sábado, 17 de marzo de 2018

Harbinger: Tormenta irlandesa

Camino a Crisis of Infinity Kates (parte 3)

Algún lugar de Irlanda, en torno al año 1000 d.C.

Yekaterina se sentía como si se hubiera metido en medio de una historia escrita por Arthur Machen: las verdes colinas y los espesos bosques que conformaban el paisaje hasta donde alcanzaba la vista eran de una belleza espectacular, pero, al mismo tiempo, había algo inquietante para el ojo experto de la morlock. El hecho de haberse hecho acompañar por Brontes tampoco ayudaba mucho. Con la proximidad de las fiestas del día de San Patricio, al griego le había dado por vestirse de verde. Así pues, parecía una versión hipertorfiada, ciclópea y musculosa de un leprechaun. Sin embargo, las investigaciones en el tejido del continuo espaciotiempo habían determinado que en aquella zona y en ese tiempo iban a encontrar a otra Kate.

Sin embargo, debido a los efectos de deriva espaciotemporal y demás complicaciones de tipo cuántico o no, no era fácil acertar siempre. Y, en este caso, aunque habían llegado en el momento apropiado, la localización se había desviado un poco. La cuestión era que hacer con la máquina del tiempo. Un enorme camión militar soviético lleno de cables, tubos y demás accesorios resultaba bastante llamativo. Si lo dejaban allí aparcado, tendrían que camuflarlo, pero si se lo llevaban, podrían reaccionar más rápidamente en caso de emergencia. En cualquier caso, el camión podía resultar un problema. Por ello, optaron por utilizarlo para ir a buscar a la Kate de aquel tiempo y lugar, pero tratando de camuflarlo un poco con vegetación local. El resultado no era particularmente bonito, y, a menos que lograran meterlo en alguna hondonada o bosque donde pudiera pasar más desapercibido, iba a llamar la atención irremediablemente.

Así pues, a través de la verde campiña de la isla esmeralda, el camión reconvertido en máquina del tiempo avanzaba en busca de una mujer que tendría un papel a jugar en algo que iba más allá del tiempo y el espacio. Pero, lo único que no necesitaban era nuevas molestias e interrupciones en su trabajo. Y no es que la Irlanda del milenio careciera de ellas. Precisamente las historias de Machen, aunque con una ambientación más próxima a Gales, podían dar una idea de que podían encontrar. Sin embargo, esas tierras siempre podían sorprenderlos. 

A través de las colinas, el camión con una potente motor eléctrico alimentado por una batería de tecnología morlock, era sumamente silencioso, por lo que no llamaban tanto la atención como lo habrían hecho con un vehículo más convencional. Por ello, finalmente lograron alcanzar su destino sin demasiado follón. Sin embargo, temían que, desde las colinas, alguien o algo los estuviera observando. Y no se equivocaban. Pero tendría que ser algo realmente importante para poder superar la potencia de un dios del trueno griego y el armamento que llevaba la morlock en el vehículo. Pero, pese a todo, no podían confiarse.

Un cuarto de hora más tarde, por fin avistaron su objetivo. Y es que la desviación espacial les había dejado más lejos de lo que esperaban. Se trataba de una casa solitaria en medio de las verdes extensiones, próxima a un bosquecillo en apariencia inocente. El humo que salía de la chimenea era señal de que la vivienda estaba ocupada. Por ello, Yekaterina dejó el camión aparcado en las proximidades pero parcialmente oculto, para que no llamara demasiado la atención. La morlock recogió una espada y una pistola de dardos. Cogió también varios cargadores. Se trataba de afiladas agujas gruesas impulsadas a gas y que podían atravesar una armadura de cuero fácilmente. Por si acaso, se hizo también con una ballesta y arma eléctrica basada en la tecnología yithiana y reconfigurada con la técnica morlock. Iba preparada para cualquier cosa, aunque siempre podía surgir algo que superara sus expectativas. Por su parte, Brontes sólo llevaba un par de martillos, aunque su clásica armadura de hoplita que parecía diseñada por H. R. Giger en un día malo combinada con el sobretodo y el sombrero de copa ambos de color verde esmeralda y decorados con tréboles eran todo un atentado contra la vista y el buen gusto. Se notaba que ni Anna ni Welcome le habían visto antes de partir de Arkham. Y es que era algo prácticamente habitual que los dioses y seres sobrenaturales tuvieran un gusto horrible y terriblemente hortera en cuanto a la moda. Claro, que había excepciones, como sucedía con Pkaurodlos, que era bastante discreto en ese tema, aunque él solía adornarse con algunos accesorios y joyas y poco más. Cosas de ser una serpiente emplumada gigante.

