espero que, si puedes o quieres, nos eches una mano. No como dios de la guerra, se que los dioses no queréis llamar la atención innecesariamente, pero si que puedes ayudar como un combatiente más. Y si las cosas se complican demasiado, no creo que llames demasiado la atención si tenemos que recurrir a todos nuestros recursos.

Ares seguía haciéndose el loco, aunque Kate sabía que le había hecho pensar en la situación.

Una hora más tarde, con todo el mundo preparado y las armas repartidas y asignadas, estaba todo listo para la acción. Bogatyr, que había sido una líder militar, había establecido la estrategia de combate que iban a seguir. Todo empezó con un ataque masivo de los soldados que comenzaron a disparar desde la trinchera. Desde el otro lado no tardaron en responder al fuego, aunque las nuevas armas de factura morlock resultaron mucho más efectivas. Por otro lado, Kate la Roja y Ka-neferu comenzaron a preparar sendos rituales de invocación. Si la irlandesa no se equivocaba, iban a poder conseguir una ayuda muy poderosa. Por su parte, Kate Ashford empuñó la espada Ouroboros, cedida por Welcome y se concentró en ella. El arma, aunque estaba hecha para ser blandida con sus plenos poderes por Evangeline Parker, también podía ser utilizada por Kate, pues, al estar enamoradas, sus almas estaban conectadas. Por la misma razón, Bogatyr podía usar su Ouroboros también. Lo que no acababa de entender Kate era como podía manejar Katherine Violet también una Ouroboros. No es que la espada fuera imposible de usar. En manos de cualquier persona era una espada de excelente manufactura y capaz de afectar a criaturas y entidades inmunes al daño físico convencional. Pero sólo en manos de Welcome o de alguien muy ligado a ella, como Kate, se activaban sus poderes. Con Evangeline, la espada podía cortar el tejido del espaciotiempo y crear portales en el espacio, el tiempo y entre los planos. En manos de Kate Ashford (y Bogatyr), emitía un rayo que teleportaba de forma aleatoria a quien alcanzara. Cuando la usaba Kate Violet, era ella misma la que se podía teletransportar libremente. Y Kate se había asegurado de que la espada era una Ouroboros y no otra arma mágica. Era algo que la escamaba. Pero, en cualquier caso, los diferentes poderes de la espada les iban a resultar de mucha ayuda.

Mientras los soldados disparaban, las dos Kates Ashford utilizaron sus Ouroboros para disparar rayos teleportadores hacia el otro lado del frente. Allí donde alcanzaban un objetivo, este desaparecía misteriosamente con destino ignoto. Simultáneamente, Kate Violet usaba su espada para aparecer en medio de la trinchera alemana, repartir una serie de golpes, disparos de pistola y tajos y volver a desaparecer para retornar a su lado del frente. Esto estaba desconcertando a los alemanes. Fue en una de esas acciones cuando Violet vio algo que le llamó la atención y, en su siguiente salto, regresó con una chaqueta que le había arrancado a un soldado muerto. Con la prenda en la mano se acercó a ver a Kate Ashford. Juntas examinaron las insignias y se quedaron boquiabiertas ante lo que vieron: no sólo era una versión de los uniformes alemanes de ese tiempo, sino que, además, tenían insignias de Omicron Scorpions. Pero eran extrañas, diferentes a las que ya conocían. Algo extraño estaba sucediendo. Pero, mientras trataban de resolver el enigma, la lucha proseguía.

