martes, 3 de marzo de 2015

Thunder-verse (parte 3): Dungeons & Sex Inquanok Edition


Para Zeus, la Miskatonic había sido como estar en el paraíso. Salvo el incidente que tuvo con Welcome, no le habían faltado universitarias calientes con las que tener sexo, y, cuando no encontraba ningún otro lugar mejor, siempre podía colarse en el despacho de Brontes. Sin embargo, algo raro había pasado. Estaba disfrutando de los encantos y destrezas sexuales de su última amante mientras se dedicaba a ignorar al cíclope cuando, de improviso, sintió un cambio, apareciendo en un lugar completamente diferente. Se trataba de una habitación de muros de ónice lujosamente decorada, pero había algo más que no era igual. El cuerpo de la chica con la que estaba fornicando era diferente, parecía haber cambiado de una forma que no sabía decidir. Cuando miró hacia abajo se dio cuenta de que, ciertamente, no era la misma estudiante con la que estaba en la Miskatonic. La La mujer era de piel negro azulada y de cuerpo elástico y felino y lujuriosa, abundante y larga cabellera plateada como la luna. Ella, percatándose de que también sucedía algo raro, le miró.

N'Kari estaba disfrutando del sexo sin complejos y muy entregada. El Dios Negro siempre sabía como complacerla y ella no tenía problema en entregarse con desenfreno y pasión a una actividad que le resultaba harto placentera. Sin embargo, en mitad del polvo, había percibido una alteración energética, un sutil cambio en la realidad que la había teleportado a una lujosa habitación de muros de ónice. Pero no parecía haberse desplazado sola, ya que sentía como seguía fornicando con su pareja, aunque... había algo raro ahí. Sentía algo diferente, su compañero no parecía el Dios Negro. Al girar la cabeza para comprobarlo, se encontró con un hombre blanco de edad madura, un culturista de larga cabellera y abundante barba rizada y cana. Sin embargo, el hombre estaba cumpliendo con sus expectativas en cuanto a la actividad sexual, por lo que ella no puso pega alguna. Ya que estaba pasándolo bien, no iba a quejarse, ya preguntaría después de acabar.

Raijin tenía un monumental dolor de cabeza. Era ese tipo de dolor intenso producido cuando t teleportas a lo alto de un minarete y te caes para acabar estampado contra una balconada y luego te echan a patadas un grupo de mujeres en ropa interior porque has irrumpido en su habitación de improviso. Ciertamente no estaba en Japón. Para empezar los edificios que veía eran de ónice, casas coronadas por cúpulas de cebolla y minaretes, con muchas ventanas y muros adornados con hermosos grabados. Además, la gente no tenía aspecto de los nativos del país nipón y, desde luego, no reaccionaban muy favorablemente ante la presencia de un oni de más de dos metros, musculoso y de piel rojiza. Y para colmo de males, el aro con los tambores tradicionales que llevaba siempre a su espalda se había doblado y retorcido por la caída. De manera que no tuvo más remedio que desprenderse del arnes con el que se lo sujetaba y venderlo como chatarra al prime mercader que decidió que los beneficios eran más importantes que salir huyendo de aquel aterrador coloso carmesí.

Finalmente, con mucho tacto logró averiguar que habían aparecido otros extraños recién llegados a la ciudad, y que parecían enfrascados en cierta actividad que parecía requerir muchos guiñós y gestos con el brazo. Raijin, algo aturdido, no acababa de comprender de que iba el asunto, pero se olía algo. Tras lograr localizarlos, se encontró algo que le dejó con la boca abierta: un culturista de barbita rizada y una espectacular mujer de piel oscura como la noche estaban follando como si no hubiera mañana. A Zeus no le costó mucho reconocerlo. Estaba harto de ver como el griego pervertido alardeaba de sus conquistas sexuales en ElderGodBook, pero la mujer no le resultaba particularmente familiar. Cuando logró que le hicieran caso, una vez habían acabado de follar, obviamente, se enteró de que ella era N'kari, diosa del trueno africana. “Estos gaijin están locos” pensaba Raijin mientras observaba como Zeus volvía a satisfacer las ansias sexuales de la mujer, “y poco provecho voy a sacar de estos dos si quiero averiguar que demonios pasa aquí”.

