viernes, 23 de diciembre de 2016

Weird Christmas III: La Navidad de Vinnie West (parte 2)


La nieve comenzaba a caer sobre la ciudad de Arkham cuando Summanus salió corriendo de la biblioteca de la Universidad Miskatonic. Se olía lo peor. Nyarlathotep de visita en la ciudad podía ser simplemente una casualidad -no era la única vez que venía a Arkham y no sucedía nada extraño... bueno, nada más extraño de lo habitual-, pero el comentario que le había hecho no le había gustado nada. Y lo que era peor, no veía por ningún lado a Vinnie West. Vale que éste último era un inútil, pero sus constantes fracasos solían desatar el caos y alguien tenía que arreglar los desperfectos de sus actos. Los Pickman estaban fuera de la ciudad, así como la mayor parte de dioses que solían pulular por la ciudad, así que más valía que no pasara nada grave. Por si acaso, sacó el móvil del bolsillo y llamó al servicio de protección especial del alcalde. El Que Legisla era un primigenio, por lo que tenía una percepción más allá de lo humano, así que si estaba pasando algo, él lo sabría, o como mínimo, lo intuiría.
-Aquí no ha sucedido nada extraño todavía. Bueno, la mujer y la amante del alcalde se están empezando a entender demasiado bien, creo que Welcome tiene alguna especie de poder sexualizante, pero no es que al alcalde le esté molestando mucho... pero centrándonos en la protección sí que siento que algo está sucediendo. Una especie de vibración extraña recorre la ciudad, y por lo que presiento, surge del cementerio viejo de la ciudad ¿tú no tenías controlado a Vinnie West? Es el que suele liarla con los no-muertos.
-Lo he perdido de vista -le respondió Summanus -, pero él suele centrarse en la ciencia, reanimación por medios químicos y cosas por el estilo. Mientras estuvo asesorado por aquél descendiente de los Jermyn sabemos que tanteó otros métodos, pero por lo que me ha estado diciendo en sus momentos de bajón, se quiere centrar en la ciencia y no en hechizos ni cosas extrañas ¿tú sentirías vibraciones si Vinnie hubiera resucitado a alguien mediante métodos de científico pulp?
 -Puessss... lo que siento es algo sobrenatural. Sea lo que sea no es producto de la ciencia. Estaremos al tanto. Yo por si acaso tengo mi equipo de combate preparado por si hay que enfrentarse a algo.

 Brontes comenzó a tener un mal presentimiento. Algo estaba sucediendo en la ciudad. Algo que le hacía sentir muy extraño. Estando en un sitio como Arkham, algo muy extraño tenía que ser pero que muy extraño, pero no podía evitar tener esa sensación de que algo rondaba por las calles. De repente, su teléfono móvil sonó haciendo que diera un brinco.

-¿Sí? Ah, Summanus. ¿Qué? ¿El Que Comenta En La Oscuridad está Arkham? Eso no quiere decir nada bueno. Está sucediendo algo. Tengo un presentimiento, como que algo esta ocurriendo... ¿El Que Legisla también lo ha notado? Entonces está pasando algo. Nosotros estamos en posiciones de combate... vamos, parapetados detrás de recepción, pero suena más chulo decir lo otro. Si alguien ha invocado a algún bicho raro, hay alguna invasión de criaturas de otra dimensión o un grupo de vendedores de seguros han asaltado Arkham. nosotros la protegeremos.

Brontes colgó y asomó la cabeza detrás de recepción.

-Esto es una tontería. Si alguien ha invocado algo, deberíamos estar ahí fuera rebanando cabezas -dijo Araknek.

-Mira, desde la invasión de Halloween estás tú muy agresiva ¿eh? Aún no sabemos lo que está pasando.

Como si con ello diera la razón a Brontes, Unglaublich escupió una bola de espumillón. Se deslizó hacia la puerta de la residencia y echó un vistazo por la mirilla. Algo parecido a palabras pronunciadas por órganos no hechos para hablar una lengua humana llamaron a Brontes, por lo que este salió de detrás de recepción y se acercó a Unglaublich. El cíclope posó su ojo en la mirilla y un frío sudor le recorrió la espalda. Lo que vio no le gustó nada. Nada de nada. Cualquier cosa menos eso.

-¡¡¡TODO EL MUNDO A CUBIERTO!!! -exclamó el cíclope corriendo como un descosido por toda la entrada.

-¿Pero qué pasa? -preguntó Araknek. -¿Qué son? ¿Shoggoths? ¿Robots gigantes? ¿Dinosaurios controlados mentalmente?

-No -respondió Brontes con un ligero temblor en sus labios -, es peor... mucho peor.

