martes, 13 de enero de 2015

Cortatormentas: La forja de la Espada


Camino a Thunder-verse (parte 1)

Desde el norte llegó el Herrero Mentiroso, montado en su destrero negro, poderoso corcel cuyos cascos sacaban chispas del camino y sus huellas ardían como el fuego. Hizo su entrada en Ulthar, donde una antigua ley prohíbe hacer daño a los gatos, en donde los felinos le observaron con expresión desdeñosa. Se detuvo en la fragua del herrero, y, tras una breve conversación, la alquiló durante unos días para su uso personal, pagando con añejas monedas de oro al sorprendido artesano. Durante el primer día, revisó su nuevo dominio, y recibió las visitas de los habitantes del pueblo, que sentían curiosidad por aquel extraño visitante vestido a la manera de los lobos del norte, los hombres de Septentrion que aterrorizaron Europa durante la Edad Media, los vikingos. El Herrero, mientras recibía un cargamento de un extraño metal que resultaba desconocido para los habitantes de Ulthar, los recibió y habló con todos y cada uno de ellos. Para las mujeres tenía palabras de elogio, para los hombres gestos de apoyo, pero sólo a dos trató en privado y de lo que se dijo en esos encuentros nada trascendió.

Se reunió a solas primero con el General de los gatos de Ulthar, cuya autoridad sobre los felinos de las Tierras del Sueño era indiscutible. Habló largo y tendido con él y cuando abandonó la fragua, se hallaba estremecido e inquieto. Pero las peludas mascotas del pueblo no evitaron la herrería durante el periodo que estuvo ocupada por el extraño artesano, que, aunque cerró las puertas a todos cuando empezó su trabajo, siempre dejaba alguna abertura para que los gatos pudieran pasar. Fue visitado después por Atal, sumo sacerdote de los Grandes Dioses de la Tierra, cuyo maestro fue Barzai, abducido por los Otros Dioses cuando trató de desafiarlos. Y el anciano de luenga barba abandonó la fragua inquieto, tras lo cual pasó varios días sumido en la ebriedad, tratando de olvidar los secretos y revelaciones que le había desvelado el Herrero Mentiroso.

Y fue a partir del segundo día que la fragua fue cerrada, con tan sólo una abertura para que los gatos pudieran visitar al artesano. El Herrero Mentiroso contemplaba con atención el fuego y el crisol en el que el material que iba a usar se fundía y, con gesto distraído, enganchó el reproductor MP3 de su cinturón, se puso los auriculares y conectó la reproducción aleatoria de su lista de canciones. Mientras vertía el metal líquido en el molde, comenzaron a sonar, poderosas y terribles, las primeras notas de Anvil of Crom, de Basil Polidouris. Sonrió, satisfecho, alzó el martillo y comenzó el trabajo. Aquel no era el yunque de Crom, pero serviría a sus propósitos. Trabajo el metal y le dio forma, utilizó conocimientos que sólo los dioses poseen, y durante el tiempo que allí estuvo trabajando, sólo los gatos fueron testigos de lo que allí sucedía, de como la forja de la Espada avanzaba.

El último día, las puertas de la herrería se abrieron, y el calor y el olor del metal caliente surgieron como una vaharada, una miasma ajena que se dispersaría por el pueblo. El Herrero Mentiroso, satisfecho con el trabajo que había realizado, surgió con el fruto de su esfuerzo envuelto en pesadas telas. La hoja de Cortatormentas había sido forjada, pero ese sólo era el primer paso. Era un hombre ocupado, tenía extraños lugares que visitar y monstruos que matar. Por el momento, su trabajo en Ulthar había finalizado.