jueves, 12 de marzo de 2015

Thunder-verse (parte 4): Tronados en Ulthar


Ulthar parecía haber recobrado la tranquilidad desde la partida de Loki y el Señor de las Tormentas, o, al menos no se había producido ninguna perturbación de la paz digna de mención. Así había sido al menos hasta que, un par de días después de la partida del nórdico y su asociado, un nuevo dios llegó a través del puente que unía a esta tranquila población con su vecina, Nir. Llegó por la noche, cruzando el río, un hombre de rasgos serenos, pálido y vestido completamente de negro, contempló aquel tranquilo lugar y decidió que se quedaría, por lo menos hasta que no hubiera ninguna otra razón para irse. No le fue difícil instalarse, y, tras establecer contacto con diversos comerciantes, se hizo con las materias primas que necesitaba. Pronto, los primeros fuegos artificiales iluminaron la noche para sorpresa de los vecinos y los gatos. Aquel dios recién llegado no parecía dispuesto a perturbar la paz, y aunque parecía preferir las horas de oscuridad, se perdonaba su excentricidad a cambio de poder disfrutar de sus espectáculos pirotécnicos. Summanus sonreía, feliz, había encontrado un buen lugar donde aguardar el devenir de los acontecimientos y podía seguir dedicándose a aquello que tan bien se le daba. A fin de cuentas era el dios etrusco de las tormentas nocturnas, y un viejo dios debía aprender trucos nuevos para sobrevivir.

Habían pasado varias semanas y las noticias de los acontecimientos acaecidos en Inquanok no tardaron en llegar hasta Ulthar, donde Summanus sonreía satisfecho al contemplar sus fuegos artificiales mientras acariciaba a un gato negro. Cuando llegó a sus oídos la noticia de aquellos dos dioses que se pasaban el día follando y de aquel demonio que pasaba el tiempo como músculo de alquiler, supo que el momento se acercaba. No tenía claro que iba a pasar, pero si habían sido convocados a las Tierras del Sueño era por algún motivo. Y si Loki estaba metido en el asunto iba a ser de lo más interesante.

Al día siguiente, Summanus caminaba por las sombras cuando vio algo que le dejó totalmente desconcertado: una horda de gatos corría despavorida calle abajo, como huyendo de algo, arrasando todo cuanto se cruzara en su camino. Y en su camino se cruzó Summanus, que cayó bajo la embestida de un juggernaut peludo y maullante, que pasó por encima del dios, derribándolo y dejándolo lleno de huellas felinas y pelos. Cuando la avalancha pasó de largo y logró levantarse, mientras intentaba sacudirse el vello gatuno que se había adherido a su traje, contempló la causa de tal estampida: un enorme oso pardo cabalgado por un individuo de extravagante vestimenta avanzaba hacia él. Aquel jinete ursino vestía lo que parecía un raído uniforme militar ruso combinado con una armadura de escamas, lucía una larga barba blanca y un casco medieval. Cuando el oso estaba a punto de atropellar al sorprendido Summanus, se detuvo en una compleja maniobra que le hizo acabar resbalando y caer despatarrado, mientras Perun, pues no era otro quien cabalgaba, lanzaba un grito de guerra.

Tras desmontar, Perun se acercó al etrusco al que dió un poderoso abrazo de oso que le dejó sin respiración y le estampó dos sonoros besos.
-Amigo, cuanto tiempo sin verrrrrte. Es un placerrrr encontrrrarrrte de nuevo aunque sea en estas cirrrrcunstancias.

(Nota: como Perun habla con un fuerte acento ruso, a partir de este momento sus diálogos se someterán a una traducción simultánea para comodidad del lector).

Summanus, que por fín logró liberarse de la presa del eslavo, tomó aire y por fin pudo responder:

-¡¿Perun?! ¿Qué haces tú también aquí? Oye... ¿no estarás borracho por casualidad, verdad? Porque la que has montado con los gatos entrando de esa forma en el pueblo....