Al mismo tiempo que una morlock vestida como un personaje de Alien estilo soviético y un cíclope vestido de leprechaun sobredimensionado rediseñado por H. R. Giger se aproximaban a la casa, en el interior de la misma, Kate la Roja o Kate de Connacht, también conocida como la Bruja Roja,  Súcubo de los bosques oscuros,  Señora del Pueblo Pequeño, Puta de las hadas y otros tantos apelativos que habían inventado para ella los vecinos de la comarca y el clero en función del aprecio o miedo que le tuvieran, se dedicaba a sus asuntos propios. En particular, se dedicaba a remover un caldero que tenía al fuego. Llevaba un vestido gastado y humilde, con un pañuelo en la cabeza recogiendo su cabellera pelirroja y movía rítmicamente con un gran cucharon el contenido del recipiente. Parecía una imágen arquetípica de bruja de no ser por dos razones: la primera era que era joven y medianamente atractiva, por lo que rompía con el esterotipo de la vieja arpía desdentada y con la cara llena de verrugas; la segunda era que ni vestía de negro ni llevaba el característico sombrero puntiagudo, ya que este sería heredado de la vestimenta tradicional de los puritanos que formarían las colonias de Nueva Inglaterra. Sin embargo, si que era una bruja, o al menos lo que se consideraría como tal o acabaría por considerarse con el paso del tiempo: era una mujer independiente, una curandera que conocía las hierbas y sabía como tratar heridas y enfermedades, además de ser una sacerdotisa de un culto pagano de la fertilidad. Y si conociera a sus “herederas” del culto wiccan y demás fantasías new age las correría a gorrazos por toda Irlanda. A fin de cuentas, ella trataba con deidades que poco tenían de idealistas y utópicas, mucho de pragmáticas y bastante de incomprensibles, inmencionables, blasfemas y cósmicas. Y es que era una sacerdotisa de Shub-Niggurath, a la que servia a través de su avatar de la Cabra Blanca de Tres Cabezas. Sí, esa Cabra Blanca de Tres Cabezas, la que forman su culto en la actualidad Welcome y sus welclones y cuya leche mutagénica y llena de aceleradores biológicos dio origen a los experimentos genéticos en las instalaciones de Dunwich por parte de la filial de NWE. Curioso, ¿verdad? 

Pero Kate la Roja, entre otras cosas, además de ser lesbiana como su contrapartida del presente, por lo que los intentos de llevarsela al pajar de diversos vecinos habían fracasado estrepitósamente, era una mujer despierta e inteligente. Gracias a ello y a su conexión con la Cabra Blanca había adquirido muchos y amplios conocimientos y había logrado sobrevivir hasta aquel momento. Por ello, cuando Brontes y Yekaterina estaban a punto de llegar a la casa, la puerta se abrió por sí sola. Esto, que para algún campesino supersticioso habría sido algo mágico, misterioso y estremecedor, se debía a un hilo estratégicamente situado, que permitía a la mujer abrir la puerta a distancia. Por otro lado, Yekaterina y Brontes, habituados a la vida diaria en Arkham, tampoco se mostraron bastante sorprendidos. Fue así como, al entrar con precaución en la casa, se encontraron junto al fuego a una mujer que, sin ser la gémela en el tiempo de Kate Ashford, si que se parecía bastante a ella, aunque en pelirroja. 