El oni se dió cuenta de que los otros dos dioses del trueno no tenían ni idea de que hacían allí, y que también habían percibido las alteraciones cósmicas que habían perturbado a los dioses del trueno. Lamentablemente, estaban lo bastante a gusto follando como para preocuparse de otras cosas, al menos temporalmente, y como su aspecto era más “usual” que el de Raijin, no habían tenido los problemas que éste a la hora de ser aceptados por los habitantes de aquella ciudad que, como supo, se llamaba Inquanok o Inganok, en las Tierras del Sueño. El nipón sabía que, si quería averiguar que demonios estaba pasando allí, lo tendría que hacer por su cuenta, y debido a su aspecto eso iba a ser harto complicado, ya que la mayoría de los habitantes de la ciudad huían despavoridos al verle o le vigilaban recelosos. Por lo tanto, desarmado, perdido, y sin más apoyo por parte de sus compañeros que algún polvo ocasional con N'kari cuando esta quería descansar un poco de Zeus, se dió cuenta de que la única opción que tenía era convertirse en aventurero. Para ello, hizo un resumen de sus características, habilidades y posesiones una hoja y lo que vio no le resultó particularmente alentador. Si, era un oni y dios del trueno, pero estaba en tierra extraña, sin nada encima más que lo puesto, un par de tambores que había podido salvar y sin ningún arma a mano. Al menos tenía claro que su clase iba a ser la de guerrero, aunque tuviera que empezar por el comienzo, es decir, con escasos recursos económicos y peor equipamiento. Pero eso no le hizo echarse atrás en su decisión. Poco a poco comenzó a alquilarse como músculo, primero en tareas sencillas, como hacer de matón en alguna taberna y escoltar a mineros de ónice. Pero aprovechó esto para sacarse algo de dinero y aprender el oficio de minería como habilidad secundaria, lo que, una vez que se hizo con un pico, le permitió obtener algunos ingresos extra vendiendo el material que él mismo extraía durante algunos de sus viajes. Cuando obtuvo el suficiente capital, fue a visitar a un herrero para que, con instrucciones específicas sobre lo que quería, le fabricase un arma con la que estuviera cómodo. Fue así como logró armarse con un tetsubo. A medida que iba avanzando en su adiestramiento como minero e iba ganando reconocimiento como músculo de alquiler y aventurero, también iba siendo cada vez más aceptado por los ciudadanos de Inquanok, lo que le permitió moverse con más facilidad por la ciudad y aceptar más misiones y trabajos. A medida que progresaba, iba actualizando y mejorando las estadísticas con las que se había definido y descrito inicialmente en aquella hoja de papel, lo que le sirvió como medida de sus progresos. Había pasado unas semanas en la ciudad y había avanzado con bastante celeridad, lo que le hacía estar orgulloso. Ya estaba comenzando a plantearse el adquirir una coraza metálica cuando, durante una de sus ocasionales visitas a Zeus y N'kari (que estaban, como ya era costumbre, fornicando), cuando, de improviso, se produjo un fogonazo. Apareció ante ellos un poderoso hombre de rasgos de un atractivo sobrenatural, desnudo de cintura para arriba y que portaba una corona de brillantes llamas, flotando sobre el aire.
-Oíd, dioses del trueno -habló el recién llegado- Soy Karakal, Dios de los Grandes, señor de los rayos y la fuerza eléctrica, amo de la llama eterna que brillará hasta el final de los Tiempos. Los que compartimos el poder del rayo y el trueno estamos sometidos a un grave peligro, debéis venir conmigo.
El oni contempló boquiabierto al recién llegado, empezando a hacerse una idea de que estaba pasando, mientras tanto, Zeus y N'kari, que no habían perdido detalle de la aparición, seguían a lo suyo. Karakal, digno y orgulloso, al darse cuenta de esto, exclamó:

-¡¿Pero queréis para de follar de una vez y prestarme atención?! Ya hemos perdido mucho tiempo aquí, y debéis venir conmigo cuanto antes, o aquel que nos amenaza no tardará en localizaros.

Raijin, viendo que aquellos dos no tenían remedio, tomó la palabra:

-Llevanos contigo Karakal, lucharemos contra cualquier enemigo que nos amenaze.

Con estas palabras, y con Zeus en pie sosteniendo a N'kari mientras esta se agarraba con las piernas a la cintura del griego mientras seguían fornicando, siguieron a Karakal.

En las laderas del monte Hategh-Kla, un ave de trueno cayó atravesada por la espada. Otro más había caído. Muchos más habían de caer...