El timbre sonó en el ayuntamiento de la ciudad de Arkham y el cuello de Pequeña T'auin se giró en su dirección. Se acercó con su parsimonioso paso a la puerta y se le quedó mirando. Sabía que El Que Legisla también había oído el timbre. Sólo estaba esperando a que viniera, y si tenía que liarse a bocados o a lanzar cañonazos, lo hacía. El primigenio legal no tardó en llegar. Le hizo un gesto al galápago para que no hiciera ningún ruido y se acercó lentamente a la puerta. Iba fuertemente armado, no le preocupaba lo que hubiera al otro lado. Cogió el pomo y abrió, dejando que el frío de la noche entrara junto con algunos copos de nieve que estaban cayendo. Vio lo que tenía delante y se quedó estupefacto. No era precisamente lo que se esperaba.

En el porche del ayuntamiento había varias decenas de gatos sentados mirando en dirección a la puerta. Todos parecían muy atentos, aunque alguno se distraía y hacía alguna gatunada. 

El teléfono de Summanus sonó mientras éste traspasaba las puertas que daban entrada al campus universitario y el dinosauroide cogió la llamada. Se trataba de El Que Legisla, le dijo que una manada de gatos le estaban mirando desde la entrada al ayuntamiento. Él miró a su alrededor y no vio nada extraño, pero cuando colgó tras decir que allí no había ningún felino, se encontró con otro grupo de animales que le miraban fijamente. Antes de que pudiera hacer nada, su teléfono volvió a sonar haciendo que diera un respingo.

-¡Son gatos! ¡GATOS! -exclamó la voz del otro lado de la línea. -Tenemos que detenerlos antes de que desaten su maldad por toda la ciudad, cuanto antes, vamos, hazme caso dinosaurio atontado, esas criaturas van a provocar el mayor de los desastres.

-Venga ya -dijo Summanus -, pero si son gatos. Míííííralos qué monos, cómo juegan entre ellos y ronronean. 

-¡No son monos! -exclamó la voz de Brontes fuera de sí -¡Son seres terribles que van a convertir la navidad de Arkham en una pesadilla, tú no me crees pero tengo la razón... uuuufff... en estos momentos me siento como Robert Pickman, no sabes lo ridículo que es eso. ¿Qué...? ¡Araknek! ¿Qué haces? ¡No abras la puerta! ¡Son gatos! ¡GATOS! ¡No digas que son muy monos! ¡Summanus, haz algo, rápido! ¡Tenemos que detener a los gatos... bueno... tenéis que detenerlos vosotros... yo tengo algo muy importante que hacer... pero detenedlos. No son monos, son gatos ¡GATOS!

La llamada se cortó y Summanus negó con la cabeza. No podía entender cómo un ser del tamaño de un armario empotrado con más músculos que Míster Olympia podía tenerle esa fobia a los gatos. Uno de los mininos se acercó al dinosauroide lanzando un ligero maullido.

-A que tú no eres una criatura malvada ¿eh? -le dijo mientras le acariciaba... sin darse cuenta de que el resto de la manada se iban acercando a él con paso acechante, como los cazadores felinos que eran.

El Que Legisla Tras El Umbral le explicaba la situación al alcalde mientras varios gatos comenzaban a entrar dentro del ayuntamiento y se iban subiendo a los muebles. Pequeña T'auin los miraba con desconfianza, pero no les hacía nada. De momento no habían hecho nada que mereciera un bocado.

-Pero qué animalillos más monos -dijo el alcalde de la ciudad mientras uno de los gatos se le subía al regazo y le hacía ñoñerías.

De pronto los ojos del gato que tenía el alcalde cambiaron su color grisáceo a un rojo penetrante. Antes de que pudiera hacer nada, un zarpazo le alcanzó la cara y el gato se convirtió en una bola de pelo y uñas que se movía como un ventilador. El alcalde se lo intentó quitar de encima, pero el animal bufaba y lanzaba más zarpazos. El Que Legisla no tuvo tiempo de reaccionar, pues otro grupo de felinos saltaron sobre él y comenzaron a comportarse como trituradoras de carne. El primigenio legal comenzó a quitárselos de encima como podía, y cuando estos caían al suelo se volvían hacia él, pero cuando se disponía a responder al ataque, los animales ponían su cara más tierna y maullaban lastimeramente. 

-No... puedo... combatir... con seres... tan... adorables... -decía mientras más gatos saltaban sobre él dispuestos a demostrarle que sus uñas y dientes quizás no fueran tan adorables.