La joven habló en un perfecto gaélico irlandes de su época, con una dicción clara y bien definida y demostrando que, aunque vivía en el campo, había recibido una educación bastante completa, tal y como atestiguaban también los diferentes libros que se podían ver en una estanterías en una pared. Si esto fuera un relato de August Derleth, o de Brian Danforth, el escritor sistematizador al que le han caído diversas demandas judiciales por parte de El que Legisla tras el Umbral en nombre de diversas criaturas del Ciclo de Cthulhu, ahora incluiríamos una lista de títulos. Baste con decir que, aunque no tenia una copia del Necronomicon, si que poseía otros libros igual de inquietantes, inclusive un “Legado del Jabalí”, un libro sobre el culto de un dios jabalí adorado por algunas tribus celtas en Gales y que pasó a la clandestinidad con la conquista romana. Pero, entrando en materia, la sacerdotisa de la Cabra Blanca de Tres Cabezas les dio la bienvenida y les preguntó por el motivo de su visita. Cierto es que le echó un ojo a Brontes con mirada profesional y, pese a su estrafalario aspecto (o tal vez a causa del mismo), lo identificó como algún tipo de deidad o ser sobrenatural o  paranormal similar. En cuanto a Yekaterina, Kate la Roja era la primera vez que veía una morlock, aunque estaba acostumbrada a las dríades, hadas y demás criaturas que pobablan los campos y bosques de aquella región. Si Machen hubiera hablado con ella, su relato “El pueblo blanco” habría sido mucho más rico en cuanto a entidades y escenarios. Así pues no parecía demasiado sorprendida y sí curiosa. Así pues, la morlock pasó a explicarle brevemente lo que habían ido a buscar allí, tratando que una bruja pagana del siglo X pudiera entenderlo. Trató de no subestimar la inteligencia de la mujer. Y es que Kate, pese al choque cultural, como sucedía con la mayor parte de las ramas de este linaje, era espabilada, con una mente clara y abierta. Así pues, aunque el parlamento de Yekaterina excluyó los aspectos más tecnológicos y científicos que sonarían raros, profundos y extraños incluso para un físico del siglo XXI, y trató de adaptar los términos para que ella pudiera comprenderlo. Tras resolver algunas dudas que planteó Kate la Roja, Yekaterina esperó que pudieran partir cuanto antes. Pero, la sacerdotisa de la Cabra Blanca tenía algunas cuestiones más que plantear. Así pues, mientras Yekaterina y Kate hablaban, Brontes decidió salir a echar un vistazo en el exterior.

El griego estaba disfrutando de aquel paisaje. La isla esmeralda mostraba algunos de sus mejores colores en aquella región, y, aunque los bosques pudieran conducir a un abismo de Dendo y al refugio de los miembros de la Gente Pequeña que anduvieran por aquella región, era un entorno de gran belleza. Mientras aguardaba que Yekaterina y Kate la Roja acabaran de hablar, Brontes dio un pequeño paseo por los alrededores. Fue entonces, al aproximarse al bosque cercano, cuando algo salió mal. Y es que ya estaba pasando demasiado tiempo sin que sucediera nada particular. Del interior del bosque salió un nutrido grupo de seres escamosos y reptilianos, una breve horda de seres ataviados como pictos, criaturas degeneradas producto de siglos de mestizaje y endogamia por parte del pueblo serpiente. Eran seres enanos y deformes, armados con toscas armas de sílex y dirigidos por un hauptmann de los Reptilianos Nazis del Lado Oscuro ataviado con una cota de malla y una túnica con los colores del ejército lacertonazi. Estaba armado con una espada y un subfusil y encabezaba el asalto contra la casa de Kate la Roja. Brontes no sabía de donde habían salido aquellos seres. Bueno, si que tenía una ligera idea. A fin de cuentas algunas regiones de Irlanda e Inglaterra, además de otras del continente europeo, albergaban tribus degeneradas de hombres serpiente que habían caído en la barbarie y la degradación progresiva. Aunque algunas estaban lideradas por ejemplares puros de su especie, antiguos hechiceros valusianos o científicos hiperbóreos que habían estado en hibernación o estásis, la mayoría eran simplemente callejones cerrados en la evolución biológica y cultural que acabarían por extinguirse. En algunas regiones los confundían con las hadas y duendes, con la Gente Pequeña, pero no eran de la misma categoría. Y, en este caso, un oficial de los RNLO había logrado hacerse con el control de una de las tribus y la estaba capitaneando para atacar a Kate la Roja y darle muerte.