Los alemanes, sorprendidos por la furia de la acción, tuvieron que hacer uso del arma secreta que estaban reservando para su ataque final. Estaba escondido en una granja medio en ruinas que había más allá del frente, en el lado alemán, pero cuando apareció, no era difícil que llamara la atención. Aquello era algo completamente fuera de lugar, un anacronismo que, si se extendía, podía cambiar definitivamente el curso de la guerra. Pero sólo se había usado allí, sólo allí parecía haber tropas de Omicron Scorpions con armamento de Omicron Scorpions y de los Reptilianos Nazis del Lado Oscuro. Y aquello que había surgido era una prueba más de que aquel punto concreto de las trincheras era importante. Aquel lugar en donde se podía encontrar a una mujer emparentada con la rama familiar de Katherine Ashford, la enfermera Katherine Jones. Y fuera quien fuera quien andaba detrás de ese linaje y sus ramas, había enviado un exoesqueleto blindado clase Acorazado de la NWE. Pero aquella enorme armadura de combate era diferente, extraña. Se trataba de una versión pesada del Acorazado que ya conocían Kate y Alfa Strike, más grande, más blindado, más similar a la clase GodHunter aunque parecía diseñado para ser un destructor de tanques más que de dioses. Y aquel monstruo metálico se dirigía hacia allí, armado con una ametralladora pesada y una enorme garra. Si llegaba hasta el frente no iba a haber supervivientes. 
Los alemanes se regocijaron ante la llegada de aquel coloso, pero las Kates no habían jugado aún su última carta. Bogatyr había luchado contra diferentes modelos de la clase Acorazado y de su original, la clase Ritter de los RNLO. Y no iba a dejar que un exoesqueleto nuevo la derrotara. Por ello, se acercó a comprobar los progresos de Kate la Roja y Ka-neferu. El tiempo apremiaba, pero ellas habían avanzado bastante. Mientras, el fuego se concentraba contra el Acorazado modificado, que llevaba un blindaje que parecía equipararlo a la clase GodHunter, o, tal vez, incluso superarla en cuanto a protección, ya que los intentos de teleportarlo por parte de Kate Ashford eran inútiles. Parecía incorporar algún tipo de escudo antimagia que desviaba los rayos teleportadores.

Pero, cuando las dos mujeres acabaron su trabajo, la balanza volvió a inclinarse a su favor, equilibrando la situación. Por un lado, una horda felina compuesta en parte por gatos de las Tierras del Sueño llegados por caminos que sólo ellos conocen y por la población felina de la región se abalanzó sobre la trinchera alemana sembrando el caos y la destrucción a su paso atraídos por Ka-neferu. Por otro lado, desde el próximo bosque, surgieron dos retoños oscuros de Shub-Niggurath, que acudieron a la llamada de Kate la Roja. Junto a estos, el minitanque reptiliano modificado por los morlocks y dirigido con control remoto por Yekaterina, surgió de su escondite para unirse al combate. Finalmente, Ares, al comprender que aquello no era para nada normal y que, a fin de cuentas, si que podía hacer algo y, de paso, divertirse, agarró una de las armas y saltó a la tierra de nadie disparando hacia el otro lado del frente. Los soldados, inspirados por el ejemplo del dios de la guerra, se lanzaron tras él en una insensata carga, acompañados por los retoños oscuros.

La batalla fue épica, anacrónica y digna de salir en los anales de la guerra a lo largo de la historia. Se cometieron actos de heroismo, muertes inútiles y muestras de valor más allá de toda duda. Fue un enfrentamiento que no merecía ser olvidado, en el que los soldados ingleses y franceses lograron superar finalmente a los alemanes, derrotándolos junto a sus aliados de Omicron Scorpions. El Acorazado modificado cayó en parte por los ataques del minitanque, a bordo del cual se subieron todas las Kates, y por la intervención de los retoños oscuros. Pero aquel lugar, aunque se obtuvo una victoria importante en aquel momento, fue uno de esos oscuros secretos de la guerra, uno de esos episodios que acaban por caer en el olvido. Y, sin embargo, Kate Jones recordaría aquella batalla durante el resto de su vida. Y, aunque sabía que no podía relatarla tal cual fue, pues nadie la creería, podía contar con la amistad de un dios, Ares, que se forjó durante aquel tiempo.

Así, con una victoria que no pasaría a los anales de la historia, con una batalla que pasaría desapercibida en aquella infausta e inútil guerra, se logró la primera victoria del equipo de las Kates contra aquello que amenazaba su total y completa existencia.