El hombre que ese año hacía de Santa Claus en Arkham iba caminando por las calles de la ciudad moviendo una campana y soltando el característico "Ho, ho, ho". La gente le miraba sonriente y los niños le seguían haciéndole peticiones de todo tipo como regalo navideño. Cuando cruzó una calle más abandonada, se vio abordado por un tipo extraño con la piel escamada que corría como un descosido. Detrás de él, un montón de gatos iban en persecución entre bufidos y sonidos de amenaza. El Santa Claus de ese año se encogió de hombros y se dio la vuelta siguiendo con su ronda. No es que aquello fuera de su incumbencia. Y al menos sólo eran gatos.

Los alaridos de Brontes podían oírse más allá del condado mientras los gatos saltaban por todas partes, destrozando muebles y tirando decoración por los suelos. Araknek forcejeaba con unos cuantos que estaban intentando saltar sobre recepción para hacer trizas los papeles y después hacerle lo mismo a ella. El móvil del cíclope no dejaba de sonar, pero él estaba más preocupado en huir de los animales que en prestar atención a cualquier otra cosa. Unglaublich se deslizó entre la jauría de animales y alcanzó a Brontes. Una vez delante de él, le soltó un mamporro en toda la cara.

-¡Pero bueno! ¡¿Por qué me pegas?! -exclamó el cíclope. Entonces comprendió que el ser lo había hecho para sacarlo de su ataque de histeria y se dio cuenta del sonido del teléfono en su bolsillo. Cuando lo descolgó pudo escuchar la voz de El Que Legisla.

-Estos gatos no son gatos normales -dijo el primigenio legal. -Son gatos zombies.

-¿Zombies? Pues yo los veo muy normales -respondió Brontes escondiéndose detrás de un sillón. Justo después, varios gatos chocaron con el respaldo y comenzaron a rascar para llegar hasta su objetivo.

-Pero no zombies del estilo George A. Romero, sino zombies a la antigua usanza. Están siendo controlados por una fuerza externa, alguien ha lanzado a estos gatos para atacarnos.

-¡¿Pero qué chorradas dices?! Los gatos son malvados de por sí -decía Brontes sin dejar de insistir en su idea.

-No. Los gatos son seres muy monos. Y el malvado que los ha soltado por la ciudad se está aprovechando de ello, pero vamos a detenerlo.

-Aunque le detengáis, estos bichos son malvados... ¿qué es eso? oh no, esa zarpa... ¡la ventana! ¡¡¡¡LA VENTANA!!!

El Que Legisla se quedó mirando al móvil tras cortarse la comunicación y soltó al felino que tenía cogido con el otro brazo. Pequeña T'auin se había librado de la manada entera a base de bocados en el rabo. Bueno, bocados en el rabo y varios sopapos después. La alcaldía estaba segura de momento, pero esto no significaba que no fueran a atacar más gatos zombies. Usó de nuevo el teléfono para comunicarse con Summanus, estuviera donde estuviera.

-¿Dónde estás? ¿Por la zona antigua? ¿Y qué haces ahí? Sí, ya sé que los gatos se han vuelto locos. Están siendo controlados por alguien, y puedo sentir desde donde emite la energía que los hace atacarnos. Está en el viejo cementerio. Alguien debe estar haciendo algún ritual desde allí. Tú estás más cerca, así que dirígete allí mientras yo protejo al alcalde.

Pequeña T'auin le lanzó una mirada que le decía que él no había hecho nada mientras ella eliminaba a la manada entera.

-Bueno... y Pequeña T'auin también protege al alcalde. Es una gran compañera...

A la tortuga pareció satisfacerle eso y volvió a sus asuntos.

-¿Qué hacemos? -preguntó el alcalde saliendo de detrás de una mesa que había servido de parapeto.

-Esperar -fue la respuesta del primigenio legal.

El caos era total en la residencia La Llave y La Puerta. Montones de gatos habían entrado por puertas y ventanas y lo estaban destrozando todo. A Araknek ya se le habían hinchado los perendengues y estaba soltando fregonazos que dejaban a los felinos inconscientes con un sólo golpe. Unglaublich estaba intentando evitar la entrada desde la puerta principal con su cuerpo gelatinoso y no euclidiano, pero los animales, como buenos gatos que eran, conseguían colarse por cualquier rendija que dejara. Mientras todo esto sucedía, Brontes había subido las escaleras hasta el primer piso, huyendo de sus enemigos naturales, y en su huida se pegó de bruces con uno de esos individuos de túnica roja que rondaban la residencia. A ellos no les habían atacado los gatos, estaban tan tranquilos con sus cánticos y sus rezos.

-¡Tú! ¡Haz algo útil! ¡Ayúdanos a echar a estas criaturas! Es tu deber como inquilino de la residencia... lo pone en la letra pequeña del contrato... 

