lunes, 19 de enero de 2015

Cortatormentas: El cuerno del gnoph-keh


Camino a Thunder-verse (parte 2)

A través de los páramos congelados, cubiertos de nieve y hielo del norte de las Tierras del Sueño, en lo que en un tiempo fue la antigua Lomar, civilización conquistada y destruida de la que tan sólo quedan ruinas, cabalgaba un poderoso destrero negro. Cubierto de pieles, con un fardo de forma alargada y un escudo a la espalda, el Herrero Mentiroso cabalgaba por entre los escasos restos de la olvidada Lomar, cerca de la frontera entre los mundos de la vigilia y onírico. Sabedor de que una ruta equivocada lo llevaría hasta las tierras de Groenlandia, el jinete guiaba con firmeza su poderoso corcel siguiendo el rastro de la criatura que estaba acechando para darle caza. La persecución duraba ya demasiado, pues la criatura era terrible y poderosa, pero también estaba perfectamente adaptada a su medio y había logrado esquivar a su perseguidor en múltiples ocasiones sin ser plenamente consciente de la caza a la que estaba siendo sometida. Pero el Herrero Mentiroso era pertinaz, no estaba dispuesto a darse por vencido. Por ello, continuaba la búsqueda, dispuesto a llegar hasta el final.

Su tesón tuvo recompensa, pues finalmente logro atisbar su enorme mole, un coloso blanco, un descomunal oso polar de seis patas, con un cuerno de narval en medio de su frente, un gnoph-keh. La criatura se alzó sobre sus extremidades traseras y rugió su desafío al jinete, que notaba como la temperatura comenzaba a descender rápidamente y una ventisca comenzaba a dar señales de formarse. Debía actuar con prisa, pues la criatura, tal vez por mediación de Ithaqua o del terrible Ran-Tegoth, podía invocar los vientos helados del norte en su beneficio, lo que podría conducirle a la muerte y al fracaso en su misión. Por ello, descargó el fardo de su espalda y lo desenvolvió parcialmente para extraer una lanza que tomó, ignorando la hoja de Cortatormentas, también guardada en el hato que volvió a cerrar y colgar. Embrazó el escudo y conectó el reproductor MP3 para que la música que surgiera en sus oídos le indicara el mejor modo de actuar contra la bestia blanca. Cuando las primeras notas del O Fortuna de la ópera Carmina Burana comenzaron a sonar, el Herrero Mentiroso sonrió. No era su papel habitual, pero debía luchar como un Héroe. Embrazó el escudo, preparó la lanza y cargó contra el monstruo de seis patas.

La lanza, un asta de dos metros y una punta metálica, un arma sencilla y de longeva historia, pues aquella en concreto era un símbolo, una reliquia consagrada para tres pueblos, tres religiones. La lanza de Lud hijo de Heli, el rey celta pre-romano que fundó la ciudad de Londres, la lanza de Odin, el dios nórdico que se sacrificó a sí mismo, colgando de Yggdrasil con una lanza clavada en el costado, la lanza de Longinus, el soldado romano que, según algunas tradiciones, clavó su arma en el costado de Jesús crucificado. Tres lanzas, un mismo símbolo para celtas, germanos y nórdicos y cristianos, una reliquia de poder otorgado por la creencia y la leyenda, esa era el arma empuñada por el Herrero Mentiroso mientras cargaba con su terrible montura contra el demoniaco habitante de los páramos congelados.

Cuando el choque se produjo fue de una violencia inusitada, pues el gnoph-keh se había alzado sobre sus extremidades posteriores y amenazaba con sus poderosas garras, en medio de la ventisca creciente, al atrevido héroe que le atacaba. Pero el Herrero Mentiroso era astuto y, pese a no ser una de sus características más conocidas, también era un hábil guerrero. Conduciendo a su caballo con maestría, logró acercarse lo suficiente a la criatura como para arrojar con precisión insospechada su lanza y esquivar las terribles garras de la bestia. El habitante de los hielos, sorprendido por el movimiento de su adversario, percibió demasiado tarde que el arma había quedado profundamente clavada en su torso, atravesando la gruesa piel, las capas de grasa y músculo, para quedar firmemente hundida en su poderoso corazón. Pese a su brutal constitución, el ser cayó y, al morir, la ventisca comenzó a disiparse. Cuando el viento se calmó, el Herrero Mentiroso se aproximó a la criatura y, usando la propia Cortatormentas, de un tajo seccionó el cuerno del monstruo. Con el marfil del mismo haría una empuñadura digna de la poderosa espada que había forjado. Satisfecho por haber conseguido lo que buscaba, partió en busca de su próximo objetivo.