Pero, como sucedía con los planes de los RNLO, a menudo tenían un fallo, que pudiera ser pequeño, pero era importante para lograr el éxito o caer en el estrepitoso fracaso. En esta ocasión, el pequeño detalle no era otro que Brontes. El griego, que estaba algo aburrido y echaba en falta algo de acción, sonrió y empuñó ambos martillos. Sin molestarse en mirar atrás o en pensar en avisar a Yekaterina y Kate la Roja, se lanzó al combate. Como sucedía en estos casos, aquello fue rápido, duro y brutal. Fue como arrojar una bola de demolición contra un montón de bolos. Sin molestarse siquiera en invocar el relámpago y la tormenta, haciendo uso únicamente de su fuerza bruta, que no era precisamente escasa, Brontes cargó. Era un juggernaut, un cuerpo imparable, imparable al menos para aquellos hombres serpiente degenerados y el hauptmann reptiliano que contemplaba con ojos desorbitados al coloso que se le echaba encima.

Brontes, que no desarrollaba una gran velocidad punta pero al que su enorme masa le proporcionaba una engañosa aceleración, se estrelló contra las “filas enemigas”, por llamarlas de alguna manera. Los primitivos y degenerados seres no tuvieron ninguna oportunidad. El griego pasó a través de ellos como un cuchillo caliente a través de la mantequilla, penetrando entre ellos y repartiendo golpes a diestro y siniestro con sus dos martillos. Los hombres serpiente salían volando a un lado y otro, de manera que un experto en balística se podría haber entretenido calculando las trayectorias y determinando los puntos de aterrizaje. La brutal escaramuza no duró demasiado, y, cuando Brontes reventó la cabeza del oficial reptiliano de un poderoso revés, los pocos hombres serpiente que aún quedaban con capacidad de moverse salieron despavoridos.

Así pues, con aquel asunto solucionado, el griego regresó a la casa. Si su desconocido adversario había enviado al hauptmann reptiliano, podía enviar más fuerzas a tratar de matar a Kate la Roja. Y esta vez seguramente estarían más preparados. Por ello, era hora de ir partiendo. Al regresar al hogar de la sacerdotisa de la Cabra Blanca, escuchó unos sonidos que le parecieron un tanto peculiares. Y como no quería imitar al Becario de la Fundación Wilmarth con su “crimen” ni homenajear nuevamente a Guy de Maupassant, optó por asomarse por una ventana: mientras Brontes se hacía cargo de la amenaza (sin demasiadas complicaciones), descubrió que ambas mujeres ciertamente se lo estaban pasando muy bien. Y es que Kate la Roja había sacado su reserva particular de whisky irlandés y la estaba compartiendo generosamente con Yekaterina. Y, debido a que era una bebida particularmente fuerte (nunca pruebes el whisky casero de una bruja irlandesa del siglo X si no estás seguro de poder aguantar bien la bebida, y aún así ve con cuidado), estaban las dos en un más que evidente estado de embriaguez. Así pues, con las dos un tanto perjudicadas por el alcohol, le tocó al griego cargar con ambas, llevarlas al camión y conducir de regreso al futuro. Al día siguiente, ambas tendrían una resaca de notables proporciones, pero eso ya es otra historia.

El equipo se estaba reuniendo:
  • Yekaterina, soldado de élite morlock.
  • Katherine Ashford, estudiante de Historia del Arte.
  • Ka-Neferu, sacerdotisa de Bastet.
  • Katherine "Bogatyr" Ashford, líder rebelde y refugiada espaciotemporal.
  • Kate la Roja, sacerdotisa irlandesa de Shub-Niggurath