El sirviente de El Gran y Poderoso E se asomó por la barandilla y vio el estropicio que había en la planta baja. No era la primera vez que aquello parecía más un ring de lucha de todos contra todos que el recibidor, recepción y el salón de una residencia estudiantil, los sirvientes de El Gran y Poderoso E empezaban a acostumbrarse a las extrañas situaciones que tenían lugar allí, pero si se lo pedían de una forma tan apremiante, algo tenía que hacer.

-¡Imploro a El Gran y Poderoso E que detenga esta locura y que los gatos vuelvan a ser los animales tranquilos que son siempre! -exclamó el hombre.

-¿Como son siempre? -musitó Brontes. -No... noooooo...

Summanus cerró las puertas de hierro del viejo cementerio, que chocaron contra una montaña de pelo que intentaba alcanzarle. Del interior de la montaña salieron varios bufidos y amenazas, mientras los que la formaban buscaban formas de entrar entre la verja que rodeaba el recinto. El dinosauroide suspiró, al fin podía parar de correr. Había pasado a toda velocidad por media ciudad, hasta había pasado por un restaurante de comida rápida y había pedido un tentempié.

La nieve le daba al lugar una atmósfera inusual, como si fuera un cuento de navidad escrito por un autor gótico del siglo XIX. Allí no parecía haber nada con vida. Hasta que los ojos de Summanus se encontraron con una figura que se movía detrás de un ángel de piedra que tenía los brazos en alto. Según se fue acercando, reconoció a la figura. Ya había encontrado al que se le había perdido.

-Vinnie ¿qué haces ahí? -le dijo mientras se acercaba.

La figura se giró hacia la voz que le llamaba... bueno, se giró con tal velocidad que no tuvo en cuenta el brazo del ángel de piedra, que le dio un izquierdazo digno de un boxeador profesional. El cuerpo del pobre reanimador cayó al suelo, con suerte de que la nieve evitó que el golpe fuera más fuerte. Después se levantó con evidentes síntomas de aturdimiento.

-Ay, Vinnie, Vinnie ¿qué estabas haciendo aquí? -le preguntó Summanus.

-Yo... sólo quería ser como mi antepasado... -dijo como pudo, pues ya le estaba saliendo un moratón en la cara.

-Anda, anda, vente conmigo y no te vuelvas a ir por tu cuenta, que esta ciudad ahora no es segur... -de repente el teléfono de Summanus sonó. Respondió a la llamada y se quedó estupefacto al oír la voz de El Que Legisla diciendo que los gatos que se estaban dirigiendo para el nuevo ataque habían parado de repente y se habían dispersado por toda la ciudad. Ninguno de ellos tenía los ojos rojos y lo único que hacían era lo habitual. Parecía que el peligro había pasado y, de algún modo, los gatos ya no estaban bajo el control del desconocido enemigo. -Bah, en fin, muchacho, vamos a tomarnos algo para que se te quite la bajona.

Summanus fue conduciendo a Vinnie fuera del cementerio, sin percatarse de los claros indicios de que allí se había producido un ritual. Aunque tampoco es que fuera fácil verlos, pues la nieve lo estaba cubriendo todo.

En la residencia estudiantil, los gatos habían dejado de comportarse como un ejército de monstruos, pero todos estaban mirando fijamente a Brontes.

-Parece que El Que Legisla y Summanus han conseguido detener la amenaza -dijo Araknek guardando sus fregonas en el cinto.

-No, no la han detenido.... mira cómo clavan sus ojos en mí -decía Brontes desde el primer piso. -En cualquier momento se lanzarán a por mí. Le he dicho a ese individuo de rojo que los echara, no que los dejara como eran antes.

-¿Pero qué dices? Si el tipo ese no ha hecho nada. Habrán sido los otros, que han detenido al que controlaba a los gatos. -le respondió Araknek mientras se preguntaba cómo iba a limpiar todo el estropicio.

-Pero siguen aquí -dijo Brontes -, y son como siempre... me vigilan... y me siguen... no son adorables... son gatos... ¡¡¡SON GATOS!!!

Y salió corriendo por las escaleras al piso superior. Algunos de los felinos miraron al cíclope correr y después comenzaron a afilarse las uñas como si nada.

Araknek se giró y vio cómo Unglaublich se dirigía al exterior de la residencia.

-Ah, no, puede que ese se haya librado de limpiar, pero tú no te vas a escaquear, así ven aquí ahora mismo, que tenemos que adecentar esto antes de que vuelvan los Pickman de Kingsport.

Unglaublich hizo un sonido de resignación y cerró la puerta. Sería una sesión de limpieza muy larga. Una forma original de celebrar la navidad.