-No, amigo, camarada, para nada, en estas tierras no destilan un buen licor ni que los maten. Para mí todo esto es aguachirle, aunque dicen por ahí que ciertos marineros que lucen turbantes con dos protuberancias en Dylath-Leen tienen un aguardiante particularmente fuerte.
-Pero no creo que hayas venido aquí a hablarme sobre bebidas alcohólicas.

-Ojala, pero ya te digo que no hay nada que se compare al vodka de mi querida Rusia, sobretodo al que destila mi querida Rodina, la Madre Rusia. ¡Qué mujer! ¡Y fueron los soviéticos las que le dieron vida! ¿Quién lo iba a pensar de una panda de ateos semejantes? Pero Rusia siempre ha sido buena tierra para nosotros, y sólo faltaba que le dieran entidad. ¡Y qué entidad! ¡La Rodina! ¡Qué pedazo de mujer! ¡Con unas tetas, un culo! Y no es ninguna de esas señoritingas blandengues, que va, ¡es una auténtica rusa! ¡Te pega un polvo que no puedes levantarte de la cama en dos días y luego se va a trabajar! ¡Qué mujer! Cuando los soviéticos la crearon lo hicieron a conciencia: la belleza, fuerza, carácter e idéntidad únicos de la tierra concentrados en una diosa madre que ríete tu de la sosa de Madame Libertad de los USA.

-Sí, sí, vale, pero ahora a lo que estamos, si no te importa. ¿De dónde has sacado al oso?

-¿Misha? -el oso, al escuchar su nombre se aproximó a Perun y se sentó junto a él mientras el dios le rascaba la cabeza.- Es un amigo, a un dios de todas las Rusias y la Europa Oriental no puede faltarle un oso, más un oso tan valiente y fuerte como mi querido Misha. Ah, que tiempos aquellos en los que podía ir a caballo o en oso desde un extremo al otro de las Rusias, con la Rodina, probando los destilados y chifladuras de la vieja Baba Yaga (entre nosotros, me parece que la vieja bruja a veces chochea), festejando con Chernobog y los strigoi en los cárpatos. ¡Grandes tiempos, grandes tiempos! Pero bueno, aunque nos quieran dejar de lado, los dioses seguimos presentes.

-Ya, no hay otra que reciclarse. Aunque los rusos lo tenéis mejor, hay muchos cuentos y tradiciones sobre vosotros, así que por ahí seguis siendo poderosos. Pero bueno, que nos vamos del tema. ¿Tienes la más mínima idea de que hacemos aquí, en las Tierras del Sueño?

Justo en el momento en que Perun le iba a responder, cuando un flash de luz los dejó cegados unos instantes. Ante ellos se alzaba la figura de un un poderoso hombre de rasgos de un atractivo sobrenatural, desnudo de cintura para arriba y que portaba una corona de brillantes llamas, flotando sobre el aire.

-Oíd, dioses del trueno -habló el recién llegado- Soy Karakal, Dios de los Grandes, señor de los rayos y la fuerza eléctrica, amo de la llama eterna que brillará hasta el final de los Tiempos. Los que compartimos el poder del rayo y el trueno estamos sometidos a un grave peligro, debéis venir conmigo.

-¿Habrá bebida, mujeres y acción? -preguntó Perun

Karakal, sorprendido por la pregunta, tardó un poco en responder de forma afirmativa. Sabía que era la mejor forma de acabar rápido con aquel reclutamiento. Ante la perspectiva que se le presentaba, Perun no dudó en aceptar. Summanus, al comprender que aquello era lo que estaba esperando, también asintió. Los tres dioses y el oso Misha dejaron Ulthar.

En la Jungla de Kled, un conciliábulo de elementales de la tormenta, kamis tempestuosos y otros espíritus menores de diversas religiones animistas y panteístas fue aniquilado por la hoja de la espada.