jueves, 1 de enero de 2015

Aftermath


El silencio de las primeras horas de la mañana era prácticamente absoluto. Roto tan sólo por el canto de los pájaros en el exterior y el chasquido de los quelíceros de Araknek, la criatura-araña encargada de la limpieza y mantenimiento. Surgida del sótano como la pesadilla de un aracnofóbico, siempre le gustaba madrugar para comenzar pronto con su trabajo. Le gustaban esas fechas porque los estudiantes estaban ausentes en su mayoría, con raras excepciones como Welcome, y los jefes como mucho usaban tan sólo un salón para las celebraciones. Aún estaba enfadada por el caos que se organizó tras la cena de antes de Navidad, que, por supuesto, tuvo que limpiar ella. Pero se tomó una pequeña venganza en los días siguientes, haciendo limpieza general en los despachos y habitaciones de los culpables. Aun recordaba entre risas la expresión aterrada de El Que Legisla tras el Umbral al ver su oficina patas arriba. Con las cuatro manos en la cabeza y la boca abierta en un grito mudo, incapaz de vocalizar el horror cósmico que suponía para él semejante intrusión, parecía una extraña parodia de “El grito” de Munch.

Sin embargo, no había acabado todo. Era el día después de la noche de Fin de Año, y Araknek, sabiamente, había decidido tomar un descanso en su hogar en la Meseta de Leng, en la Tierra de los Sueños, donde, con su familia, se hinchó a comer Hombres de Leng. Como el tiempo no pasa igual en ambas dimensiones, Araknek aprovechó para tomar unas merecidas vacaciones durante unas semanas, de manera que al regresar al Mundo Vigil, sólo habían pasado unas horas y la noche estaba acabando ya. Y con las luces del alba haciendo su entrada en la residencia, decidió dar un paseo para hacer un repaso de la situación y ver que zonas iban a requerir más trabajo. Algo le decía que le esperaba una desagradable sorpresa y tuvo la intuición de dirigirse al salón donde se realizaban las celebraciones. El mal, cuanto antes lo afrontara, menos doloroso sería.

Se dirigió al trote hacia la gran puerta doble, que permanecía cerrada, y dudó unos minutos. Pero, finalmente, se armó de valor y accedió al interior del salón donde le esperaba una visión apocalíptica: Las mesas llenas de bandejas y platos con restos de comida, las copas medio llenas de cava, las botellas de alcohol vacías tiradas por todas partes, los adornos de la fiesta tirados en cualquier lugar, daban testimonio de un horror apocalíptico, de un caos desenfrenado, un pandemónium desatado, una vorágine de desorden, la némesis definitiva de Araknek. Y, dispersos por la sala, sumidos en el sueño de los justos, o al menos en el sueño de los muy borrachos y agotados por la juerga, cual grey estudiantil dominada por Hipnos tras una noche de fiesta y placer dionisiaco, se hallaban bacantes y sátiros reponiendo sus fuerzas en primordial reposo. Harvey Pickman, con la camisa manchada de vino y la corbata atada a la cabeza, reposaba su cabeza entre los pechos desnudos de Welcome, cuyo vestido había descendido desde arriba para acabar enrollado en torno a su cintura. En otro lado, Anna Pickman yacía medio tumbada en una mesa y con las piernas colgando en una pose poco digna, con la cabeza del caído Summanus en el suelo entre ellas. El dinosauroide, que se había vestido con una túnica ceremonial, parecía haber sido la pista de baile de una familia de comadrejas, tal era su desastrado aspecto. En otro lugar, sentados uno frente a otro, con los brazos entrelazados y las cabezas caídas, Seabury y El Que Legisla tras el Umbral yacían sumergidos en la inconsciencia etílica. Por su parte, la inmensa y musculosa figura del ciclópeo Brontes yacía cual coloso derribado con una corona de hojas de parra y ataviado a la manera de los antiguos griegos en una curiosa imitación de Dioniso roncando rítmicamente.

Ante esta dantesca visión, Araknek realizó su propia y particular imitación de “El grito” de Munch, horrorizada por lo que veía. Pero, ¿qué había pasado durante aquella noche? ¿Hasta que punto había llegado la juerga y la fiesta? ¿Acaso los durmientes lograrían recordar algo de la etílica sesión a la que habían sobrevivido? Tal vez nunca supieran que pasó exactamente y puede que eso fuera lo mejor.... ¿o no?